José MARÍA
RoSA

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VIRREINATO DE LINIERS

La familia real portuguesa en Río de Janeiro: el "Plan Sabio" atribuido a Pitt.

El 12 de febrero (1808) informa Álzaga al cabildo la llegada de la familia real portuguesa a Brasil. La noticia produce conmoción, pues se temía un propósito inglés de incorporar América española —o por lo menos el Río de la Plata— a la monarquía lusitana.

En 1808 se editó en Lisboa un Plan Sabio atribuido a Pitt, proponiendo el traslado de la corte portuguesa a Brasil "por convenir a Gran Bretaña asentar allí el trono de un imperio portugués". "Portugal —dice el documento—, reino pequeño y dependiente de su vecino, debe hacer lejos de Europa los fundamentos de un Imperio... Colocado el trono portugués en América, concluido un tratado exclusivo dé comercio con Gran Bretaña, y dividida América de Europa, Gran Bretaña ayudaría el acrecimiento de este nuevo Imperio que iría desde el istmo de Panamá hasta el estrecho de Magallanes... Gran Bretaña y el nuevo Imperio quedarían ligados eternamente, haciéndose ambas potencias un comercio de interés recíproco y ayudándose mutuamente. Este Imperio crecerá... el nuevo emperador abrirá el litoral marítimo a todos los pueblos, todas las banderas, todas las lenguas, todas las religiones, todos los habitantes del universo, que, fuera de nuestros comunes enemigos, tendrán franca y libre entrada en sus puertos... allí se producirá todo aquello que fuese necesario a las fábricas... El emperador de América deberá, para eso, apoderarse de las posesiones españolas... (así) Inglaterra y Portugal serán árbitros del comercio universal".

El Plan Sabio fue editado en Lisboa en 1808 a poco de partida la familia real portuguesa. No ha podido establecerse si efectivamente fue escrito por Pitt antes de su muerte en enero de 1806, pero lo cierto es que tuvo influjo en la política de la Regencia portuguesa en Sudamérica y después en la del Imperio de Brasil de Pedro I.

No era novedad el traslado de la corte portuguesa a Brasil; lo había querido el pretendiente Prior do Crato al ocupar Felipe II el trono de Portugal, lo habían renovado algunos estadistas portugueses en el siglo XVIII, inclusive el europeísta Pombal: el destino lusitano estaba en América y no en Europa.

William Pitt (apodado el Joven) (28 de mayo de 1759- 23 de enero de 1806), fue un político y estadista británico, Primer Ministro del Reino Unido en dos períodos por un total de dos décadas, además de la persona más joven en ocupar dicho cargo. Además fue Ministro de Hacienda del Reino Unido en tres ocasiones y permaneció desde 1781 hasta 1800 como Miembro de la Cámara de los Comunes del Reino Unido.


William Pitt

Primer ministro de Gran Bretaña, desde 1801 Reino Unido, (entre 1783-1801 y 1804-1806), que sentó las bases de una nueva etapa de prosperidad después de la guerra de independencia estadounidense; fue el principal dirigente del Estado durante la lucha contra la Francia revolucionaria, y se le atribuye la organización de la Tercera Coalición tras la ruptura por el Reino Unido de la Paz de Amiens. Se le conocía como el joven para distinguirle de su padre William Pitt (el Viejo).
William Pitt pasó a ser el primer ministro más joven de Inglaterra cuando Jorge III le nombró para este cargo a la edad de 24 años en 1783.
Su formación, orientada al mundo de la política, se completó en la Universidad de Cambridge y en el Lincoln's Inn. Fue elegido miembro del Parlamento en 1781 y se unió a lord Shelburne, dirigente del grupo político al que anteriormente había estado vinculado su padre. Shelburne entró en el gobierno en 1782 de la mano de lord Rockingham y pasó a ser primer ministro cuando éste falleció tres meses después. Pitt fue nombrado canciller del Exchequer (ministro de Hacienda) en el gabinete de Shelburne y propuso diversas reformas del sistema administrativo y parlamentario. Abandonó el gobierno junto con Shelburne en abril de 1783, pero en diciembre de ese mismo año el rey Jorge III le nombró primer ministro, cargo que ocuparía durante dieciocho años.

El príncipe regente estableció su capital en Río de Janeiro y formó su gabinete con Rodrigo de Souza Coutinho, luego conde de Linhares, como ministro de Estado. Coutinho era un político más ambicioso que discreto —le gustaba que le llamasen o novo Pombal—, con la idea arraigada del Plan Sabio. Soñaba con fundar en el Nuevo Mundo un "Imperio americano" que sirviera de contrapeso —en la imaginación portuguesa— al consolidado en Europa por Napoleón, y compensara con un gran mercado consumidor, el perdido por los ingleses en el Mundo Viejo. Nadie ha definido mejor a Coutinho que el embajador español en Río de Janeiro, marqués de Casa Irujo: "hombre de una imaginación exaltada y ardiente, destituido de prudencia o discreción, con una cabeza llena de ideas mal digeridas y desordenadas" (carta reservadísima a Cisneros del 29-4-1810). Obstaculizaba sus grandes proyectos por su prepotencia, que no bastaba a encubrir el almíbar portugués que ponía al enunciarlo a las mismas víctimas, en parte por desconocer el medio americano donde actuaba, y en parte porque contagiado de bonapartismo quería hablar a los del río de la Plata en el lenguaje de Napoleón.

Pero el "poder detrás del trono" en Río de Janeiro era el prudente y cauteloso embajador inglés, Sydney Smythe, lord Strangford, encargado de frenar los arrestos de Coutinho. Pues Inglaterra, después del levantamiento de España contra Napoleón, tenía medios más eficaces y pacíficos para conquistar el mercado hispanoamericano sin recurrir al apoderamiento militar y menos a la formación de un "Imperio americano" que podía escapar a su control. Otro inglés, sin las dotes de habilidad de Strangford, su cuasihomónimo, el jefe de la estación naval británica en Río vicealmirante Sydney Smith, anduvo —como luego veremos— enredado en las intrigas carlotistas, que sólo eran el "Plan Sabio" más disimulado y con formas más cuidadas.

Situación de Liniers.

La posición del Reconquistador en Buenos Aires era débil, no obstante su gloria militar y su indudable prestigio popular. No era hombre de carácter, y su escasa voluntad estaba a merced de las influencias más diversas y opuestas. Lo ayudaba el poder inmenso del cabildo de Buenos Aires, dueño efectivo de los recursos y brigadier de las milicias, con el insobornable y duro Álzaga a su frente reelegido alcalde para el año 1808.

"Organizando las milicias por regiones, haciendo nombrar por los soldados a los jefes y demás oficiales, manteniendo a su costa el regimiento de artillería, arbitrando impuestos y dispensando gracias, (el cabildo) se ha arrogado todo el poder y la consideración del soberano, y dejado en Liniers solamente las apariencias... Buenos Aires es, en realidad, una república... cuyas resoluciones las determina el cabildo directa o encubiertamente sin que el virrey pueda resistirlas", informa en 1808 el espía portugués Possidonio da Costa, destacado en Buenos Aires por Souza Coutinho.

La debilidad de carácter de Liniers lo va a hacer el eje de intrigas que no tardarán en explotar con máxima fuerza. Por un lado, los comerciantes arraigados españoles e hijos de españoles, apoyados en los tercios de catalanes, vizcaínos y gallegos y los artilleros de la Unión, cuyo instrumento era el cabildo, su poder el dinero y su jefe, tenía las condiciones de energía y astucia de Martín de Álzaga. Por el otro los rezagos de la burocracia sobremontina con la audiencia, las milicias cordobesas que respondían a Allende como jefe; Paula Sanz, intendente de Potosí, y Victorino Rodríguez influyente vecino de Córdoba. Más allá el comercio de Montevideo, ligado al contrabando; más acá los jóvenes de "luces" que hablaban más o menos públicamente de independencia, con la Carlota. Junto a Liniers, tuviera o no razón, en las malas o en las buenas, estuvo el pueblo criollo de Buenos Aires y su expresión militar —la Legión patricia— con el coronel Saavedra al frente, acompañado de las demás milicias y los tercios de montañeses y andaluces.

