José MARÍA
RoSA

Los Últimos Años Españoles

HISTORIA
ARGENTINA

Crisis española
de 1808


Tendencias
políticas en
Buenos Aires


Virreinato de
Liniers


Situación de
España en
1809-1810


El carlotismo


Sublevaciones
del Alto Perú


 Resistencia
a Cisneros


Apertura del
puerto de
Buenos Aires


Los últimos
días


La Revolución


Historia


 

TENDENCIAS POLÍTICAS EN BUENOS AIRES

Las tendencias políticas.

El período que va de la derrota de los ingleses en julio de 1807 a la Revolución de mayo de 1810 es complejo y aparentemente confuso como en toda época prerrevolucionaria. El orden fundamental, español, herido de muerte desde el tratado de Utrecht de 1713, se derrumbará en un proceso acelerado por las invasiones de 1806 y la tremenda crisis de la metrópoli de 1808. Nace un orden nuevo que escapará —como siempre ocurre— a las previsiones de todos; aun las de aquellos que anhelaban una "independencia" más o menos protegida por Inglaterra. Surge una nacionalidad que estaba subyacente en el pueblo y en los municipios, cuando los jóvenes seguidores de Miranda imaginaban un Estado con constituciones a lo Montesquieu o Hamilton, libertad de comercio a lo Adam Smith y, por supuesto, privilegio de la "clase racional" a lo Rousseau.

Las tendencias políticas en Buenos Aires, por ser la capital —en ese momento nunca más cabeza—, como por haber sido el teatro de la lucha con los invasores y serlo en breve de la Revolución de Mayo, encontraban su eco en el interior, en apariencia más tranquilo pero no menos vigoroso en sus sentimientos. Pero, fuera de algunos funcionarios, clérigos jóvenes y letrados en correspondencia con el puerto, el interior —Montevideo, Córdoba y las ciudades altoperuanas aparte— "no era político". Esa ausencia de "doctrinas" habría de permitirle, después, el papel decisivo de representar la realidad argentina.

El partido "patriota".

Volviendo a Buenos Aires. Tenemos en 1808 el gran partido de la Reconquista y la Defensa que se llamaba a sí mismo patriota (de "patria", ciudad), integrado sin distinciones de clase: unanimidad entre los "inferiores" y mayoría en los "principales". Todas las milicias urbanas, desde el último tambor al comandante, pertenecían a él por haber sido formadas precisamente en el rapto de entusiasmo patriótico siguiente a la Reconquista. Sus jefes indiscutidos eran Liniers y Álzaga. El carácter abierto, dócil, simpático, y sobre todo el prestigio que le daba su figuración en la Reconquista —que consiguió sobrevivir a la deplorable Defensa— habían hecho del primero el héroe popular y a ese título ocupaba la Fortaleza como virrey interino. Nada más lejos de un auténtico caudillo que Liniers: no era un "conductor" que interpretase a los conducidos con sus palabras, actos y gestos; no tenía fortaleza de espíritu, comprensión del medio, ni seguridad de acción, aunque a veces acertase a mostrar astucia como el 1 de enero de 1809. Era un hombre común a quien circunstancias imprevistas pusieron en un cargo que nunca había imaginado; allí estuvo a merced de sudestadas más temibles, corrientes más encontradas, olas más rompientes, que las conocidas en sus andanzas de marino fluvial sin la baquía para eludir los bancos traicioneros y acertar con los canales navegables. No había sido ambicioso, pero asombrado de su vertiginosa ascensión no supo escapar a la vanidad de quienes ocupan un lugar que no esperaron; tuvo las desconfianzas de los que se han visto elevados por un golpe de suerte y suponen que otro los reducirá a la nada. Era un héroe y no un político. Si le hubiese tocado un tiempo apacible, habría desenvuelto, a pesar de sus flaquezas humanas y el constante desacierto en la elección de sus colaboradores, una administración paternalista y honrada; tenía sobre sus predecesores la ventaja de una popularidad aún mayor que la de don Pedro de Cevallos. Pero gobernó en años turbulentos, con la Real Hacienda en penurias, el Cabildo sujeto por una voluntad más enérgica que la suya y un gobierno central a los tumbos. Actuó como sus predecesores sujeto a una autoridad lejana y absoluta, sin comprender que la suya emanaba de su prestigio en el vecindario y el apoyo de los comerciantes del cabildo. Porque este jefe de patriotas era en el fondo tan regalista como el fiscal Caspe y Rodríguez o el intendente Francisco de Paula Sanz, y, a pesar de su larga residencia, veía las cosas criollas con ojos europeos. Para peor los suyos eran franceses y no españoles. Comprensiblemente estuvo del lado de Napoleón cuando España se dividió en castizos y afrancesados, aunque después de Bailen hará equilibrios para mantenerse en el cargo a la espera que los sucesos fueran resolviéndose en la península. Se sintió débil, a pesar de su popularidad, y debió disimular las faltas a la honradez administrativa de sus partidarios —él, que era fundamentalmente honrado— para que éstos pasasen sus flaquezas sentimentales. A sus pies bullía una revolución que no podía comprender y fue prepotente con sus amigos y sumiso con sus enemigos para afirmar una autoridad que se le escapaba.

