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SUBLEVACIONES DEL ALTO PERÚ
La ciudad de los pleitos.
Charcas, Chuquisaca o La Plata, la ciudad de los tres
nombres y la triple corona de su audiencia real, catedral metropolitana y
universidad Mayor (ya hemos dicho que, rigurosamente, "Charcas" era la
provincia, "Chuquisaca" la ciudad y "La Plata" la arquidiócesis), era para
Concolorcorvo la "más hermosa y bien plantada de todo el virreinato". Pero
su existencia transcurría a la vez grave y revuelta como toda población de
funcionarios, canónigos, abogados y estudiantes. Desde la "cámara" de la
Real Carolina Academia donde esperaban los doctores opinantes la
réplica de los doctores patrocinantes en las graves materias del
utrosque jure, al coro de canónigos de la catedral resentidos con el
arzobispo por prebendas y preeminencias, pasando por los claustros de la
Universidad de San Francisco Javier donde los estudiantes se adiestraban
en la vida tribunalicia o eclesiástica con disputas sobre las Partidas del
Rey Sabio o la Suma Teología del Doctor Angélico, las antesalas de la
Residencia donde llegaban todos los chismes del Alto Perú y morían los
ecos de la corte matritense, o el palacio de la Audiencia en cuyos
corredores los litigantes acumulaban despechos y en sus estrados los
oidores cultivaban en su aburrimiento magistral un rencor perdurable a
colegas, tribunal y ciudad entera; sin contar el Gran Poder del
Santo Oficio, resumidero y semillero de las intrigas pequeñas y grandes
que eran el único entretenimiento de la ciudad fundada en 1538 por el
capitán Pedro Anzulez para cabecera de los reinos del Perú, todo era allí
enemistades, celos, rencillas y disputas. Es que Charcas era una
frustración: creada para capital se quedaría siempre en segundona: debió
ceder a Lima el inmenso reino del Perú, y dejar paso a Buenos
Aires en el virreinato del Río de la Plata (la fatalidad seguiría al
anteponérsele La Paz en la República de Bolivia).
De todos los rencores de la ciudad suplantada, dos
trascendían en 1808. La oposición de los oidores al presidente —Don Ramón
García de León Pizarro Madrigal y Ruiz de Torres, marqués de Casa Pizarro
y vizconde de Nueva Orán, caballero del hábito de Calatrava y Gran Cruz de
Isabel la Católica—, que lleno de años y méritos (cuando intendente de
Salta en 1794 fundó la ciudad de Orán) no conseguía que sus subalternos le
disimularan los caprichos de su edad avanzada. Y la enemiga que los
valetudinarios canónigos de la catedral e indisciplinados estudiantes de
San Francisco Javier, acostumbrados a la bondadosa tolerancia del
fallecido arzobispo San Alberto, tenían por su culto y joven sucesor el
benedictino catalán Benito María de Moxó y Francolí que se proponía poner
algo de orden donde siempre cada uno hizo lo que le dio en gana. Las
parcialidades de la Residencia y la catedral habían trascendido a toda la
vida chuquisaqueña, y producido alianzas y repulsas. Con el presidente
estaba el arzobispo y el cabildo secular; contra ellos, en una oposición
sorda y amenazadora, los canónigos, oidores y estudiantes.
El silogismo de Chuquisaca
(setiembre de 1808).
A este ambiente propicio, llegaron los pliegos de Juan
Manuel Goyeneche, brigadier general de Sevilla y delegado de su Junta
“Suprema" para tramitar se la reconociese. Bastó que García Pizarro
quisiera hacerlo, para que el "acuerdo" se pronunciase negativamente el 23
de setiembre (de 1808). No solamente no se reconocía a esa Junta "Suprema"
sino que la audiencia reservaba para no alarmar al vecindario las graves
noticias de la situación española informadas por Goyeneche. Aprovechará el
arzobispo la ocasión de molestar a los oidores y anuncia desde el pulpito
las tristes verdades de Bayona; sigue un desmentido de la audiencia
sosteniendo que en España se vivía en el mejor de los mundos. Replica el
arzobispo con rogativas y procesiones por la salvación del reino y la
familia real. No puede la audiencia sostener más la ficción, y el debate
se traslada a la universidad: "¿Debe seguirse la suerte de España o
resistir en América a los extranjeros?" será la proposición discutida
en San Francisco Javier, aprobándose por unanimidad lo que desde entonces
se llamaría el silogismo de Chuquisaca:
Premisa mayor: "Las Indias son
un dominio personal del rey y no de España".