Sobre esta trama de fuerzas encontradas, que amenazaban tempestad, se vino a sumar un factor de perturbación para el espíritu heroico, romántico y en el fondo muy ingenuo de Liniers. Se había enamorado como un cadete, mejor dicho, había caído en las redes de una mundana de alta esfera, espía al servicio de todos, que jugaba al pobre Reconquistador según la veleidad de sus intereses personales.

Ana Perichon de Vandeuil era casada con Edmundo O'Gormann, sobrino del protomédico de igual apellido. Ya nos hemos referido a su salón, que fue un centro de intrigas y espionaje establecido por Burke cuando estuvo en Buenos Aires. Ana Perichon —la Perichona o la Madama de las comadres porteñas— era francesa de la isla Mauricio: fueron ella y su marido (administrador del estanco durante la ocupación inglesa de 1806) quienes gestionaron de Beresford el pasaporte que permitiría a Liniers dejar su comandancia de la Ensenada y entrar a Buenos Aires. Después del 12 de agosto su liaison con Liniers se hizo pública, favorecida por la fuga del complaciente O'Gormann en los buques de Popham para escapar a la reacción popular y no rendir cuentas, de paso, de los fondos del estanco. Liniers era viudo, hombre galante y sin voluntad. Convertido en héroe y dueño de la situación política, resultó presa fácil de la bellísima y joven Perichona. Fue ella quien le sacó la falsa "capitulación" en favor de Beresford; y es presumible que arrastrara a su edecán o secretario, Saturnino Rodríguez Peña, a la fuga del general inglés. Su participación en los negocios de conocidos contrabandistas quedó establecida por una investigación realizada en 1807 por el cabildo de Buenos Aires. Por ella, Liniers dejó en libertad a William o Guillermo White, espía inglés y contrabandista norteamericano.

Anita Perichon vivía con gran lujo en su casa de la calle de la Merced, y no era Liniers —hombre sin fortuna— quien pagaba sus gastos. El héroe atribuía su apego a una pasión romántica y no advertía que las alhajas y vestidos de su maîtresse salían de comisiones de contrabandistas y "fondos secretos" de las cancillerías británica, portuguesa y francesa explotadas por Anita. "La parte débil de Liniers es madame O'Gormann, hija de Mr. Perichon, antiguo intendente de la isla de Francia —informa el espía da Costa a Souza Coutinho—, la cual puede todo lo que quiera sobre su espíritu... No es rica, pero gasta con profusión. Es el único canal adoptable para dirigir la voluntad de Liniers".

La influencia de la Perichona era combatida por Álzaga. No se trataba de una reacción de moralina colonial como lo atribuyen ligeramente algunos: era algo enormemente más serio. Finalmente, con eficaces pruebas en la mano, Inglaterra, a quien las pretensiones de Madama perturbaron en sus planes, conseguiría por James Burke su destierro a Río de Janeiro en abril de 1809.

Intimación de Souza Coutinho.

El 12 de febrero informó Álzaga al cabildo, como he dicho, la noticia de bulto de la llegada de la familia real portuguesa a Brasil: "No debemos descuidarnos en lo concerniente a nuestra defensa" recalca el alcalde. El mismo día, Elío, gobernador de Montevideo por nombramiento de Liniers, envía agentes a Río Grande que informen sobre posibles movimientos militares. Pasan dos meses de intranquilidad, cuando el 22 de abril Liniers anuncia la próxima llegada a Buenos Aires de un comisionado de la corte de Río de Janeiro, el brigadier Joaquín Javier Curado, para "tratar asuntos importantes"; el mismo 22, el cabildo de Buenos Aires recibe un "pliego reservado" del ministro Souza Coutinho escrito en extraños términos.

Coutinho descartaba "la completa sumisión de la monarquía española a Francia", que obligaría a Inglaterra a invadir de nuevo el Río de la Plata. La sola posibilidad de escapar a esa invasión estaba, a su juicio, en "aceptar la protección del Príncipe Regente", que de ser rechazada pondría a éste "en la necesidad de hacer causa común con su poderoso aliado".

"El Cabildo, que es el Padre de la Patria —terminaba la absurda nota—, debe tomar estas proposiciones en la más seria consideración; y deseando someterse a la protección y vasallaje de Su Alteza Real debe por otro igual oficio, proponer las condiciones y medios que juzgue convenientes para la reunión de estos países bajo el dominio de tan gran Príncipe".

La propuesta "secreta" causó en los capitulares la impresión imaginable. Nadie vio la falta de experiencia de un político europeo que quería descargar en otros la prepotencia usada por Napoleón con Portugal; nadie comprendió que aquello no podía pasar de una portuguesada. Álzaga la puso —no obstante su carácter reservado— en conocimiento de Liniers, al tiempo de contestar a Coutinho: rechazaba con energía la ofensa, "que no olvidará jamás"; las amenazas no podían intimidar a Buenos Aires, "acostumbrado a arrostrar todos los peligros y hacer toda clase de sacrificios en defensa de los sagrados derechos del monarca, y que ha dado pruebas ante el mundo de lo que puede hacer el valor exaltado por la lealtad".

En real acuerdo, Liniers trató la nota con la audiencia en presencia de Álzaga. Se resolvió comisionar a éste a Montevideo para recibir allí a Curado, y no dejarle llegar a Buenos Aires.

Liniers confirmado como "virrey interino" (17 de mayo).

Álzaga va a Montevideo; pero Curado demora. Al poco tiempo llegan pliegos de España (gobernaba todavía Carlos IV) designando autoridades en el Río de la Plata. Liniers, a quien la gloria empezaba a embriagarle, esperaba lo nombrasen "virrey titular"; se encontró con la desilusión de ser confirmado como "interino", que ya lo era. No había sido ambicioso antes, pero los honores y madame Perichon le habían despertado la vanidad. Su conducta dejaría notar su resentimiento.

El conde Liniers en Río de Janeiro.

Desde marzo estaba de tránsito en Río de Janeiro el conde Enrique de Liniers, hermano mayor del virrey y avecindado en Buenos Aires (donde tenía una fábrica de "pastillas de carne" en el pago llamado Liniers). Al saber su presencia, Coutinho lo buscó (18 de marzo) para usarlo como medio de llegar al virrey. Le repitió el proyecto del Imperio americano, a la espera de su aprobación. Pero el conde, francés y bonapartista, andaba en otra cosa.

El conde Liniers se mostró conocedor de la realidad. Dio su opinión franca al ministro que los ingleses necesitarían "no menos de 40.000 soldados" para apoderarse de Buenos Aires, y sostenerse en ella; criticó la política económica pro-inglesa que los portugueses querían imponer a América, reduciéndola "a trabajar las minas, remitir azúcares y algodones para pagar las mercaderías británicas que inundarían nuestros mercados... si los ingleses tienen hoy ocho casas de comercio en Río de Janeiro en breve tendrán ochenta". En cuanto a la posibilidad de una guerra portuguesa al Río de la Plata, le dijo que sería "un esfuerzo de vuestros aliados para comprometeros en una lucha impolítica, cuyos resultados serán desastrosos para vosotros, aun en caso de triunfar por las armas".

Souza Coutinho, en el deseo de entrar en cualquier clase de negociaciones con el virrey (tal vez arrepentido de su prepotencia anterior), le pidió al conde que se ocupase de un tratado de paz y comercio entre Brasil y el Río de la Plata para beneficiar los intereses de ambos. Se dejó decir por el conde que la "estrecha alianza de Portugal con Inglaterra era una desgracia presente, pasada y futura".