Martín de Álzaga, el otro jefe, era lo opuesto a Liniers. Seco, adusto, íntegro, indoblegable, sólo podían apreciarlo sus allegados y no despertaba simpatías populares. Sin embargo, sus condiciones de jefe eran excelentes: tenía "patriotismo" comprensión del momento y el medio, energía, coraje, lealtad con los suyos y no le faltaba una buena dosis de astucia política. Aunque a veces, como ocurre a los arrogantes, se dejaría llevar por una excesiva confianza en sus condiciones y desprecio de las del adversario, como le ocurrirá el 1 de enero de 1809. Esto habría sido falta leve si hubiese tenido la arenilla dorada de un prestigio popular. Como se sabía impopular, quiso ser el poder detrás del trono manejando las cosas por medio del idolatrado Liniers. Esa unión del héroe aclamado de la Fortaleza y la eminencia gris del Cabildo habría sido estable y rendido excelentes frutos, si las cosas de Europa no hubiesen tomado el rumbo imprevisto de 1808.

Tales los jefes. Francés el uno, español el otro, su partido era el "patriota" amasado en las invasiones inglesas, y que venía del tiempo de las Indias ligadas al Imperio español por la persona simbólica del monarca. No era la facción de los criollos contra los españoles: era de los arraigados contra los europeizantes, que no es la misma cosa; aunque uno de sus jefes, Liniers —que no Álzaga— fuese más europeizante que americano. Lo formaba la inmensa masa de la población, desde los orilleros criollos hasta los tenderos peninsulares unidos al suelo donde habían formado familia y tenían hijos. Se llamaban patriotas porque su fidelidad era a la patria y al rey, la misma de los comuneros, no al Estado y al rey como los funcionarios. Por eso Contucci y los espías portugueses les dijeron republicanos, de "república", municipio. Mostraron fidelidad a la tierra y al rey en los congresos vecinales del 14 de agosto de 1806 y 10 de febrero de 1807, y por ella fueron a la Revolución de mayo de 1810. Aunque no hubiesen ocurrido en España las cosas de 1808, y después las de 1814, lo mismo se habría llegado a la independencia porque el rey ya no era en el siglo XIX el símbolo de la unión entre América y España. 

Los regalistas.

Formado por la mayor parte de los funcionarios, la totalidad de las jerarquías eclesiásticas, parte de los oficiales veteranos —todos los de Marina—, y algunas familias nativas más cercanas a España que a la ciudad, los regalistas entendían la unidad española como los ministros de Carlos III: por el predominio de una metrópoli sobre unas colonias. Se sintieron lastimados por los congresos de 1806 y 1807 que suspendieron y depusieron a Sobremonte; no tanto por afecto al virrey cesante, sino por resistencia al principio comunero de poner la patria antes que el representante del rey. Estuvieron con Fernando VII porque era el poder legal, y con la junta o consejo que lo representase en España porque lo importante era que el poder viniese de allí.

Los ilustrados.

No deben confundirse los jóvenes "de luces" con los patriotas, aunque con ellos estarían en 1810 y la historia al uso los denomine de esta manera. La patria de los alumbrados no era la ciudad, ni la nación: era una independencia a lo Miranda, puramente teórica, a establecerse con apoyo de Inglaterra o por medio de Portugal (que también era el apoyo inglés). Las intenciones de quienes atizaban esta independencia no estaban al alcance de los jóvenes "ideólogos" que la ansiaban para establecer el Estado perfecto de sus lecturas: entidad política donde tendrían el gobierno por ser la clase ilustrada. Que lo material quedase para los ingleses y la ocupación militar se garantizase con los portugueses, no les importaba mucho porque en su mundo roussoniano de cosas perfectas no cabían las malas intenciones.