Premisa menor: "El
rey está impedido de reinar".
Conclusión: "Luego las Indias
deben gobernarse a sí mismas desentendiéndose de España".
Goyeneche en Charcas
(noviembre).
El 11 de noviembre llegó Goyeneche a la ciudad, alojándose
en la morada del arzobispo; trae la "Justa Reclamación" y los
"Manifiestos" de Carlota que le habían entusiasmado en Buenos Aires, y que
hace partícipes al prelado y al presidente. García Pizarro cita a
sesión solemne y pública al "Real acuerdo" para recibir al delegado, oír
de su boca lo ocurrido en España y enterarse de las últimas novedades. Es
una sesión grandiosa: García Pizarro luce sus condecoraciones, Goyeneche
los entorchados ganados en la antesala del Alcázar de Sevilla, el
arzobispo los ornamentos de su jerarquía y los regidores los trajes de
seda negra y varas de plata de su cargo. Habla Goyeneche de los sucesos de
España, invoca el patriotismo de los oidores y propone se revea el
desconocimiento de la Junta. El anciano regente Antonio Boeto le pide las
credenciales de su delegación, y Goyeneche —contagiado del ambiente de la
ciudad— lo toma por ofensa y contesta en forma destemplada. No se queda
corto el regente y lo llama aventurero audaz y general de cartón.
El tumulto se hace mayúsculo, y el acto solemne termina a los capazos.
Días después Boeto muere afectado por la violencia del incidente.
La gresca en la sala de honor trasciende a toda la ciudad:
"¡El delegado quiere entregarnos a los portugueses!" se comenta en
todos los corrillos, y el arzobispo aconseja a Goyeneche se tome el
portante y siga a Lima, destino final de su viaje. Como el carlotismo
de Goyeneche se ha sabido en todo el Alto Perú, el delegado evita ir por
Cochabamba o La Paz y endereza al solitario camino de Antofagasta a través
de la cordillera.
Vísperas revolucionarias.
En enero llegan oficialmente las reclamaciones y
manifiestos de Carlota. El claustro de la Universidad, contra la opinión
del arzobispo, se pronuncia por su rechazo con una afirmación de lealtad a
Fernando que resulta una deslealtad a Moxó. El documento, avalado por
noventa firmas de profesores, estudiantes y egresados, es tan agraviante
para la Infanta y sus sostenedores, que Liniers lo devolverá para que se
suavicen las expresiones; tarea que García Pizarro hace con tanto celo que
convertirá la rotunda negativa en un trivial acuse de recibo. La
modificación trasciende, y la ciudad se convierte en un infierno; los
canónigos no van al coro y desobedecen con pretextos al arzobispo; los
oidores hacen el vacío al presidente; los estudiantes recorren las calles
clamando contra García Pizarro, Moxó, Goyeneche y Carlota. El arzobispo
informa a Liniers y pide ayuda al vecino intendente de Potosí, Francisco
de Paula Sanz, que llega el 30 de abril; como vuelve enseguida a Potosí
los chuquisaqueños suponen que traerá tropas. La audiencia forma el 20 de
mayo una "Junta de Oidores" para suplantar a Paula Sanz; el arzobispo
incita al cabildo secular que declare el 21 su disconformidad con la
audiencia, y eso da pie para que García Pizarro detenga a tres oidores
(Zudáñez, Usoz y Vásquez Ballesteros) y al fiscal (López Andreu) por la
guarnición local, y pida al delegado en Yamparáez —Juan Antonio Álvarez de
Arenales— que le reclute gente. Los oidores y el fiscal consiguen escapar,
pero Zudáñez queda encerrado en el palacio del arzobispo.
El 25 de mayo de 1809.
Pero Arenales se pronuncia por la "Junta de Oidores",
mientras los estudiantes —impulsados por el joven tucumano Bernardo de
Monteagudo— levantan al pueblo contra la entrega a los portugueses.
