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LOS ÚLTIMOS DÍAS
Política de
Cisneros.
El nuevo virrey se sabe en difícil situación. Si las cosas
de la península mejoraran, tal vez se podría, con tino y comprensión,
impedir la pérdida de América; de ahí que tratase de evitar los roces con
las distintas facciones porteñas. Claro que todo depende de lo que
ocurrirá en Europa, pero eso está fuera de su control. Trata de
mantenerse, como buen marino, a la capa mientras pasa a su lado la
tormenta; el tiempo suele traer remedio a los problemas más difíciles.
Pone inteligencia y acierto en el manejo político, pese a las arrogancias
de Elío y los "escarmientos" —que debe tolerar— de Goyeneche en La Paz. En
Buenos Aires tratará de no dar motivo de queja a los criollos, sin
perseguir a nadie fuera de Pueyrredón, que se le había ordenado desde
Sevilla. Cena con Saavedra y Pedro Andrés García, a los que consulta sobre
reformas militares, y tolera a los jóvenes independentistas sus
reuniones y publicaciones (a Belgrano, que tanto hizo en contra suya, le
da autorización y ayuda para editar el Correo de Comercio),
contentándose con vigilarlos discretamente. Solamente persigue a los
agentes foráneos, hasta donde sus retaceadas posibilidades lo permitían.
Reformas
militares.
Como consecuencia de las invasiones inglesas, el gobierno
virreinal se encontraba sentado sobre un barril de pólvora que podía
estallar en cualquier momento: eran las milicias, numerosas, adiestradas y
armadas, infinitamente más eficaces que las fuerzas regladas. Las milicias
siempre fueron focos de comuneros; lo serían ahora como en los años
de la Conquista. Se debió recurrir a ellas —con muy pocas ganas lo hizo
Sobremonte— porque las fuerzas regladas resultaron incapaces para expulsar
a los ingleses. Desde ese momento tuvieron el control de la política:
sacaron el mando militar a Sobremonte el 14 de agosto, el 10 de febrero de
1807 lo sustituyeron en el civil; se dividieron para sostener unas a
Liniers y otras a Álzaga el 1 de enero sin que los veteranos tuviesen
parte en ese pleito; y acababan de imponerle condiciones a Cisneros, que
éste debió aceptar.
Su organización, debido a las invasiones y al peligro
portugués que obligó a mantenerlas, las asemejaba a fuerzas veteranas. Ya
no eran las huestes comunales armadas a su propia costa, ejercitándose los
domingos y reuniéndose para los alardes y fonsados al darse
la señal de la patria en peligro: ahora tenían sus cuarteles, depósitos de
armas, cumplían servicios diarios y recibían la paga correspondiente a un
estado militar. Sus oficiales no tenían estudios especializados, pero su
prestigio ante sus cuerpos era grande y sus conocimientos les bastaban
para manejarse en una lucha callejera.
Cisneros trató con prudencia el problema de las milicias.
No le era posible suprimirlas del todo, y se limitó a reducir sus
efectivos con el pretexto de economías. El 11 de setiembre de 1809
suprimió los regimientos de Infantería ligera de Carlos IV,
Cazadores, Migueletes, Castas de artillería, 2º y 3º
de Húsares (conocidos como "húsares" de Vivas y de Núñez) y
3º de Patricios. Los demás quedaron disminuidos en sus plazas y
reemplazado su nombre por una numeración: fueron el regimiento Nº 1 (Patricios
1º); Nº 2 (Patricios 2º); Nº 3 (Arribeños); Nº 4 (Montañeses)
y Nº 5 (Andaluces). Los Granaderos de Fernando VII (antes
"de Liniers") serían la escolta del gobierno; también quedaron Castas
y Artillería volante. Las solas milicias de caballería
serían el 1° de Húsares (de Pueyrredón), llamado en adelante
Húsares del Rey. Las plazas rentadas de todas las milicias no pasarían
de 3.448.
Es un error creer
que la reforma de Cisneros hizo desaparecer la organización ciudadana, y
por lo tanto no había "milicias" al producirse la Revolución de Mayo. El
hecho que los milicianos cumplieran servicios de cuartel, o recibieran
paga, no los identificaba con la tropa reglada: siguieron siendo y
considerándose ciudadanos que elegían a sus jefes y no podían ser llevados
a decisiones políticas contrarias a su voluntad. No solamente el espíritu
miliciano siguió vivo (y se prolongaría más tarde en los cuerpos cívicos):
la ciudad se mantuvo identificada con sus regimientos, y a sus cuarteles
acudían a hacer ejercicios, o simplemente a reunirse, quienes habían
pasado por sus filas aunque ya no pertenecieran a las listas.