Eran abogados jóvenes como Castelli, el jefe del grupo, su primo Manuel Belgrano, secretario del Consulado, industriales como Hipólito Vieytes, periodistas como Manuel Aniceto Padilla, rentistas como los hermanos Rodríguez Peña y Antonio Luis Beruti. Casi todos ricos por familia (Padilla era la excepción) que acostumbraban leer los autores de la Ilustración como quien escruta en el Libro de los Destinos el porvenir del mundo. Belgrano dirá más tarde hablando de esta época: "Se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad y propiedad, y sólo veía tiranos a los que se oponían que el hombre, fuese donde fuese, no disfrutare de unos derechos que Dios y la naturaleza le habían concedido, y las sociedades acordado en su establecimiento". Se llamaban a sí mismos los hombres de las luces y de los principios. Las luces eran "las luces del siglo" que iluminaron en el XVIII las postrimerías del antiguo régimen y retractaron por reflejo oblicuo en los alumbrados madrileños de los últimos Carlos, para prolongarse más tarde en las reverberaciones de las cortes gaditanas de 1810. Los alumbrados criollos esperaban todo de una Ciencia escrita con mayúscula; los principios eran la Ciencia de la política y tenían su nombre mágico de alquimia: se llamaba Constitución y haría la felicidad de los pueblos y los hombres.

Los jóvenes de "luces" eran hijos de los regalistas de Carlos III, solamente que por progresistas (ya se empezaba a usar la palabra) habían llevado al extremo el desapego a lo español de sus padres. Su "Revolución" se proponía acabar con las costumbres, modalidades y tradiciones criollas de raíz hispánica que despreciaban por oscurantistas y atrasadas. En la jerarquía de luminarias había sus gradaciones: desde Saturnino Rodríguez Peña o Manuel Aniceto Padilla que hacían fugar a Beresford para ayudar a la "independencia"; hasta Manuel Belgrano, neutral durante la ocupación inglesa y la resistencia nativa en el retiro de su estancia en Mercedes, pasando por Castelli y Vieytes, que anduvieron en tratos con los británicos.

"La patria de los jóvenes alumbrados no era la ciudad ni la nación: era el Estado perfecto de sus lecturas de Rousseau donde tendrían el manejo político a título de poseer las luces del siglo. Que la independencia se garantizase por los ingleses y éstos se quedaran en retribución con la parte material, no les importaba porque en su mundo perfecto no cabían las malas intenciones”

Los alumbrados, cuyo sitio obligado de reunión era el café de Marcos (Bolívar y Alsina), se creían revolucionarios porque anhelaban una sociedad perfecta a lo Rousseau. Se manejaban entre nubes y no advertían que ayudaban a un coloniaje peor que el español.

Ideas económicas.

Los patriotas del interior, donde sobrevivía el antiguo espíritu de las "repúblicas" indianas, en esos años de mercantilismo defendieron la industria territorial contra la competencia española (más tarde lo harían contra la inglesa). Los del puerto no estaban interesados en esa defensa porque sus industrias eran pobres y la base de su producción eran las faenas rurales; sin embargo, estuvieron contra el librecambio para mantener la unidad política que colocaba encima do las patrias locales la Patria Grande concebida como una federación de municipios americanos.

Así Liniers aceptó la propuesta de Coutinho de un tratado de comercio rioplatense-lusitano, siempre que "no llegasen mercaderías elaboradas"; aunque el librecambio beneficiaba a los comerciantes y hacendados porteños.

Los regalistas se apoyaban en el mercantilismo favorable a la península. Los alumbrados eran librecambistas en economía por liberales y "progresistas", ya que Adam Smith era la última palabra de la Ciencia.

Apoyos militares.

Con los patriotas estaba toda la tropa y casi toda la oficialidad de las milicias porteñas; también los blandengues y dragones nacidos en el país. Los otros regimientos dé línea eran el apoyo de los regalistas; sobre todo el Fijo de reclutados en Galicia (de allí que se llamara gallegos a los de este partido) y los oficiales de marina que tomarían unánimemente campo por España en la revolución próxima. No había regalistas en las milicias urbanas, ni siquiera en los tercios "españoles". Pero en el interior donde el prestigio de algunos funcionarios fue grande (Sobremonte en Córdoba, Sanz en Potosí), hubo milicianos que pertenecieron a esta facción.

Los años posteriores.