A las 7 de la mañana del 25 de mayo la plaza Mayor se llena de gente; los
canónigos echan a vuelo las campanas de la catedral a cuyo repique hacen
eco todas las iglesias; la multitud exige la libertad de Zudáñez, que
García Pizarro, ante el cariz que toman las cosas, se ve obligado a
conceder. Alguien dice que también está preso en el palacio del arzobispo
el fiscal López Andreu, y la gente enardecida ataca el palacio y se lleva
a Moxó: "El populacho embriagado —escribe el asesor de Potosí Vicente
Cañete— arrebató al prelado con sacrílega insolencia, llevándole por las
calles como una nave fluctuante entre encontradas marejadas, para que
entregase al fiscal", quo no podía conceder porque López Andreu se había
escondido en otro punto. Se obliga al arzobispo a pedir que se retiren los
cañones de la Presidencia, que García Pizarro cumple; Moxó explicará,
luego, que debió ceder para que no se pensase quería "avasallar al pueblo
y proclamar a la Señora princesa del Brasil". La muchedumbre aboca los
cañones al Cuartel de Guardia y exige le entreguen armas; el comandante
contesta con una descarga, pero acaba por ceder pues los tumultuosos se
apoderan de García Pizarro y lo tienen de rehén junto a Moxó. Al día
siguiente la "Junta de Oidores" depone al presidente por traidor a la
patria y se hace cargo del gobierno mientras el cabildo eclesiástico
toma posesión de la arquidiócesis. A poco los oidores, temerosos de las
proporciones que va tomando el conflicto, resignan el gobierno en una
Junta formada por Arenales, Ramón Abecia y otros militares. Paula Sanz,
desde Potosí, se acerca al frente de sus tropas, pero la audiencia emite
una orden sobrecartada (sellada con el sello real, y por lo tanto
obligatoria como emanada del mismo rey), ordenándole retroceder. El
intendente de Potosí consulta a Buenos Aires, y mientras tanto regresa a
su provincia. A su vez, Arenales —comandante general y gobernador de armas
de la Junta-organiza la defensa: moviliza e instruye a todos los hombres
aptos para las armas y en poco tiempo reúne un ejército de 1.300
milicianos. Salen delegados: Mariano Michel va a La Paz, Bernardo de
Monteagudo a Potosí.
La noticia de los
tumultos de Charcas llega a Buenos Aires el 19 de junio, precisamente
cuando Cisneros arribaba a Montevideo. Si no par-riesen de signos
completamente opuestos (revolución nacionalista en el Alto Perú,
revolución carlotista en Buenos Aires), hubiese más decisión en los
comandantes porteños y menos conformismo en Liniers, se habría resistido a
Cisneros y apoyado a Charcas, cuya conmoción se expandía a La Paz y al
Alto Perú entero, y la Revolución de la independencia se habría iniciado
en 1809.
En La Paz.
La Paz, en el abrupto horizonte del Illimani al norte del
Alto Perú y cerca del río Desaguadero, había sido siempre —pese a su
nombre— un foco de subversiones. Más poblada que Charcas (y también que
Potosí), los indios y mestizos formaban la mayoría de sus habitantes. En
1780 el gran incendio de Cuzco a Jujuy que luego acaudillaría Tupac-Amaru,
tuvo su chispa en la sublevación del gremio de viajantes de La Paz.
A principios de 1805
llegaron a La Paz, desde Buenos Aires, falsas pero proféticas noticias
"que en el día no había rey, en Madrid no habían querido coronar al
Príncipe y andaba aquello todo revuelto". Se ignora el origen de los
rumores, que también corrieron en Cuzco. En la plaza se fijaron pasquines:
"La América va a reventar... rey no tenemos, la comisión cesa... Europa no
mandará a América sus gobiernos; los pechos se acabarán, la fe
persistirá". Se denunció a Tomás Rodríguez Palma, Pedro Domingo Murillo y
otros de tramar la revolución para deponer al intendente Burgunyo "porque
el que le había dado el gobierno estaba muerto (Carlos IV), y debía
suspendérselo del estado hasta la coronación del nuevo Rey que estaba en
disputa", diría Palma en su declaración. De la investigación resultó que
los complotados, con vinculaciones en el Cuzco, querían establecer una
"confederación de repúblicas municipales independientes". Palma, que
confesó, fue condenado a destierro perpetuo; Murillo, que negó, debió ser
absuelto. Los testigos dijeron que los revolucionarios se proponían
"rehabilitar la raza" (los dos jefes eran mestizos).
En 1808, al
recibirse las noticias de Bayona, hubo otra tentativa encabezada por el
navarro Juan Pedro Indaburu. El jueves santo 30 de marzo de 1809 fracasó
un nuevo complot de Indaburu y Manuel Vicente García Lanza que creían
contar con el cabildo, y estaban en correspondencia con Álzaga y Elío.