"Un virrey en las colonias españolas —dijo Enrique Liniers a Coutinho— no es un déspota; su autoridad está extremadamente limitada: en lo que respecta a política y hacienda no puede obrar sin acuerdo de los tribunales (el Consulado, la Audiencia y el Cabildo). Mi hermano tiene, además, con estos tribunales lazos más estrechos del determinado por las leyes: es una sociedad de gloria y de patriotismo cuyos nudos no se aflojarán nunca. Mi hermano (me atrevo a decirlo) es un jefe capaz de conducir un ejército a la victoria, pero sin el apoyo del Cabildo y el Consulado, este ejército no hubiera podido existir... han llenado el vacío de las cajas reales con una magnificencia y un afecto que los hacen acreedores a toda participación en el gobierno”.

Ruptura con el cabildo (11 de junio).

Cuando Liniers recibe los informes de su hermano, ya ha llegado la intimación torpe de Coutinho que lo inhabilitaba a tratar con él. Pero ve la oportunidad de mostrarse como un auténtico virrey ante una corte real vecina, y quiere enviar un agente de "embajador" a fin de concertar con el ministro portugués el tratado de alianza y comercio "para mutuos beneficios" que quería éste.

Informa al cabildo el 2 de junio de las cartas de su hermano (que ya tenia copias en su poder), y éste en acuerdo del 11 —Álzaga ha vuelto de Montevideo— se opone a tratar con una corte enemiga, y además porque el nombramiento de agentes diplomáticos o embajadores, como el manejo de las relaciones exteriores, eran atribuciones del monarca.

El candidato que Liniers tenía para la embajada era su concuñado Lázaro de Rivera, antiguo funcionario exonerado por incompetente. Como diría Gabriel de Santa Coloma, "Liniers carecía del acierto para elegir los hombres".

Liniers, molesto por no haber sido confirmado como virrey propietario, se las tomó con el cabildo. Mantuvo el nombramiento de Rivera. Contestó a los capitulares que las funciones de ese cuerpo eran exclusivamente edilicias y "en los de alto gobierno y materias de Estado" entendía exclusivamente el virrey; terminaba con un hiriente "zapatero a tus zapatos". Era verdad en el texto de las leyes; pero en 1806 y 1807 había ocurrido una revolución en Buenos Aires y las leyes no regían a la letra. Contento con su respuesta, la hizo circular en copias para demostrar que aun interino era un virrey a quien nadie se llevaba por delante. Se enajenó así su gran apoyo; Álzaga, junto con el cabildo, responderá que "aunque se lo impropere, ultrajare y conmine, jamás dejará de representar lo conveniente al mejor servicio, decoro de la Nación y conservación de estos dominios", dando cuenta a Madrid de "la rarísima determinación del Virrey de tratar con un Soberano (el Regente de Portugal) que no se ha detenido en sacrificar sus dominios de Europa a la amistad e intima unión con los ingleses". Informaría, de paso, "del encono que ha concebido (el virrey) y los ultrajes que ha irrogado a este cuerpo". El alcalde se queda en Buenos Aires y delega en Elío la misión de impedir que Curado hable con Liniers.

La unión de la Reconquista y la Defensa quedó quebrada. Ahora el virrey popular y el cabildo de comerciantes "patriotas" serán dos fuerzas enfrentadas.

Liniers dio unas ingenuas instrucciones a Rivera: hacer un tratado de comercio "lo más ventajoso que pueda a nuestros intereses... no comprometer ni complicar los planes (que no conocemos) de nuestra corte... favorecer los frutos y productos territoriales con exclusión absoluta de géneros manufacturados europeos... no incluir de ninguna manera a ingleses en la negociación... en suma tratar objetos de un comercio limitado luchando con la imperiosa ley de la necesidad, con total exclusión de los enemigos de la tranquilidad del mundo (los ingleses)".

Pero Rivera no iría a Brasil. Curado había llegado a Montevideo el 15 de junio, y Elío no le dio autorización para seguir a Buenos Aires; quedará allí hasta el 2 de setiembre en que regresaría a Río de Janeiro dejando una nota explosiva. Coutinho no tenía interés en diplomatizar con agentes de Liniers, porque se había enterado de su debilidad.

"S. A. R. (el regente de Portugal) —dice la nota de Curado— juzga indispensable tomar todas las medidas para que los franceses no vengan al Río de la Plata y de aquí perturben la paz y la tranquilidad de sus Estados... y exige que V.E. (Liniers) le entregue... la guarda de la margen septentrional del río de la Plata".

Liniers se dirige a Napoleón (20 de julio).

El resentimiento de Liniers por haber sido nombrado "interino", y la conciencia de actuar como un títere en manos de otros pese a sus desplantes, lo llevaron a actitudes personales lamentables. El 20 de julio escribe a Napoleón informándole, a título "de compatriota'", su actuación en la Reconquista y la Defensa. Todo se lo atribuye. Al hablar de su desdichado combate de Miserere, dice que "esta acción salvó a Buenos Aires"; la defensa se habría hecho por sus exclusivas órdenes: "yo dispuse un género de guerra infinitamente ventajoso para nosotros: guarnecí de soldados todas las azoteas en ocho cuadras a la redonda de la plaza y los abastecí de granadas y municiones ... se construyeron grandes fosos en las calles que daban a la plaza, dentro de los cuales atrincheré piezas de grueso calibre... todo así dispuesto y las calles iluminadas cuidadosamente por las noches".

Se jactaba de acciones en que no participó, como la toma de Santo Domingo. Pero lo más grave eran otros párrafos: "No debo omitir deciros que todos los franceses que se hallaban en el Río de la Plata... han sido los primeros en tomar las armas y distinguirse: en una palabra, por todas partes han sido franceses". Si los porteños habían tenido alguna actuación fue solamente "porque los triunfos constantes y siempre asombrosos de vuestras armas han electrizado a un pueblo hasta entonces apacible... Yo no lo dudo, Sire; y no me aplaudo tanto de los servicios que he podido hacer a mi soberano, como me ensoberbece pertenecer a la Nación que Vos gobernáis con una sabiduría y triunfos, que solamente pueden igualar a Vuestra gloria inmortal".

Para el tiempo en que Liniers, reconociéndose condottieri, escribía esta poco hidalga carta muy reservada al jefe de su país natal, como francés y admirador de Napoleón, los españoles se desangraban en una lucha desigual contra los franceses invasores. Desde luego que Liniers todavía lo ignoraba. Pero se le había despertado la ambición —de modo desacertado como ocurre a los hombres ingenuos— y esperaba obtener de Napoleón aquello que Carlos IV no le había dado.

La carta, como era de suponerse, la supo al dedillo el servicio de informaciones británico, tal vez por Anita Perichon.

Jura de Fernando VII (agosto).

Nueve días más tarde —29 de julio— se recibieron pliegos oficiales con la abdicación de Carlos IV y proclamación de Fernando VII ocurridas en Aranjuez en marzo. Se fijó la jura del nuevo rey para el 12 de agosto. Pero Liniers recibió dos informaciones por vía particular: una, con la protesta de Carlos IV del 6 de mayo; otra, con un manifiesto de Murat el 2 de mayo como "lugarteniente" del reino. Eso lo mueve a postergar sin fecha la jura de Fernando.

A Elio, que acababa de ser ascendido a brigadier y confirmado como gobernador de Montevideo por pliegos recibidos ese día, Liniers le escribe el 6 mostrando esperanzas que Napoleón "se acordará de los ultramarinos" y revelando haberle, escrito sobre la Defensa. "No dudo que el emperador, por sí o por su influjo, activará lo que tanto deseamos". Elío era navarro, es decir dos veces español, y se indignó con su antiguo amigo.

Elío contesta el 10 con una carta reservada diciendo que la jura de un rey no podía suspenderse por "impresos" que podían ser apócrifos, y si no lo eran, no eran suficientes para dejar de cumplir una orden emanada del soberano y su consejo: "Cumplamos la voluntad del rey, y si a los pocos días hubiese noticias igualmente autorizadas de que el Sr. D. Carlos IV ha vuelto a tomar las riendas del gobierno, volveremos a proclamarlo como corresponde", dice. Notifica que pese a la orden del virrey, en Montevideo no se modificaría la fecha, jurándose a Fernando VII el día 12.