Cisneros no se
propuso más que limitar las plazas rentadas y el armamento de los cuerpos.
De manera alguna intentó, ni hubiera podido, quitarles su espíritu.
A los 3.448 milicianos "rentados" y acuartelados no podían
hacer sombra los escasos 609 veteranos de la ciudad (230 dragones de
caballería, otros tantos fijos de infantería y 149 artilleros), tropas
disciplinadas que obedecían pasivamente a sus jefes y fueron el solo apoyo
que pudo contar el virrey el 25 de mayo de 1810.
La oposición de los comandantes leales a Liniers el 1 de
enero impidió a Cisneros restablecer los catalanes, vizcaínos
y gallegos, como hubiera sido justicia. Debió limitarse a
integrarlos en un batallón del comercio de 600 plazas, especie de
"reserva" sin cuartel ni uniformes ni jefes ni soldada ni armas.
De 7.253 plazas que tenían las milicias en octubre de 1806,
habían disminuido a 3.448 en la revista del 12 de mayo de 1810. Eso, en
cuanto a sus efectivos con soldada y armas, pero en caso de necesidad la
ciudad entera estaría en sus cuarteles. En cambio, los 1.329 veteranos de
1806, apenas si eran 609 cuatro años más tarde, pues ya no venían
"soldados" de España. Cisneros hubiera querido traer el "presidio" de
Montevideo para reforzar a los veteranos de la capital, pero —dice
Contucci— no lo hizo por el temor de disgustar a Saavedra.
Juzgado de Vigilancia
Política.
"En mérito a haber llegado la noticia ... de que en estos
dominios se iba propagando cierta clase de hombres malignos y
perjudiciales, afectos a ideas subversivas que propenden a trastornar y
alterar el orden público y gobierno establecido", Cisneros organizó al 25
de noviembre el Juzgado de Vigilancia Política con facultades pura
dictar penas de extrañamiento. Su titular fue el fiscal del crimen de la
audiencia, Caspe y Rodríguez.
No consiguió averiguar más de lo que se sabía; pero puso
vigilancia a los agentes portugueses —Güezzi, Contucci, Possidonio da
Costa y Pedro Antonio Álvarez— que debieron alejarse con prudencia. No
pudo hacer lo mismo con los ingleses.
Lord Strangford
saldría en defensa de los espías portugueses, con el propósito de advertir
entre líneas a Cisneros que no molestase a los suyos. Escribe a Cisneros
"como aliado de ambos países (España y Portugal)", esperando no "ofendiera
a los súbditos del otro país". En comunicación a su gobierno, Strangford
dice: "A pesar que el objeto de esa carta era, aparentemente, interceder
en favor de los residentes portugueses en Buenos Aires, mi intención era
dejar percibir al virrey español que cualquier paso contra un súbdito de
S. M. Británica sería altamente ofensivo... Estos sentimientos no estaban
directamente expresados en mi carta, pero eran manifiestos por el tenor de
todas sus partes".
Ante esa intromisión, el Juzgado de Vigilancia entró en una
explicable atonía. Contucci, Possidonio y Álvarez volvieron a Buenos Aires
a seguir sus informes y mantener el fuego agonizante del carlotismo.
Cisneros comprendió que no podía combatir las actividades de quienes eran
los dueños virtuales de la política española y tampoco molestar a sus
aliados. Otra vez se sintió en Trafalgar.
El sistema representativo.
El 22 de enero de 1809 la Junta Central había dictado la
Real Orden para elegir los representantes de América que la integrarían.
Entre sus considerandos estaba el fundamental a que ya hicimos referencia:
"Los vastos dominios que España posee en las Indias no son propiamente
colonias o factorías, como las de otras naciones, sino una parte esencial
e integrante de la monarquía española". Llamaba a elegir diputados del
Nuevo Mundo a razón de uno por cada virreinato o capitanía general,
Filipinas inclusive.