Se lo considera el "Padre de la revolución
boliviana"
El 8 de julio llega a La Paz el delegado de la Junta de
Gobierno de Charcas, Mariano Michel. Inicia gestiones para que se
destituya al intendente interino Tadeo Dávila, y se aprese al obispo
Remigio de La Santa Ortega (amigos de García Pizarro y Moxó) "puesto que
estaba comprobado que se habían comprometido a entregar las colonias
americanas a la princesa del Brasil, Carlota Joaquina". Al día siguiente
llega el cura de Sicasica, José Antonio de Medina, tucumano y primo de
Monteagudo, que habría de ser el cerebro de la revolución. Se forma una
Junta Revolucionaria que prepara el golpe para el 16: los jefes militares
serían Murillo e Indaburu.
Si el presbítero
Medina será la cabeza de la revolución, Murillo seria su alma. Hijo
sacrílego de un sacerdote —Juan Ciríaco Murillo Ménade clara estirpe y
gran ilustración, y de una india paceña, fue educado cuidadosamente por su
padre. La muerte dé éste, dejándole el legado de una buena biblioteca, le
obliga a interrumpir los estudios y trabajar de minero y luego de
escribiente. Reinicia su carrera de leyes a los cuarenta años; obtiene el
título en Charcas en 1805 —el año anterior estuvo preso por la
conspiración de Palma—, y abre en La Paz su bufete especializado en la
defensa de indios.
El 16 de julio: las Juntas
Gobernadora y Tuitiva.
El motín estalla en la fecha fijada, después de la
procesión de la Virgen del Carmen: Dávila y La Santa son apresados y se
les exige la renuncia. Se obliga al cabildo, al que se añaden "ocho
adjuntos del pueblo", a tomar las funciones ejecutivas con el nombre
de Junta Gobernadora (sus principales figuras serían el regidor
Juan Bautista Sagarnaga y el adjunto Juan Pedro Indaburu). Se crea
un "Congreso Representativo de los Derechos del Pueblo" llamado Junta
Tuitiva, encargado del poder legislativo y del asesoramiento general,
compuesto de un presidente, once ministros y un secretario (presidente:
Murillo; entre los ministros, el presbítero Medina, Manuel Victorio y
Gregorio García Lanza, José María Santos Rubio —porteño— y Martín José
Ochoteco, que conseguiría escapar a Buenos Aires. Todos criollos).
Se inician ambas Juntas con un curioso juramento a los
chapetones (españoles) de mantener "perpetua alianza con los
americanos de esta ciudad, no intentar cosa alguna contra ellos y defender
la religión y la patria". Se adopta la divisa Por Dios y por la Patria;
se integra la Junta Tuitiva con delegados de los corregimientos indígenas
y se nombran subdelegados de la Junta en ellos. Se invita a una Junta
General de Corporaciones a representantes de todos los cabildos de
América española en una circular redactada por el presbítero Medina.
".. .Anunciando los
acontecimientos del día 16 por la noche, haciéndoles ver hasta la
evidencia los objetos justos y leales que ha tenido este pueblo para
realizar este nuevo gobierno, y animando asimismo a las precitadas
superioridades para que se reúnan bajo estos mismos principios, y tratar
de defender y sostener los derechos de América contra las injustas
pretensiones de la Princesa del Brasil y las seducciones con que las
potencias extranjeras pueden conmover los ánimos de sus habitantes ... con
el fin de que divididas las numerosas provincias que forman el cuerpo
respetable de la América, se ataque la integridad y seguridad de estos
dominios... de los que indudablemente se seguiría la confusión y el
desorden y últimamente su ruina fatal".
La de Charcas era una conmoción interna que no fue más allá
de la deposición del presidente y el arzobispo. En La Paz se hizo algo muy
ambicioso: independizar América española y unirla en una vasta
confederación de repúblicas municipales. En la proclama, también de
Medina, del 27 de julio se habla de "organizar un nuevo gobierno fundado
en los intereses de nuestra Patria altamente deprimida por la bastarda
política de Madrid"; en otra se dice que "la revolución tiene por objeto
formar un gobierno independiente para defender los derechos de América
contra las potencias extranjeras''.
Algunos han querido
ver una conexión entre la revolución de La Paz y las ideas de Miranda. No
hay tal; no hubo correspondencia entre los paceños y el llamado Precursor
(precursor del verdadero coloniaje), y sus propósitos son absolutamente
opuestos. Murillo, Medina y el pueblo de La Paz querían una revolución
auténtica que no se agotase en la "independencia formal", y entendían
defender los derechos de América contra las potencias extranjeras.