Un enviado de Napoleón: al marqués de Sassenay (agosto).

En esos momentos —10 de agosto— llega a Maldonado una fragata francesa con un enviado personal de Napoleón ante Liniers, el marqués de Sassenay. Su llegada, y sus palabras sobre lo ocurrido en Bayona, produjeron tal indignación a Elío que casi le cuesta la vida al francés.

Sassenay era amigo personal de Liniers. Emigrado durante la Revolución como tantos nobles, había ido a Estados Unidos primero y llegado —cuando se permitió el comercio con neutrales— a Buenos Aires en 1800; hizo aquí amistad con el entonces capitán de la flotilla fluvial. Desde 1803 vivía otra vez en Francia. De su retiro provinciano lo sacó un enviado de Napoleón, llamándole a Bayona. Sassenay llegó el 29 de mayo y fue introducido inmediatamente ante el emperador: "¿Estáis vinculado al Sr. Liniers?", le preguntó de sopetón, y ante su asentimiento, le dio orden de partir a Buenos Aires en una fragata dispuesta en el puerto. Quiso el marqués unos días para arreglar sus asuntos, pero Napoleón no le dejó: "Haced vuestro testamento: partiréis inmediatamente; Champagny os dará las instrucciones de vuestra misión. Adiós".

Las instrucciones eran explicar lo ocurrido en Bayona, hablar del "Congreso" reunido allí para dictar una constitución y jurar al nuevo rey José I "pedido con ardor por los pueblos", y conseguir que José fuera jurado en Buenos Aires. Traía dos cartas para Liniers: una de Murat como "teniente-general del reino", expresándole "la estima que me inspiráis como francés y militar"; otra del ministro Champagny: "Europa entera al conocer vuestra hermosa defensa de Buenos Aires ha sabido que sois francés... el lugar de honor os está confiado".

En Montevideo, Sassenay al observar los preparativos para la coronación de Fernando VII dijo inocentemente a Elío que "era un trabajo inútil, pues habían cambiado de rey en España". Elío le pidió aclaraciones, diciéndole el francés que "se hallaba ya coronado y reinaba en España con paz y gusto de toda ella, José I Bonaparte". Al oírlo, asegura Elío que "estuve por derramar la sangre del pérfido"; pero se contuvo, y respondió: "Napoleón reinará en España cuando sólo hubiese terrones sobre qué reinar".

Elío mandó a Sassenay a Buenos Aires en una zumaca —la Belén— en compañía de Luis Liniers, hijo del virrey, con palabras para su padre que "pensase bien el apuro en que estaba por ser francés; no recibiese al enviado sino públicamente, y no ocultase nada". Liniers, ya informado de lo ocurrido en Bayona, siguió el prudente consejo de Elío. Recibió a Sassenay en compañía del cabildo y la audiencia; le hizo dejar sus papeles que se leyeron y discutieron en ausencia del marqués. El cabildo y la audiencia le aconsejaron el reembarco "inmediato del enviado de Napoleón".

Pero Sassenay no fue embarcado inmediatamente. Esa tarde había temporal; quedó en el Fuerte, y Liniers le hablará en privado.

Sassenay dirá en su informe a Napoleón de 23-5-1810 que "se excusó (Liniers), lo creo sinceramente, de la manera como me había recibido diciéndome que su posición lo exigía, que no tenia tropas regulares, que su autoridad no consistía sino en la opinión y toda la adhesión que tenía habría de acabarse si se separara de lo que parecía el pronunciamiento general... Me aseguró que no deseaba otra cosa que cambiar el gobierno (de España) que no había tenido reconocimiento con él... puesto que lo había dejado de virrey interinamente en lugar de confirmarlo en propiedad... pero era necesario obrar con prudencia y esperar que las circunstancias le permitiesen pronunciarse; que aguardaría mejor ocasión... que hiciese le mandasen algún socorro de hombres y armas que le faltaban y entonces podría tener éxito... su interés y la alta estima que tenía por el Emperador lo unían a la nueva dinastía... Estoy persuadido que si hubiese tenido los medios, o tal vez la audacia... los acontecimientos hubiesen tomado otro curso. La proclama que dio después de mi llegada donde instaba a esperar como en la guerra de Sucesión a los acontecimientos, prueba de una manera irrevocable que sus intenciones eran servir al Emperador, pero que ha estado impedido por las circunstancias".

Sassenay se embarcó al día siguiente, pero a causa del mal tiempo llegaría a Montevideo el 19. Elío, cuya ruptura con Liniers había madurado —y no le faltaban razones para desconfiar del virrey—, se apoderó del marqués para saber el objeto real de su misión. Sassenay aceptó haber hablado a solas con Liniers, pero "sobre la Reconquista". Elío, que desconfiaba le llevase el marqués información militar a Napoleón, o un mensaje de Liniers pidiendo apoyo para pronunciar el Plata por el bonapartismo, lo apresó en la Ciudadela. A los diez meses, el desventurado amigo de Liniers logrará fugarse, pero capturado nuevamente, el implacable gobernador lo retendrá con grillos otros cinco meses mientras gestionaba transportarlo a Cádiz. A fines de 1809 fue llevado allí y arrojado a un pontón; en agosto de 1810 sería incluido en un cambio de prisioneros, y el marqués verá el fin de su odisea. Nada se le agradeció, porque el emperador no aceptaba los fracasos sobre todo por "mala estrella" que temía, como buen meridional, más que la incapacidad diplomática o militar. Volverá Sassenay a su existencia mediocre de noble provinciano con la esperanza que otra vez no se acordasen de él.

Manifiesto de Liniers y jura de Fernando VII (21 de agosto).

Al día siguiente de la entrevista con Sassenay, el 15 de agosto —día del emperador Napoleón—, Liniers da el "manifiesto" prometido sobre la situación española y las causas de la postergación de la jura de Fernando VII. Para evitar inconvenientes ha accedido a jurarlo: lo haría el domingo 21.

El manifiesto trasuntaba bonapartismo. Da cuenta de la abdicación de Carlos IV y "la traslación de la familia real a Francia": menciona la llegada de Sassenay "conductor de importantes pliegos" donde Napoleón reconocía "la independencia absoluta de la monarquía española... así como también la de sus posesiones ultramarinas, sin reservarse ni desmembrar ni una parcela de sus dominios... obligándose a mantener la religión, las propiedades, leyes y usos"; advertía que "no estaba todavía decidida la suerte de la monarquía, y para resolverla... se habían reunido en Bayona Cortes de diputados de las ciudades y todas las clases del Estado". Aconsejaba estar a las resultas de lo que ocurriese en Europa, como en tiempos de la guerra de Sucesión: "Sigamos el ejemplo de nuestros antepasados en esto dichoso suelo, que sabiamente supieron evitar los desastres que afligieron a la España en la guerra de Sucesión esperando la suerte de la metrópoli para obedecer a la autoridad que ocupe la Soberanía". No obstante, se juraría por el momento a Fernando VII, "no hallándome con órdenes suficientemente autorizadas que contradigan las Reales Cédulas del Supremo Consejo de Indias que así lo disponen".

La jura se hizo el 21 en Buenos Aires sin gran dispendio "debido a la situación del erario público". Hubo algunas iluminaciones, fuegos artificiales y el alférez real dio en las esquinas los tres gritos rituales de la proclamación, terminándose la ceremonia con un tedeum en la Catedral realizado el lunes 22. No obstante, hubo entusiasmo popular, que siguió por muchos días: se esperaba del Deseado —cuya popularidad era inobjetable— el fin de los males que afligían al imperio español, que iniciase una reacción saludable contra el godoismo, el afrancesamiento de las costumbres y la política de sus predecesores. El despistado pueblo criollo creyó con fe sincera en Fernando, que por entonces mandaba cartas de felicitación a Napoleón por sus triunfos contra el pueblo de la península, y también en Liniers que esperaba el "momento oportuno" de pasar a virrey efectivo de la dinastía Bonaparte.

Manifiesto del cabildo (22 de agosto).

