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TENDENCIAS POLÍTICAS EN BUENOS AIRES
Las tendencias
políticas.
El período que va
de la derrota de los ingleses en julio de 1807 a la Revolución de mayo
de 1810 es complejo y aparentemente confuso como en toda época
prerrevolucionaria. El orden fundamental, español, herido de muerte desde
el tratado de Utrecht de 1713, se derrumbará en un proceso acelerado por
las invasiones de 1806 y la tremenda crisis de la metrópoli de 1808. Nace
un orden nuevo que escapará —como siempre ocurre— a las previsiones de
todos; aun las de aquellos que anhelaban una "independencia" más o menos
protegida por Inglaterra. Surge una nacionalidad que estaba subyacente en
el pueblo y en los municipios, cuando los jóvenes seguidores de Miranda
imaginaban un Estado con constituciones a lo Montesquieu o
Hamilton, libertad de comercio a lo Adam Smith y, por supuesto, privilegio
de la "clase racional" a lo Rousseau.
Las tendencias
políticas en Buenos Aires, por ser la capital —en ese momento nunca
más cabeza—, como por haber sido el teatro de la lucha con los
invasores y serlo en breve de la Revolución de Mayo, encontraban su eco en
el interior, en apariencia más tranquilo pero no menos vigoroso en sus
sentimientos. Pero, fuera de algunos funcionarios, clérigos jóvenes y
letrados en correspondencia con el puerto, el interior —Montevideo,
Córdoba y las ciudades altoperuanas aparte— "no era político". Esa
ausencia de "doctrinas" habría de permitirle, después, el papel decisivo
de representar la realidad argentina.
El partido
"patriota".
Volviendo a
Buenos Aires. Tenemos en 1808 el gran partido de la Reconquista y la
Defensa que se llamaba a sí mismo patriota (de "patria", ciudad),
integrado sin distinciones de clase: unanimidad entre los "inferiores" y
mayoría en los "principales". Todas las milicias urbanas, desde el último
tambor al comandante, pertenecían a él por haber sido formadas
precisamente en el rapto de entusiasmo patriótico siguiente a la
Reconquista. Sus jefes indiscutidos eran Liniers y Álzaga. El carácter
abierto, dócil, simpático, y sobre todo el prestigio que le daba su
figuración en la Reconquista —que consiguió sobrevivir a la deplorable
Defensa— habían hecho del primero el héroe popular y a ese título ocupaba
la Fortaleza como virrey interino. Nada más lejos de un auténtico caudillo
que Liniers: no era un "conductor" que interpretase a los conducidos con
sus palabras, actos y gestos; no tenía fortaleza de espíritu, comprensión
del medio, ni seguridad de acción, aunque a veces acertase a mostrar
astucia como el 1 de enero de 1809. Era un hombre común a quien
circunstancias imprevistas pusieron en un cargo que nunca había imaginado;
allí estuvo a merced de sudestadas más temibles, corrientes más
encontradas, olas más rompientes, que las conocidas en sus andanzas de
marino fluvial sin la baquía para eludir los bancos traicioneros y acertar
con los canales navegables. No había sido ambicioso, pero asombrado de su
vertiginosa ascensión no supo escapar a la vanidad de quienes ocupan un
lugar que no esperaron; tuvo las desconfianzas de los que se han visto
elevados por un golpe de suerte y suponen que otro los reducirá a la nada.
Era un héroe y no un político. Si le hubiese tocado un tiempo apacible,
habría desenvuelto, a pesar de sus flaquezas humanas y el constante
desacierto en la elección de sus colaboradores, una administración
paternalista y honrada; tenía sobre sus predecesores la ventaja de una
popularidad aún mayor que la de don Pedro de Cevallos. Pero gobernó en
años turbulentos, con la Real Hacienda en penurias, el Cabildo sujeto por
una voluntad más enérgica que la suya y un gobierno central a los tumbos.
Actuó como sus predecesores sujeto a una autoridad lejana y absoluta, sin
comprender que la suya emanaba de su prestigio en el vecindario y el apoyo
de los comerciantes del cabildo. Porque este jefe de patriotas era en el
fondo tan regalista como el fiscal Caspe y Rodríguez o el intendente
Francisco de Paula Sanz, y, a pesar de su larga residencia, veía las cosas
criollas con ojos europeos. Para peor los suyos eran franceses y no
españoles. Comprensiblemente estuvo del lado de Napoleón cuando España se
dividió en castizos y afrancesados, aunque después de Bailen hará
equilibrios para mantenerse en el cargo a la espera que los sucesos fueran
resolviéndose en la península. Se sintió débil, a pesar de su popularidad,
y debió disimular las faltas a la honradez administrativa de sus
partidarios —él, que era fundamentalmente honrado— para que éstos pasasen
sus flaquezas sentimentales. A sus pies bullía una revolución que no podía
comprender y fue prepotente con sus amigos y sumiso con sus enemigos para
afirmar una autoridad que se le escapaba.