El procedimiento
consistía en que cada municipio eligiese tres nombres, sorteando entre
ellos uno. La audiencia de la ciudad capital formaría una lista de los
sorteados; entre ellos elegiría tres, y entre estos tres procedería a
sortear quién sería el diputado a la Junta Gubernativa. Más tarde (9 de
octubre de 1809) se dispuso que la terna fuese elegida por una asamblea
compuesta de la audiencia, los canónigos del cabildo eclesiástico, dos
regidores del cabildo secular de la capital y dos vecinos nombrados por
éste.
El diputado debería
ser natural o avecindado del reino que representase, tener "arraigo"
material, no ser deudor del fisco ni encontrarse desempeñando cargo
administrativo.
Liniers había notificado la Real Orden el 27 de mayo a
todos los municipios (aun los de villas). Solamente catorce eligieron su
candidato por el doble procedimiento de la elección y sorteo: entre ellos
Córdoba, La Rioja, Salta, San Juan, San Luis, Mendoza, Corrientes y Santa
Fe, que designaron respectivamente al deán Funes, cura José Nicolás Ortiz
de Ocampo, marqués del Valle del Toxo, Dr. José Ignacio de la Rosa,
Vicente Carreño, Santiago Corvalán, Dr. José Simón García de Cossio y Dr.
Bernardo de Vera y Pintado (esta última elección fue anulada). La caída de
la Junta Central y consecuente Revolución de Mayo dejaron sin efecto la
elección y sorteo definitivo.
El "afrancesamiento"
de los regalistas españoles.
Una campaña, iniciada a la llegada de Cisneros, había
imputado a la "Junta, Central" hallarse entregada a los franceses y venir
el nuevo virrey a asegurar el dominio de José I. La especie, recogida más
o menos de buena fe por quienes quisieron en julio de 1809 formar la
"Junta Conservadora de los derechos del Sr. Fernando VII", fue lanzada por
los agentes portugueses Contucci y Possidonio da Costa. Esta campaña
continuó a pesar del alejamiento temporario de los espías al crearse el
Juzgado de Vigilancia, y llegó a convencer a muchos.
En 1826, en ocasión
de un homenaje del Congreso Nacional a la Revolución de Mayo, Gorriti
todavía sostenía que la revolución se hizo para no depender de Francia,
porque "el virrey Cisneros era una criatura de Don Martín Ganéis,
secretario de la Junta Central, que acababa de descubrirse aliado de los
franceses y por lo mismo la fidelidad de su ahijado no tenía mejores
títulos de confianza... un paso más allá y el 25 de mayo habría sido un
día de luto". Martín Ganéis debe ser Martín de Garay,
secretario y alma de la Central; lo de "descubrirse aliado de los
franceses" un error con el presidente arzobispo de Laodicea y los
diputados de la Central que quisieron capitular con Napoleón.
Había cierta base de veracidad, no en el virrey, pero sí en
los hechos y palabras de los funcionarios que para conservar su empleo
estaban dispuestos a jurar a José I; a quienes debe agregarse todos los
regalistas para quienes la sujeción a la península debería mantenerse "aun
reconociendo un escuerzo". "Creo —escribe el 10 de junio de 1810
Strangford a Wellesley— que existe un fuerte y formidable partido francés
en la América española. Los españoles nativos simpatizan con Francia como
natural consecuencia de su aversión por Inglaterra, arraigada e
inconmovible; ellos... en el caso de la subyugación de la Madre Patria
estarían deseosos de involucrar a las colonias en análogo destino... Una
clase enteramente adicta a Francia es la constituida por los funcionarios
de la magistratura...". No diremos, como Strangford, enteramente adicta,
pero sí proclive, por oposición a una "república indiana", o a una
"independencia protegida" por Inglaterra, a lo Miranda.
Eso explica por qué Saavedra, Martín Rodríguez y tantos
otros que escribieron sus Memorias de los días de Mayo han dicho que "la
Revolución se hizo para no seguir la suerte de España y pasar a ser
franceses". Y por qué Liniers sería fusilado en Cabeza de Tigre por
oponerse a ella.
El cabildo
de 1810.