A modo de réplica del manifiesto de Liniers del 15 de agosto, el cabildo —no enemistado todavía con el virrey, pero opositor a su bonapartismo — dio un manifiesto al día siguiente de la proclamación de Fernando VII. Nada de esperar la suerte de España como en tiempos de Felipe V; América, o por lo menos Buenos Aires, había hecho su pronunciamiento: si la suerte de Europa llevaba a un afrancesamiento de la metrópoli, no se seguirían sus huellas.

"Habéis jurado un rey —decía— y deben desaparecer vuestras incertidumbres... Dejad a la Europa el cuidado de recuperar sus derechos... vuestra suerte está echada y nada será capaz de variar vuestros honrosos destinos... no se reconocerán relaciones distintas a las que os unen a tu persona (Fernando Vil)". Para paliar el efecto de estas palabras des» pues del manifiesto de Liniers, agregaba que debía actuarse dentro del mayor orden "regidos por su digno jefe, el Excelentísimo Señor Virrey Don Santiago Liniers y Bremond".

Ya la independencia de España estaba en el ánimo de muchos. De una España afrancesada, pues la auténtica parecía perdida.

José Manuel de Goyeneche en Buenos Aires (19 de agosto).

Al tiempo de llegar Sassenay de regreso a Montevideo, entró a ese puerto una goleta española con un curioso personaje que daría mucho que hacer: José Manuel de Goyeneche y Barreda, nativo de Arequipa (Perú) y brigadier general sin mando efectivo. Venía, así lo dijo a Elío, con una misión de la Junta de Sevilla (provincial, aunque se titulaba Suprema de España e Indias) a "instalar en América, juntas de gobierno semejantes a las creadas en la metrópoli, se declarase la guerra a Francia y hacer un armisticio con Inglaterra'*.

José Manuel de Goyeneche, I Conde de Guaqui.
Retrato de Federico de Madrazo

Goyeneche trataba "de pescar en río revuelto" valido del prestigio de su familia en Arequipa y del grado que acaban de conferirle en Sevilla. Al ocurrir los sucesos del 2 de mayo, había conseguido introducirse cerca de Murat y logrado una vaga comisión para enredar en América en favor de Napoleón; pero al ir a embarcarse en Cádiz pasó por Sevilla y presenció el linchamiento del conde de Águila por su bonapartismo, lo que le hizo guardar prudentemente su designación en el bolsillo y "abrazar la causa que tan a lo vivo mostraba su legitimidad", dice Groussac. La Junta de Sevilla lo elevó a brigadier (era simple capitán de milicias) y encomendó en América una misión "tan vaga como su generalato".

Después andaría entusiasmado con los proyectos portugueses de la princesa Carlota —como veremos— y por esa causa incendiaría la revolución de mayo de 1809 en Charcas. Para acabar como "héroe" de la resistencia a la Revolución de Mayo, grande de España y mariscal de campo de sus ejércitos.

Sin duda tenía el arte de hablar a cada uno su lenguaje, pues se despachó contra Liniers en Montevideo —según Elío, dijo que le pediría su renuncia en nombre de la Junta Suprema "y en caso de no hacerlo me abocaré con el Cabildo y la Audiencia a que lo depongan"—, pero en Buenos Aires se limitó a pedir al cabildo una declaración de guerra contra el "tirano" Napoleón. Así lo hizo éste el 27 de agosto, sumándose a la guerra declarada por toda España. Liniers, comprendiendo que el objetivo de esta declaración era contra suya, se apresuró a sumarse el mismo día ofreciendo "el regimiento de Patricios para partir a la lucha". El 1 de setiembre, por bando, proclamó el "estado de guerra" declarado por la Junta Suprema; el 9 dio un manifiesto reconociendo a ésta como gobierno de la nación española engañado por el nombre Suprema, cuando era nada más que el gobierno de la provincia de Sevilla.

Rompimiento de Elío con Liniers (10 de setiembre).

La separación entre el gobernador de Montevideo y el virrey llegó a ser total. Al primer manifiesto de Liniers del 15 de agosto, Elío, en una carta sugerida por Goyeneche y distribuida en impresos, había contestado con arrogancia: "V. E. cree que para tomar partido es necesario esperar el resultado de los acontecimientos... soy de opinión completamente contraria. No he dudado jamás de los generosos y fieles españoles, pero si así no fuera... yo declararía la guerra a la España misma, como a toda provincia o a todo individuo que no se comprometiera en una lucha a muerte contra el monstruo inicuo que ha violado todas las leyes humanas... Tales son los sentimientos de los habitantes de Montevideo que estoy encargado de expresar a V. E.".


Gral. Javier Elío

Francisco Javier Elío o Jaureguizar y Olondriz nació el 4 de Marzo de 1767 en la provincia española de Navarra, y era hijo del Gobernador de Pamplona. A los 18 años inició su carrera en la Academia Militar, y posteriormente se destacó en la defensa de Orán y de Ceuta contra los moros. Fue herido en dos oportunidades mientras se desempeñaba como ayudante de campo del duque de Medinaceli y fuego del General Diego Godoy.
Tras intervenir en la guerra de Portugal, el Coronel Elío fue enviado en Octubre de 1806 al Río de la Plata, con el cargo de comandante de la campaña de la Banda Oriental. La toma de Montevideo por los ingleses lo obligó a entrar en la ciudad disfrazado. Merced a los buenos oficios de algunos amigos llegó hasta las costas de Buenos Aires para defenderlas de los británicos, pero en 1807 volvió a Montevideo. Sus encuentros con los Invasores con Pack en la Colonia y en San Pedro fueron desafortunados. Después de las invasiones Elío es nombrado por Liniers Gobernador interino de Montevideo, pero no tarda en enemistarse con el Virrey y en conspirar para derrocarlo. Es llamado a España para informar, pero entre tanto se producen los sucesos de Mayo de 1810. Elío recibe del Consejo de Regencia el nombramiento de virrey en reemplazo de Cisneros.

Elío era hombre de pocas pero tenaces ideas. Tal vez no sabía lo que quería, pero sabía perfectamente lo que no quería: estaba contra Napoleón, que para él representaba lo extranjero y la revolución francesa. Esta postura negativa le hacía ponerse, imaginariamente, contra España misma si aceptase a Napoleón: era la "independencia" de una España afrancesada que hacía la España hispanista que sobrevivía en América. Liniers, cuya posición era cada día más débil, simuló tener una idéntica fe antinapoleónica: "¿Qué más podemos apetecer después de la llegada de Goyeneche que morir por la patria?".

La respuesta de Elío fue enviar a Buenos Aires dos pliegos: en uno mandaba la nota del brigadier Curado —que acababa de irse de Montevideo— de fecha 2 de setiembre, a la que nos hemos referido anteriormente; el otro, dirigido al cabildo y audiencia, y "que no debía abrirse en presencia del Virrey", era un oficio suscrito por el cabildo montevideano y él pidiendo lisa y llanamente la destitución de Liniers "por traidor". Al saberlo el virrey, y previo acuerdo del cabildo y audiencia que ven a Elío extremando las cosas, da orden a éste de venir personalmente a explicar su actitud. Elío no acepta "¿qué tengo que hacer en Buenos Aires?"— y Liniers, de acuerdo con los dos cuerpos, reitera la invitación, nombrando "mientras durase su ausencia" gobernador interino de Montevideo al brigadier Michelena y le da orden de hacerse cargo. Michelena va a ocupar sus funciones el 20 de setiembre

Separación de Montevideo. La "Junta de Gobierno" (21 de setiembre de 1809).

No encuentra Michelena apoyo en las tropas regladas ni milicianas de Montevideo, que respondieron íntegramente a Elío. Al notificar a éste, en el edificio del Cabildo (plaza Constitución) que venía a reemplazarlo, estalla una gritería en la plaza: "¡Muera Michelena! ¡Muera el traidor! ¡Viva Elío!". Michelena debe escaparse. Al día siguiente el ayuntamiento invita al vecindario a un cabildo abierto para las 10 de la mañana porque "un francés sospechoso quiere arrancarnos al gran Elío, el mejor y más leal español que hemos conocido".