Martín de Álzaga, el otro jefe, era lo opuesto a Liniers.
Seco, adusto, íntegro, indoblegable, sólo podían apreciarlo sus allegados
y no despertaba simpatías populares. Sin embargo, sus condiciones de jefe
eran excelentes: tenía "patriotismo" comprensión del momento y el medio,
energía, coraje, lealtad con los suyos y no le faltaba una buena dosis de
astucia política. Aunque a veces, como ocurre a los arrogantes, se dejaría
llevar por una excesiva confianza en sus condiciones y desprecio de las
del adversario, como le ocurrirá el 1 de enero de 1809. Esto habría sido
falta leve si hubiese tenido la arenilla dorada de un prestigio popular.
Como se sabía impopular, quiso ser el poder detrás del trono manejando las
cosas por medio del idolatrado Liniers. Esa unión del héroe aclamado de la
Fortaleza y la eminencia gris del Cabildo habría sido estable y rendido
excelentes frutos, si las cosas de Europa no hubiesen tomado el rumbo
imprevisto de 1808.
Tales los jefes. Francés el uno, español el otro, su
partido era el "patriota" amasado en las invasiones inglesas, y que venía
del tiempo de las Indias ligadas al Imperio español por la persona
simbólica del monarca. No era la facción de los criollos contra los
españoles: era de los arraigados contra los europeizantes, que no es la
misma cosa; aunque uno de sus jefes, Liniers —que no Álzaga— fuese más
europeizante que americano. Lo formaba la inmensa masa de la población,
desde los orilleros criollos hasta los tenderos peninsulares unidos al
suelo donde habían formado familia y tenían hijos. Se llamaban
patriotas porque su fidelidad era a la patria y al rey, la
misma de los comuneros, no al Estado y al rey como los
funcionarios. Por eso Contucci y los espías portugueses les dijeron
republicanos, de "república", municipio. Mostraron fidelidad a la
tierra y al rey en los congresos vecinales del 14 de agosto de 1806 y 10
de febrero de 1807, y por ella fueron a la Revolución de mayo de 1810.
Aunque no hubiesen ocurrido en España las cosas de 1808, y después las de
1814, lo mismo se habría llegado a la independencia porque el rey ya no
era en el siglo XIX el símbolo de la unión entre América y España.
Los
regalistas.
Formado por la mayor parte de los funcionarios, la
totalidad de las jerarquías eclesiásticas, parte de los oficiales
veteranos —todos los de Marina—, y algunas familias nativas más cercanas a
España que a la ciudad, los regalistas entendían la unidad española como
los ministros de Carlos III: por el predominio de una metrópoli sobre unas
colonias. Se sintieron lastimados por los congresos de 1806 y 1807 que
suspendieron y depusieron a Sobremonte; no tanto por afecto al virrey
cesante, sino por resistencia al principio comunero de poner la patria
antes que el representante del rey. Estuvieron con Fernando VII porque era
el poder legal, y con la junta o consejo que lo representase en España
porque lo importante era que el poder viniese de allí.
Los
ilustrados.
No deben confundirse los jóvenes "de luces" con los
patriotas, aunque con ellos estarían en 1810 y la historia al uso los
denomine de esta manera. La patria de los alumbrados no era la ciudad, ni
la nación: era una independencia a lo Miranda, puramente teórica, a
establecerse con apoyo de Inglaterra o por medio de Portugal (que también
era el apoyo inglés). Las intenciones de quienes atizaban esta
independencia no estaban al alcance de los jóvenes "ideólogos" que la
ansiaban para establecer el Estado perfecto de sus lecturas:
entidad política donde tendrían el gobierno por ser la clase ilustrada.
Que lo material quedase para los ingleses y la ocupación militar se
garantizase con los portugueses, no les importaba mucho porque en su mundo
roussoniano de cosas perfectas no cabían las malas intenciones.