Patriotas, regalistas y alumbrados tenían importancia y prestigio desigual en el Buenos Aires de 1808. Los primeros contaban más. Pero en 1808 sus jefes tomaron rumbos diferentes: Liniers por simpatías bonapartistas se inclinó del lado francés, hasta que la noticia de Bailen —llegada en octubre— le hizo modificar prudentemente el rumbo y quedarse a la espera que los imperiales terminasen con la resistencia popular de la península y le permitieran jurar a José I sin riesgo. Álzaga tomó una actitud fernandista ortodoxa que naturalmente chocó con la del virrey. Como el prestigio popular de éste, aunque no tan firme como en 1806, era todavía fuerte, sus admiradores vieron causas personales en esta oposición política y estuvieron con Liniers sin preguntarse si el virrey estaba con la "patria" o con Napoleón. Los seguidores de Álzaga fueron sus amigos personales, el cabildo, donde su influencia era absoluta, el consulado y la parte más rica y espectable de la ciudad —los tenderos y sus dependientes y familias—. Los llamaron sarracenos o godos aunque no todos fueran españoles, pero casi todos tenían inmediato al antepasado peninsular en una sociedad de aluvión como la porteña donde los inmigrantes eran quienes más prosperaban, Aunque arraigados definitivamente, tenían en su contra la hostilidad de los hijos caballeros —y con más razón de los nietos pordioseros— de los padres mercaderes. En la contradicción entre criollos y sarracenos había mucho de una oposición entre desposeídos y poseedores; tan fuerte que llevaría a aquéllos a ponerse contra el cabildo —¡la "patria" misma!— para defender al virrey afrancesado en la jornada del 1 de enero de 1809.

Con los "sarracenos" estuvieron los tercios de catalanes, en su totalidad, los vizcaínos y gallegos en mayoría, gran parte de los artilleros de la Unión y alguna porción de patricios que seguían al segundo jefe, Esteban Romero. Su lugar obligado de reunión era el café de Catalanes, en cruz con la iglesia de la Merced.

Con los "criollos" quedaron los demás cuerpos urbanos: totalidad de arribeños y húsares, mayoría de patricios, granaderos, montañeses y andaluces, y una parte de la Unión que siguió a su prestigioso jefe, Esteve y Llac. Entre las tropas veteranas, lo blandengues fueron exclusivamente criollos. Sus puntos de reunión estaban en toda la ciudad, pero especialmente en el cuartel de Patricios que era, como todos los cuarteles, el "club" de esparcimiento dominical de sus integrantes.

El 1 de enero los regalistas se pusieron al lado de los criollos en la defensa del virrey afrancesado. La audiencia y el obispo lo hicieron más por la institución virreinal que por la persona de Liniers, pero se opusieron con denuedo al republicanismo de los sarracenos que querían "junta como en España". Era lo lógico; como es comprensible que los criollos empobrecidos defendieran a su ídolo contra los sarracenos de la calle de las tiendas. Los "jóvenes de las luces", comprensiblemente despistados y embarcados en la aventura del carlotismo no estuvieron con unos ni con otros; soñaban en traer la Ilustración" con la princesa lusitana apoyada en los buques de sir Sydney Smith y no les interesaban las rencillas de campanario. Si más tarde incitaron a Liniers a resistir al nuevo virrey fue para favorecer el juego de la corte de Río de Janeiro.

Con Cisneros las cosas se decantan. Liniers y Álzaga desaparecen del primer plano: aquél se retira a Córdoba para olvidarse que una vez fue jefe inconsciente de los patriotas y morir en Cabeza del Tigre junto a los regalistas amigos de Sobremonte; Álzaga se irá a la vida privada, para ser fusilado pocos años después, tras una oscura intriga donde hubo tanto de bajas pasiones como de temor a su resurgimiento. Los sarracenos se dividen: una parte con Incháurregui, Matheu y Larrea (a quienes sigue Mariano Moreno), estará con la Revolución; otra, con Elío, se le opondrá desde Montevideo. Los patriotas conducidos por Saavedra (Martín Rodríguez, Viamonte, Balcarce, Díaz Vélez), después de acercarse al "carlotismo" sin mayor entusiasmo, acabarán integrados con los jóvenes de luces (Castelli, Belgrano, Vieytes, Rodríguez Peña, Beruti, French, a quienes se habla sumado Pueyrredón desde lejos) y algunos sarracenos (Larrea, Matheu) en el partido de la Revolución.


 

02/12/2011

www.faggella.com

20/09/2012