Un error difundido atribuye una intervención preponderante
a Cisneros en el nombramiento del cabildo ordinario de 1810. Por su
indicación se habrían partido los cargos capitulares entre cinco españoles
y cinco criollos. No hay tal: el cabildo se componía de seis regidores
cadañeros, uno perpetuo y dos alcaldes. El perpetuo era criollo (Manuel
Mansilla) y jamás intervino en política; los dos alcaldes, Juan José de
Lezica, criollo, y Martín Gregorio Yáñiz, español, estuvieron vinculados
al partido sarraceno de Álzaga en esos momentos disuelto; de los
seis regidores, cuatro eran españoles (Juan de Llano, Jaime Nadal y
Guardia, Andrés Domínguez y Santiago Gutiérrez). Sólo Nadal tuvo
participación el 1 de enero con los sarracenos; los dos criollos
eran el joven abogado Tomás Manuel de Anchorena y el propietario Manuel
José Ocampo, ninguno con actuación política, pero se inclinaban hacia los
criollos. No era integrante del cabildo, y por lo tanto no votaba
en sus plenos, el síndico procurador Dr. Julián de Leiva, criollo
sarraceno. No había, pues, cinco criollos contra cinco españoles; en
todo caso, cuatro criollos contra cinco españoles contando entre los
primeros al regidor perpetuo Mansilla. En cuanto a las facciones políticas
(en realidad, ya poco consistentes) había en la sala tres sarracenos, dos
criollos y cuatro sin definición; y fuera de la sala un síndico sarraceno.
No debe dársele mayor trascendencia. El cabildo no estaba
"dividido" entre españoles y nativos, sarracenos o criollos. Representaba
la clase gobernante de la ciudad, formada por comerciantes y propietarios
poco propicios a revoluciones.
Caída de Gerona
(11 de diciembre de 1809).
El 11 de enero, el General Advertiser de Liverpool
dio la noticia de la caída de la heroica Gerona en manos de Augereau el 11
de diciembre, después de siete meses de sitio. El periódico llegó a Buenos
Aires alrededor del 20 de marzo.
Gerona fue, como
Zaragoza, un ejemplo del patriotismo popular español. Sin medios
defensivos, sin alimentos, sin remedios, resistió tres sitios, el último
de siete meses. Las condiciones del asedio fueron terribles. Las ratas, el
solo alimento, valían cinco reales cada una. El ecónomo de la ciudad
informó al gobernador Álvarez de Castro que no quedaban ni ratas: "¿Qué
comeremos?". "¡Nos comeremos a usted!", fue la heroica respuesta. De sus
14.000 habitantes, 10.000 murieron de heridas e peste o consunción.
La caída de
Gerona significaba que todo el norte de España estaba en poder de
Napoleón y el ejército francés podía seguir sin obstáculo su avance a
Andalucía a través de la Sierra Morena.
Cisneros la informó a los intendentes por circular del 23
de marzo; en la misma fecha dio orden a Montevideo de detener las noticias
de la península. No obstante, los díceres y versiones corrieron abultados,
y Cisneros creyó prudente —el 2 de abril— imprimir una carta de Casa Irujo
desde Río diciendo que a pesar de la caída de Gerona los ejércitos
españoles se mantenían firmes y con espíritu de lucha. El 8 de abril llegó
un navío inglés zarpado de Plymouth el 13 de febrero con la versión, sin
confirmar, de encontrarse los franceses en Sevilla el 29 de enero y huido
los integrantes de la Junta Central a Cádiz; no obstante las precauciones,
se difundió rápidamente. El 27 de abril una reservada del virrey pidió a
los intendentes que tratasen de mantener el orden ante las noticias que
llegaban casi diariamente de la metrópoli sobre el desastre español
El 29 de abril el regidor Dr. Tomás Manuel de Anchorena
pide en el cabildo que se esté preparado para asumir el gobierno y salvar
"la Patria de cualquier tirano". Entendía por tirano un poder extranjero:
"Nos hallamos en la situación de un hombre que es amenazado de un
accidente mortal —dice Anchorena—...los enemigos se han apoderado
últimamente de Gerona... ¿Cuántos no deberán ser nuestros recelos sobre la
suerte que nos espera?... Considere V. E. el momento en que sepamos que el
poder del enemigo ha eludido los efectos de nuestra constancia... Nos
hallaremos envueltos en la confusión y el desorden... todos querrán
mandar, ninguno obedecer y el horror de nuestras propias miserias nos
harán ceder a las acechanzas de cualquier tirano que nos quiera
esclavizar... ¿Será posible que no podamos fabricar un muro inexpugnable
que sea el apoyo de nuestra seguridad y el sostén de nuestra libertad? ...