Eran abogados jóvenes
como Castelli, el jefe del grupo, su primo Manuel Belgrano, secretario del
Consulado, industriales como Hipólito Vieytes, periodistas como Manuel
Aniceto Padilla, rentistas como los hermanos Rodríguez Peña y Antonio Luis
Beruti. Casi todos ricos por familia (Padilla era la excepción) que
acostumbraban leer los autores de la Ilustración como quien escruta en el
Libro de los Destinos el porvenir del mundo. Belgrano dirá más tarde
hablando de esta época: "Se apoderaron de mí las ideas de libertad,
igualdad y propiedad, y sólo veía tiranos a los que se oponían que el
hombre, fuese donde fuese, no disfrutare de unos derechos que Dios y la
naturaleza le habían concedido, y las sociedades acordado en su
establecimiento". Se llamaban a sí mismos los hombres de las luces y de
los principios. Las luces eran "las luces del siglo" que iluminaron en el
XVIII las postrimerías del antiguo régimen y retractaron por reflejo
oblicuo en los alumbrados madrileños de los últimos Carlos, para
prolongarse más tarde en las reverberaciones de las cortes gaditanas de
1810. Los alumbrados criollos esperaban todo de una Ciencia escrita con
mayúscula; los principios eran la Ciencia de la política y tenían
su nombre mágico de alquimia: se llamaba Constitución y
haría la felicidad de los pueblos y los hombres.
Los jóvenes de
"luces" eran hijos de los regalistas de Carlos III, solamente que por
progresistas (ya se empezaba a usar la palabra) habían llevado al
extremo el desapego a lo español de sus padres. Su "Revolución" se
proponía acabar con las costumbres, modalidades y tradiciones criollas de
raíz hispánica que despreciaban por oscurantistas y atrasadas. En
la jerarquía de luminarias había sus gradaciones: desde Saturnino
Rodríguez Peña o Manuel Aniceto Padilla que hacían fugar a Beresford para
ayudar a la "independencia"; hasta Manuel Belgrano, neutral durante la
ocupación inglesa y la resistencia nativa en el retiro de su estancia en
Mercedes, pasando por Castelli y Vieytes, que anduvieron en tratos con los
británicos.

"La patria de los jóvenes alumbrados no era la ciudad
ni la nación: era el Estado perfecto de sus lecturas de Rousseau donde
tendrían el manejo político a título de poseer las luces del siglo. Que la
independencia se garantizase por los ingleses y éstos se quedaran en
retribución con la parte material, no les importaba porque en su mundo
perfecto no cabían las malas intenciones”
Los alumbrados, cuyo sitio obligado de reunión era
el café de Marcos (Bolívar y Alsina), se creían revolucionarios
porque anhelaban una sociedad perfecta a lo Rousseau. Se manejaban entre
nubes y no advertían que ayudaban a un coloniaje peor que el español.
Ideas
económicas.
Los patriotas del interior, donde sobrevivía el antiguo
espíritu de las "repúblicas" indianas, en esos años de mercantilismo
defendieron la industria territorial contra la competencia española (más
tarde lo harían contra la inglesa). Los del puerto no estaban interesados
en esa defensa porque sus industrias eran pobres y la base de su
producción eran las faenas rurales; sin embargo, estuvieron contra el
librecambio para mantener la unidad política que colocaba encima do las
patrias locales la Patria Grande concebida como una federación de
municipios americanos.
Así Liniers aceptó la
propuesta de Coutinho de un tratado de comercio rioplatense-lusitano,
siempre que "no llegasen mercaderías elaboradas"; aunque el librecambio
beneficiaba a los comerciantes y hacendados porteños.
Los regalistas se apoyaban en el mercantilismo favorable a
la península. Los alumbrados eran librecambistas en economía por liberales
y "progresistas", ya que Adam Smith era la última palabra de la Ciencia.
Apoyos
militares.
Con los patriotas estaba toda la tropa y casi toda la
oficialidad de las milicias porteñas; también los blandengues y dragones
nacidos en el país. Los otros regimientos dé línea eran el apoyo de los
regalistas; sobre todo el Fijo de reclutados en Galicia (de allí
que se llamara gallegos a los de este partido) y los oficiales de
marina que tomarían unánimemente campo por España en la revolución
próxima. No había regalistas en las milicias urbanas, ni siquiera en los
tercios "españoles". Pero en el interior donde el prestigio de algunos
funcionarios fue grande (Sobremonte en Córdoba, Sanz en Potosí), hubo
milicianos que pertenecieron a esta facción.
Los años
posteriores.