El cabildo abierto se reunió en el edificio municipal integrado por los capitulares, las autoridades civiles y militares, y veinte "diputados" del pueblo elegidos en la plaza. El primer cabildo abierto del Plata que admitía "diputados del pueblo".

Se procede como en una revolución de comuneros: la orden de destitución de Elío debe "obedecerse pero no cumplirse". ¡Viva Fernando VII y muera el francés Liniers! ¡Viva el rey y muera el mal gobierno! Llevan más allá las cosas: el cabildo abierto se erige en "Junta de Gobierno" con Elío de presidente, Eugenio de Elías y Lucas Obes como asesores y Pedro Feliciano Sáinz de Cavia de secretario (Obes y Cavia tendrían gran actuación en tiempos de la independencia). La Junta se formaba "a ejemplo de las que se han mandado crear por la Suprema de Sevilla".

Días después la Junta quedó compuesta por la mesa indicada, los miembros del cabildo de Montevideo como representantes de la ciudad, los militares Murguiondo, Vallejo y Ponce por el ejército, fray Francisco Carvallo y el presbítero Castellanos por la iglesia, y Prego de Oliver, Viladerbó, Suárez, Erazquin, Chopitea y Gallego por el comercio y los propietarios.

Los oficiales de Marina se negaron a asistir al cabildo abierto, por solidaridad con Liniers, su compañero de arma, y no formaron parte de la Junta.

Se designó un comisionado —José Raimundo Guerra— para informar a Sevilla la causa del alzamiento. Al saberlo Liniers ordenó que los navíos de la Real Armada impidiesen el viaje, pero el cabildo de Buenos Aires, sin pronunciarse abiertamente en favor del de Montevideo, aconsejó que no se ejecutase. Seguiría un debate sobre el alcance del nombramiento de Michelena, "como interino", sin acuerdo del cabildo.

Liniers sostenía que el acuerdo no obligaba la resolución de un virrey. Conforme a las leyes de Indias tenía razón.

La audiencia estuvo contra Elío y con Liniers. Integrada por funcionarios regalistas que temían el mal ejemplo de las conmociones populares, desconoció la Junta de Montevideo y ordenó su inmediata disolución.

"El procedimiento del Cabildo de Montevideo —decía la vista de los fiscales de la Audiencia— puede ocasionar la ruina de estas provincias, la absoluta subversión de nuestro gobierno, el trastorno de su sabia constitución e indudablemente conducirá al precipicio". Montevideo contestará con el florido estilo literario y las citas clásicas del Dr. Elias: "Ya lo dijo Cicerón, la República siempre es atacada bien y defendida mal... la Junta erigida por unánime consentimiento del pueblo fue legítima y acaso inspirada del Cielo; permanezcan los magistrados con todo su esplendor, ceñido siempre el cíngulo de la pureza y con la vara de la justicia en la mano, que Astrea no quedará desairada". La Audiencia, molesta quizá por esta mención de la diosa de la justicia, que según la mitología había huido de la tierra para refugiarse en el cielo, y por la palabra "república" de la cita de Cicerón, responderá: "¡No! La Junta de Montevideo no es legítima ni inspirada del Cielo, sino una efervescencia popular tumultuosa... obra de la sugestión de unos cuantos atrevidos que por desgracia existen en toda sociedad, a quienes estaría más adecuado el pasaje de Cicerón que se cita donde habla el ciudadano de una república y no el vasallo de un monarca". Mandan a Montevideo con sobrecarta el 15 de octubre, es decir, imperativa, sellada con el sello real, la reiteración a disolverse. No obstante la sobrecarta, la Junta seguirá imperturbable valida de su apoyo en los regimientos y vecinos de Montevideo.

Se prepara el "golpe" contra Liniers (17 de octubre).

Álzaga, con el cabildo y el partido de los sarracenos, prepara, de acuerdo con Elío, la deposición de Liniers por un golpe militar que se fija para el 17 de octubre. Contaba con el apoyo de los vizcaínos, catalanes y gallegos, y esperaban inclinar a los demás cuerpos a una revolución "que salvara a Fernando VII del ahijado de Pepe Botellas''. Pero enterados los comandantes de los otros regimientos, toman medidas "para impedir las progresiones de unas agresiones tanto más terribles cuanto más ocultas". Saavedra, comandante de Patricios, Pedro Andrés García de Montañeses, Esteve y Llac de Artilleros de la Unión, Merelo de Andaluces, Terrada de Granaderos, Ortiz de Ocampo de Arribeños, Martín Rodríguez, Vivas y Núñez de los tres cuerpos de Húsares, y Benito Rivadavia de Cazadores, mandan el 10 una nota de adhesión a Liniers que obligará a postergar el estallido.

Vísperas revolucionarías.

La llamada revolución del 1 de enero dio fin, por el momento, a un estado de ansiedad y tensión iniciado desde la ruptura de Liniers con Elío y el cabildo en setiembre. Belgrano, en carta a Coutinho del 13 de octubre —que luego veremos—, urgía la llegada a Buenos Aires de la infanta Carlota, hermana de Fernando VII, para asumir la Regencia porque "tememos que corra la sangre de nuestros hermanos... (por) la vana presunción de dar existencia a un proyecto de independencia demócrata". El 1 de enero se alzaron los "republicanos sarracenos" (no tan demócratas, como los llamaba Belgrano) que siguen a Álzaga en su proyecto de crear una junta como en Montevideo. Pero la popularidad de Liniers arrastraría a la mayor parte de las milicias a desobedecer al cabildo, del que dependían, no obstante el bonapartismo indudable del virrey, y pese al descrédito de su gobierno donde los negociados estaban a la orden del día y la crisis financiera se había hecho sentir. Pero Liniers había subido a catorce pesos la soldada de los milicianos y distribuido grados de oficiales entre personas de su confianza. Ese aparato militar, inusitado hasta entonces, pero comprensible por el peligro de los portugueses, pesaba fuertemente en la población: los impuestos sobre los consumos debieron elevarse, y el virrey acaba de pedir autorización para hacer circular vales patrióticos como medio de pago.

Carlota Joaquina Teresa de Borbón y Borbón-Parma
en portugués Carlota Joaquina de Bourbon e Bourbon );
(Aranjuez, 25 de abril de 1775 - Palacio de Queluz, 7 de enero de 1830
fue infanta de España, reina consorte de Portugal
y emperatriz honoraria de Brasil.

Carlota Joaquina de Borbón y Juan VI de Portugal
La elección recayó en la Infanta Carlota Joaquina de España, que tenia a la sazón 10 años de edad y que en calidad de prometida fue a vivir a la corte de Lisboa, mientras llegaba el momento en que la naturaleza le hiciese mujer y pudiese casarse con el príncipe Juan VI de Portugal, segundo hijo de la reina María I (quien más tarde enloquecería); Ocurrió al cumplir los 13 años que la naturaleza sugirió y fue la señal para que Don Juan abandonase su retiro de Mafra y se consumase el matrimonio. Carlota Joaquina era la hija primogénita del rey Carlos IV de España y de su esposa María Luisa de Parma. Fue forzada a casarse, el 8 de mayo de 1785 (con apenas 10 años de edad), con el príncipe en 1788, con la muerte del heredero de la Corona portuguesa, el primogénito José, príncipe de Beira, Juan pasó a ser el primero en la línea de sucesión. Por locura de su madre, éste se volvió regente del reino a partir de 1792, y por consiguiente, Carlota se convirtió en princesa-regente de Portugal. Este cambio en los acontecimientos, convino perfectamente con el carácter ambicioso y a veces violento de Carlota. Se inmiscuyó en asuntos de Estado, procurando influir en las decisiones de su marido, siempre en su favor. Es decir que aparentemente, lo que menos interesaba era su aspecto –puede asegurarse que, según el cuadro, y teniendo en cuenta lo que se debe haber esmerado el retratista–, porque según las crónicas, tenía una aguda inteligencia y ese especial encanto con que la naturaleza dota a las mujeres que no son bellas, pero que las hace mucho más atractivas.