V. E. (el cabildo) por lealtad a nuestro Soberano y por el amor que
profesa a la Patria, al que la estrecha el vínculo especial de ser su
único y legítimo representante... debe observar la conducta del Piloto que
navegando en alta mar ve de pronto que se prepara una terrible
tempestad... Los pasos de V. E. deben ser muy sigilosos, medidos y
pensados... para salvar la Patria con aquella circunspección, integridad y
moderación que le es característica...". El Cabildo resolvió estar a la
espera de noticias definitivas antes de tomar ninguna resolución.
Proyecto de un Congreso
General Hispanoamericano.
La angustiosa guerra de Europa hizo que
algunos funcionarios españoles, al mismo tiempo que los criollos,
considerasen la situación de América si ocurría la pérdida
de España. Luis V. Várela atribuye al virrey de Perú, Abascal, el
propósito de reunir Cortes Indianas de representantes de las divisiones
administrativas americanas, "que defendiese al Río de la Plata contra una
nueva invasión inglesa que tuviese por objeto, no la conquista como en
1806, sino amparar a los nativos que trabajaban por la independencia de
estas provincias desde aquella época". Veremos en el capítulo siguiente
que Cisneros tuvo el mismo pensamiento en su Proclama del 18 de mayo. En
idénticos términos se expide el 26 de mayo en Potosí el asesor de la
Intendencia Dr. Vicente Cañete, sin saber que el día anterior había
estallado la revolución en Buenos Aires. Un eco de esa idea lo encontramos
en el Manifiesto de Julián de Leiva que abre el Cabildo abierto o Congreso
del vecindario del 22 de mayo en Buenos Aires. Y aunque reducido al
virreinato de Buenos Aires, en el proyecto del cabildo abierto de reunir
un "Congreso General" que resolviera la situación política.
Várela critica el
proyecto de Cisneros, Abascal y Cañete (ya formulado para el Río de la
Plata por Azara en 1809) que, entiende, mantenía a España en América.
"Buscaban los virreyes halagar a los nativos —dice este autor— a quienes
creían satisfacer con el establecimiento de una regencia americana aunque
el país continuase bajo el imperio de la odiosa legislación de Indias y
siguiese gobernado por los mismos hombres que habían venido a estas
regiones como conquistadores, etc.". Es posible. Pero el proyecto habría
salvado la unidad indiana y hubiese impedido que el Río de la Plata cayera
poco después bajo el control británico.
REFERENCIAS
a) documentales.
H. S. Ferns, Brittain and Argentina in
the nineteenth century (con los documentos oficiales mencionados en el
texto).
A. Várela, Duas grandes intrigas
(con las informaciones de los espías portugueses).
b) memorias:
M. Belgrano, Autobiografía.
J. M. Beruti, Memorias curiosas.
Manuel Godoy, Memoria.
T. Guido, Memoria.
J. Presas, Memorias secretas de la
princesa del Brasil.
M. Rodríguez, Memoria.
C. Saavedra, Memorias.
F. Saguí, Los últimos cuatro años de la
dominación española.
c) bibliografía principal:
V. Abecia, Reseña histórica del 25 de
mayo de 1809.
J. M. Aponte, Tradiciones bolivianas.
Conde de Toreno, Historia del
levantamiento, guerra y revolución en España.
G. Funes, Ensayo de la historia civil
de Buenos Aires, etc.
P. Groussac, Santiago de Liniers, conde
de Buenos Aires.
J. Irazusta, Tomas M. de Anchorena.
V. López, Historia de la República
Argentina.
B. Mitre, Historia de Belgrano,
etc.
I. Núñez, Noticias históricas.
M. M. Pinto, La revolución de la
independencia de La Paz.
C. A. Pueyrredón, La Revolución de Mayo.
— En tiempo de los virreyes.
V. G. Quesada, Historia diplomática
latinoamericana.
E. Ruiz Guiñazú, Lord Strangford y la
Revolución de Mayo.
W. Spence Robertson, Vida de Miranda.
J. Street, La influencia británica en
la independencia de las provincias del Río de la Plata.
M. Torrente, Historia de la revolución
hispanoamericana.
Villa Urrutia, Relaciones entre España
e Inglaterra durante la guerra de la independencia.
A.
Zimmerman
Saavedra, Don Cornelio Saavedra. |