Patriotas, regalistas y
alumbrados tenían importancia y prestigio desigual en el Buenos
Aires de 1808. Los primeros contaban más. Pero en 1808 sus jefes tomaron
rumbos diferentes: Liniers por simpatías bonapartistas se inclinó del lado
francés, hasta que la noticia de Bailen —llegada en octubre— le hizo
modificar prudentemente el rumbo y quedarse a la espera que los imperiales
terminasen con la resistencia popular de la península y le permitieran
jurar a José I sin riesgo. Álzaga tomó una actitud fernandista ortodoxa
que naturalmente chocó con la del virrey. Como el prestigio popular de
éste, aunque no tan firme como en 1806, era todavía fuerte, sus
admiradores vieron causas personales en esta oposición política y
estuvieron con Liniers sin preguntarse si el virrey estaba con la "patria"
o con Napoleón. Los seguidores de Álzaga fueron sus amigos personales, el
cabildo, donde su influencia era absoluta, el consulado y la parte más
rica y espectable de la ciudad —los tenderos y sus dependientes y
familias—. Los llamaron sarracenos o godos aunque no todos
fueran españoles, pero casi todos tenían inmediato al antepasado
peninsular en una sociedad de aluvión como la porteña donde los
inmigrantes eran quienes más prosperaban, Aunque arraigados
definitivamente, tenían en su contra la hostilidad de los hijos caballeros
—y con más razón de los nietos pordioseros— de los padres mercaderes. En
la contradicción entre criollos y sarracenos había mucho de una oposición
entre desposeídos y poseedores; tan fuerte que llevaría a aquéllos a
ponerse contra el cabildo —¡la "patria" misma!— para defender al virrey
afrancesado en la jornada del 1 de enero de 1809.
Con los "sarracenos" estuvieron los tercios de catalanes,
en su totalidad, los vizcaínos y gallegos en mayoría, gran parte de los
artilleros de la Unión y alguna porción de patricios que
seguían al segundo jefe, Esteban Romero. Su lugar obligado de reunión era
el café de Catalanes, en cruz con la iglesia de la Merced.
Con los "criollos" quedaron los demás cuerpos urbanos:
totalidad de arribeños y húsares, mayoría de patricios,
granaderos, montañeses y andaluces, y una parte de la
Unión que siguió a su prestigioso jefe, Esteve y Llac. Entre las
tropas veteranas, lo blandengues fueron exclusivamente criollos.
Sus puntos de reunión estaban en toda la ciudad, pero especialmente en el
cuartel de Patricios que era, como todos los cuarteles, el "club" de
esparcimiento dominical de sus integrantes.
El 1 de enero los regalistas se pusieron al lado de
los criollos en la defensa del virrey afrancesado. La audiencia y el
obispo lo hicieron más por la institución virreinal que por la persona de
Liniers, pero se opusieron con denuedo al republicanismo de los
sarracenos que querían "junta como en España". Era lo lógico; como es
comprensible que los criollos empobrecidos defendieran a su ídolo contra
los sarracenos de la calle de las tiendas. Los "jóvenes de las
luces", comprensiblemente despistados y embarcados en la aventura del
carlotismo no estuvieron con unos ni con otros; soñaban en traer la
Ilustración" con la princesa lusitana apoyada en los buques de sir Sydney
Smith y no les interesaban las rencillas de campanario. Si más tarde
incitaron a Liniers a resistir al nuevo virrey fue para favorecer el juego
de la corte de Río de Janeiro.
Con Cisneros las cosas se decantan. Liniers y Álzaga
desaparecen del primer plano: aquél se retira a Córdoba para olvidarse que
una vez fue jefe inconsciente de los patriotas y morir en
Cabeza del Tigre junto a los regalistas amigos de
Sobremonte; Álzaga se irá a la vida privada, para ser fusilado pocos años
después, tras una oscura intriga donde hubo tanto de bajas pasiones como
de temor a su resurgimiento. Los sarracenos se dividen: una parte
con Incháurregui, Matheu y Larrea (a quienes sigue Mariano Moreno), estará
con la Revolución; otra, con Elío, se le opondrá desde Montevideo. Los
patriotas conducidos por Saavedra (Martín Rodríguez, Viamonte,
Balcarce, Díaz Vélez), después de acercarse al "carlotismo" sin mayor
entusiasmo, acabarán integrados con los jóvenes de luces (Castelli,
Belgrano, Vieytes, Rodríguez Peña, Beruti, French, a quienes se habla
sumado Pueyrredón desde lejos) y algunos sarracenos (Larrea,
Matheu) en el partido de la Revolución. |