La revolución fue preparada por los sarracenos para el primero del año, día en que se renovaba el cabildo. Imbuidos de su valer no apreciaron las condiciones de Liniers (que no era tan tonto como lo suponían), ni el alcance de su popularidad en la mayor parte de las milicias. Acumularon torpezas, mientras el virrey, guiado por los regalistas y apoyado por los criollos, supo habilidosamente hacer su juego, dominar la conmoción y eliminar a sus enemigos.

La revolución.

El cabildo preparó el ambiente oponiéndose el 29 de diciembre a la emisión de los vales patrióticos y encontró tres pretextos para deponer al virrey: el casamiento de su hija el 28 de diciembre, el nombramiento de alférez real hecho por Liniers en favor del joven Bernardino Rivadavia el 31, y la elección de enemigos personales del virrey como capitulares, que éste, seguramente, vetaría.

La ley 82, título 16, del II libro de la Recopilación de Indias, prohibía el matrimonio "de los virreyes, oidores, o sus hijos e hijas en sus distritos, pena de perder los oficios". Hubiera bastado que María del Carmen Liniers se casase por poder con Juan Bautista Perichon en Chile o Lima, como se hacía en esos casos, pero el atolondramiento hizo incurrir en la falta. El cabildo llamó a Mariano Moreno, el más brillante abogado entre la generación joven —ligado con el partido de Álzaga— pidiéndole dictamen: Moreno contestó que Liniers había cesado automáticamente. El 31 de diciembre a las diez de la noche (vísperas de la elección de capitulares) el cabildo se dirige a la audiencia informando que por haber caducado el virrey correspondería a la audiencia confirmar la elección del día siguiente; pero el tribunal entendió a las doce de la noche que debía confirmar a Liniers ''sin hacer ninguna novedad", y si los capitulares creían que hubiese cesado deberían "interponer recurso, y se les administrará justicia". La audiencia regalista no estaba con el golpe republicano. El cabildo debió conformarse.

El caso del alférez real se discutió en la misma sesión del 31. Es cierto que los cargos concejiles podían venderse, pero el cabildo tenía la facultad de no admitir a quienes juzgaba incapaces: "...En este grado —dice la resolución del cuerpo— se halla Don Bernardino González Rivadavia que no ha salido aún del estado de hijo de familia, no tiene carrera, es notoriamente de ningunas facultades, joven sin ejercicio, sin el menor mérito ni otras cualidades que son públicas en esta ciudad". No debe tomarse al pie de la letra esta apreciación dictada por la política, pero el vanidoso Rivadavia no se la perdonaría nunca a Álzaga, y es presumible que tal vez pesaron al ordenar su fusilamiento en 1812. Se dijo que el puesto le fue dado a Bernardino en pago de una deuda de Liniers con su padre Benito González Rivadavia.

Desechado por la audiencia el primer cargo, quedaba el segundo. La noche de Año Nuevo todos esperan en Buenos Aires lo que va a ocurrir a la mañana siguiente. Las tropas criollas son acuarteladas; no así los gallegos y vizcaínos, a quienes Liniers ha quitado sus cuarteles. Saavedra desde las 5 de la mañana está en Patricios para impedir que la tropa fuese sacada por el segundo jefe, Esteban Romero, partidario de Álzaga. Si no todos los cuerpos patricios, por lo menos el de Saavedra —el 1— le responde, y obtiene la neutralidad de los otros dos. Queda en el cuartel de las Temporalidades (Perú entro Alsina y Moreno) a la espera de una señal de tres cañonazos, que Liniers haría desde el Fuerte. Éste tenía también consigo a los Granaderos de la Fortaleza cuyos cañones amanecieron apuntando al Cabildo.

Al amanecer, vizcaínos, catalanes y gallegos toman posiciones en la plaza y alrededor del Cabildo. El día era de "revolución", y de un momento a otro empezaría el combate. Con habilidad Liniers dispuso las cosas para tener la mejor parte; por lo pronto, no daría pretexto para romper las hostilidades. A las ocho de la mañana se reúnen los capitulares ante la expectativa de la ciudad. Discuten "el estrepitoso escándalo que se ha notado desde la noche de ayer, pues se han citado a cuartel la mayor parte de los voluntarios... se pusieron -- centinelas dobles en la fortaleza.. se preparó y dispuso la artillería". Todo eso era ofensivo al cuerpo, pero resuelven dado "lo apurado de las circunstancias", dejar para más adelante la reclamación. Después de oír misa, como era práctica antes de la elección, esperan hasta las once la respuesta de Liniers sobre el problema del alférez real. Ésta llegará cuando se están haciendo las elecciones: admite que el cuerpo elija alférez, dejando a salvo los derechos de Rivadavia para hacerlos valer en España: el segundo pretexto quedaba orillado. La elección siguió, votando los capitulares la lista de alcaldes y regidores propuesta por Álzaga.

En ese momento —son las doce del día— toca a rebato la campana del Cabildo: eran los miñones de catalanes que habían subido al campanario, y cansados de esperar la revolución querían apresurarla. Fue inútil que los capitulares y Álzaga trataran que cesase el alboroto: los "miñones" les apuntaron con sus carabinas; el control de la conmoción escapaba de las manos del alcalde. El toque seguirá por largo rato, y reúne una considerable cantidad de gente en la plaza que dirigida por los sarracenos prorrumpía en gritos contra el francés Liniers, el ahijado de Pepe Botellas, y cosas semejantes. Entre esa multitud, y al son de los repiques acelerados de la campana cruzan la plaza los representantes del cabildo que llevaban al Fuerte el acta de la elección para ser confirmada o rechazada por el virrey.

Al entrar al salón de la Fortaleza, Liniers los recibe con altanería diciéndoles "que por conmiseración no había reducido a cenizas con los cañones al Cabildo y a quienes estaban en la plaza". Los capitulares se disculparon expresando ser ajenos a los repiques. Liniers examinó la lista, puso algunos reparos de palabra, pero confirmó a todos. El tercer pretexto también había fracasado.

La escena se traslada ahora al Cabildo. Vuelven los capitulares con la aprobación del acta, y con ellos entran en tumulto quienes estaban en la plaza. La revolución estaba preparada para cuando quedase descartado el virrey por el casamiento de su bija, o negándose a dejar sin efecto el nombramiento del alférez real, o desaprobase la elección. Entonces, con el apoyo de los tercios sarracenos se le impondría una Junta presidida por Álzaga, donde serían secretarios los abogados criollos Mariano Moreno y Julián de Leiva. Pero Liniers acababa de orillar los pretextos. Los reunidos tumultuosamente en el Cabildo deciden entonces la revolución sin pretexto: apoyado en la gente, mandada o voluntaria, que gritaba en la plaza contra el francés Liniers, Álzaga, seguido de Mariano Moreno, Santa Coloma, Neyra y Villanueva, van al Fuerte, notifican a Liniers que acaba de ser depuesto "revolucionariamente" por el pueblo, y se había entregado el gobierno a una junta que venía a hacerse cargo.

Saavedra aguardaba los tres cañonazos, pero Liniers temía que fuesen tomados como la iniciación del combate, y no los había ordenado. Saavedra entonces, advertido de los apuros del virrey, sale con su tercio por la actual calle Moreno hacia el bajo; entra a la Fortaleza por la puerta del Socorro precisamente en momentos que Álzaga, Moreno y los sarracenos notificaban la deposición al virrey y éste —rodeado de sus granaderos— contestaba que "no habría de permitir el nombramiento de una junta". Son las dos de la tarde. Salen los comisionados al entrar los patricios. En esos momentos empieza a llover con intensidad —la habitual lluvia que acompaña las cosas importantes que ocurren en Buenos Aires—, quedando por eso, y porque los catalanes, gallegos y vizcaínos se ponen en posición de combate, la plaza despejada de gente. Los patricios con los granaderos ocupan los baluartes de la Fortaleza apuntando al Cabildo y colocan en la puerta cañones cargados de metralla. Por las calles laterales los húsares intercambian tiros con quienes están en la plaza; suenan disparos aislados, uno de los cuales hiere al mayor de patricios, Eustoquio Díaz Vélez.

En otros puntos de la ciudad, Fornaguera, mayor de la Unión y partidario de Álzaga, toma el cuartel, que está en el Retiro, y saca las piezas de artillería a la calle. Pero llega el comandante Esteve y Llac, partidario de Liniers, que consigue imponerse y la tropa vuelve a su lugar. Jacobo Adrián Várela, mayor de Gallegos, fracasa igualmente en un intento de apoderarse de la Artillería mixta, cuerpo de línea.

Gana Álzaga.

El obispo Lué no quiere derramamiento de sangre. Va al Cabildo y habla con los revolucionarios: ofrece, con la aprobación de la audiencia, gestionar la renuncia de Liniers "siempre que no se estableciera una junta", temperamento rechazado por los sarracenos. VA obispo parece convencido de "establecer la junta", y con los comandantes Santa Coloma y Várela pasa al Fuerte. La gente, refugiada bajo los arcos de las dos Recobas, sigue con sus gritos de "¡Junta como en España!, y los miñones continúan los toques arrebatados de campana. La comitiva atraviesa la plaza en medio de la lluvia y entra a la Fortaleza; Lué pide la renuncia "voluntaria" de Liniers, y éste —después de hablar a solas con el obispo— acepta, pero pide hacerlo ante una reunión de "notables" con la audiencia, obispo, canónigos, cónsules y "los dos cabildos, el saliente y el entrante". Aquello es extraño, pero Lué parece conforme. Sólo pide el retiro de patricios, a lo que Saavedra se aviene siempre "que se retiren los otros antes que yo" debiendo salir del Fuerte por la puerta principal, con banderas desplegadas y la banda delante.

Los patricios salen formados del Fuerte al son de músicas marciales. La gente de la plaza, que cree que abandonan a Liniers, los aplauden, y los tercios sarracenos les rinden honores. Éstos, que carecen de cuarteles, pues Liniers ha quitado los suyos a los vizcaínos y gallegos, se disuelven por creer conseguida la victoria.

Triunfa Liniers.

Todo era una maniobra —a la verdad no muy digna, aunque fue para ganar sin efusión de sangre— a fin de imponerse Liniers y poder apresar a los dirigentes. Mientras llegan los "notables", Saavedra recorre los cuarteles de arribeños, húsares, andaluces, montañeses y demás cuerpos partidarios a quienes lleva a las Temporalidades.

Los del Cabildo se oponen a que los capitulares, y sobre todo Álzaga, vuelvan al Fuerte; Jacobo Várela enfrenta al alcalde: "No lo haga, porque no saldrá más de allí"; algunos dicen que es "una trampa de franceses, acuérdense de lo de Bayona". Pero Álzaga cree en una botaratada de Liniers para caer de manera espectacular, y va con los capitulares a la asamblea. A las cinco están reunidos los notables, entre ellos Ruiz Huidobro que tiene el grado militar más alto del virreinato: es teniente general por ascenso de la Junta de Galicia. Liniers toma la palabra, "y después de haber hablado largo rato —dice el acta— concluyó en que hacía dimisión del mando para que recayese en la persona que designaban las leyes, pero de ningún modo si había de ser para el establecimiento de Junta". La solución encuentra el beneplácito del obispo, oidores y demás regalistas, y desde luego, de Ruiz Huidobro, a quien, como militar de mayor graduación, le correspondería el poder. Álzaga queda desconcertado; los suyos están en minoría en la sala y lejos de sus tercios y la gente partidaria. Liniers con astucia le ponía en contra a los regalistas. Mientras se confecciona el acta de renuncia, vuelve Liniers a decir que la designación de una junta "ocasionaría la total pérdida del virreinato y aun la de toda la América", evidentemente para ganar tiempo. En eso "se oyen voces descompuestas —sigue el acta— en la sala de retratos; sale Su Excelencia y vuelve acompañado del comandante de Patricios (Saavedra), del de la Unión (Esteve y Llac), de Granaderos (Terrada), de Montañeses (García), de Húsares (Martín Rodríguez), y otros oficiales que gritaban en tropel y en altas voces y descompasadas que no permitirán la dimisión del mando de Su Excelencia, y para ese efecto tenían las armas a su disposición".

Saavedra, "ya dentro de la sala y en tono alto, dijo que habían de correr en la Plaza Mayor y calles de esta ciudad ríos de sangre antes que permitir dejase el mando Su Excelencia"; el obispo trata de calmarlo —según las Memorias de Saavedra— diciéndole "demos gracias a Dios, ya está todo concluido: S. E. ama mucho a este pueblo y no quiere exponerlo a que por su causa se derrame sangre... ya se ha convenido en abdicar el mando y se está extendiendo el acta". Contesta Saavedra: "El señor virrey no puede hacer esta abdicación... la piden unos cuantos insurgentes. El pueblo y la tropa aman al señor virrey". Quiere interponerse el fiscal Caspe de la Audiencia, y Saavedra, perdida la calma, le dice que de renunciar Liniers "no quedaría autoridad alguna en la ciudad, pues todas serían pasadas a cuchillo, y las primeras las de la Real Audiencia". No era cosa de contradecirlo.

Es que patricios, arribeños, andaluces, montañeses, húsares y demás cuerpos partidarios de Liniers acababan de tomar posesión de la Fortaleza y emplazado cañones con las mechas encendidas contra el Cabildo atrincherándose en la Recoba Vieja, mientras Saavedra y los comandantes subían a "desarmar al grupo de amotinados (Álzaga y los suyos), que consiguen fácilmente y termina la conmoción", dice el acta del escribano Núñez. A una señal de Saavedra se intima rendición a los pocos sarracenos que permanecían frente al Cabildo. "A la segunda intimación —dice Saavedra— arrojaron las armas y corrieron por las calles como gamos, buscando cada uno el rincón de sus casas donde ocultarse". Entonces Liniers sale a la plaza de la Fortaleza, donde la tropa lo aclama, pasa por el arco de la Recoba —ya es el atardecer y ha cesado la lluvia— y es recibido con una ovación por quienes han quedado en la Plaza Mayor. Vuelve a la Fortaleza donde están detenidos ambos cabildos (el saliente y el entrante) con sus capitulares vestidos de seda negra, que era su traje de etiqueta; ordena la libertad de los entrantes y mantiene presos a los salientes "con toda aquella distinción que merecían unos individuos que eran padres de la patria", dice Juan Manuel Beruti en sus Memorias curiosas. No fue tanta la distinción con el alcalde Álzaga, el síndico Villanueva, y los regidores Olaguer Reynals (comandante de Catalanes), Neyra (capitán de Gallegos) y Santa Coloma (capitán de Vizcaínos), sacados esa noche por la puerta del Socorro a la playa y embarcados en una ballenera con rumbo ignorado (se le decía al capitán, en pliego que abriría en alta mar, de confinarlos en Carmen de Patagones).

No obstante el secreto, los confinados pudieron comunicarse con Elío, y éste los mandó rescatar a los pocos días.

Los cuerpos de Vizcaínos, Catalanes y Gallegos fueron disueltos pese a las protestas de sus jefes, pues estrictamente no eran rebeldes al apoyar a su brigadier que era el cabildo. Hubo atropellos contra algunas tiendas de los sarracenos; el café de Catalanes, donde se reunían habitualmente los partidarios de Álzaga, cerró prudentemente sus puertas. Para impedir que otra vez se llamase al pueblo a la plaza, Liniers mandó quitar el badajo a la campana del Cabildo.

Buenos Aires no dio la impresión de una ciudad donde hubiese triunfado el pueblo, sino de una plaza ocupada militarmente. No hubo festejos populares, ninguna clase de algazara o regocijo por la victoria. Todos tenían la impresión que los días de Liniers estaban contados; y los del régimen también.


 

02/12/2011

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18/02/2012