Rebelión de los negros en Santa
Cruz de la Sierra (agosto).
Todos los municipios altoperuanos entraron en conmoción a
las noticias llegadas de Charcas primero y La Paz enseguida. Si estas
conmociones no culminaron en deponer las autoridades y formar Juntas, fue
por las medidas adoptadas por los gobernantes, y a la estrategia defensiva
y no ofensiva de los revolucionarios. Por eso las conspiraciones en
Cochabamba, Oruro y Potosí no consiguieron prosperar.
Una curiosa consecuencia de la chispa revolucionaria
resultó el intento de los esclavos negros en Santa Cruz de la Sierra.
Debido a su proximidad con Brasil, en Santa Cruz había muchos negros
esclavos y otros que habían fugado de las posesiones portuguesas y vagaban
en libertad. Un mulato esclavo llamado Franco organizó la
conspiración; hizo correr la voz de haber llegado una Real Orden de
libertar a los esclavos, que las autoridades por influencia de
los--patrones, ocultaban. Se preparó el levantamiento para el amanecer del
20 de agosto; los esclavos acumularon flechas y cuchillos en las cabañas
de los negros "cimarrones", a fin de pasar "a degüello a toda persona de
cara blanca", como reveló el sumario, apoderarse de las armas de la
guarnición y "defender su libertad hasta el último tranco" (informa
Gregorio García Lanza al cura Medina). Un muchacho descubrió el complot y
la reacción fue tremenda: el cabildo informa el 27 de setiembre que "por
el crecido número de negros que han emigrado del Portugal y otros esclavos
prófugos, todos de carácter díscolo, se ha procedido a una limpieza
general', es decir al exterminio liso y llano de todos los de cara
negra. Muchos huyeron al altiplano, donde serían incorporados a las
compañías españolas llamadas del Terror formadas por soldados
africanos.
Reacción contra los
revolucionarios.
Las perturbaciones de Buenos Aires a causa del reemplazo de
Liniers por Cisneros, y la distancia, no permitieron que las autoridades
de la capital tomaran medidas inmediatas contra los tumultuarios de
Charcas y revolucionarios de La Paz. Paula Sanz quedó en Potosí debido a
la orden sobrecartada, y mientras venía la ratificación de Buenos
Aires se limitó a cuidar su intendencia.
El obispo La Santa consiguió escapar de su confinamiento, y
armando unas milicias derrotó en Irupana a Manuel Victorio
García Lanza.
El obispo se valía
de la excomunión para la lucha. Sostenía que los revolucionarios habían
incurrido en excomunión al "ponerle las manos encima". Se dice que llevado
de su fe partidista excomulgó a la Virgen del Carmen, imagen
venerada por los revolucionarios.

Virrey Abascal
El sometimiento será ordenado en Lima por el virrey
Abascal, que veía contagiarse a su jurisdicción el espíritu revolucionario
del virreinato vecino. La encomienda a Goyeneche, el autor inconsciente de
la revolución, que es nombrado intendente del Cuzco. Mientras tanto los
revolucionarios paceños se han dividido: Juan Pedro Indaburu, que se
siente desplazado por Murillo, le hace cargos de traidor y enemigo de
la patria; Murillo disuelve las Juntas, anula el flamante Estatuto y
se proclama dictador. El 19 de octubre debe defenderse contra una
tentativa de asesinato. En esos momentos llega Goyeneche al alto de
Chacaltaya, donde el 25 se da una batalla que Murillo ha perdido de
antemano. Como la ciudad, a pesar de todo, se mantiene revolucionaria,
Goyeneche transige con el cabildo, restablecido a su condición comunal, el
sometimiento de La Paz sin--persecuciones. Entran las tropas leales. Pero
días después, con el pretexto o realidad de mantenerse focos
revolucionarios, se apresa a los jefes del 16 de julio. Goyeneche manda al
teniente coronel Pío Tristán, su pariente, a perseguir a Manuel Victorio,
refugiado en los bosques de Yungas con un puñado de guerrilleros. El
revolucionario trata de ganar a Goyeneche ofreciéndole ser "jefe de
América".
"Reservada:
Cualquiera puede juzgar que las acciones de esa noble y valerosa ciudad
podrán reputarse con los asquerosos epítetos que emplea V. E., pero una
penetración sabia y prudente como la de V. E. conocerá que no le son
debidos... Las intrigas, felonías y traiciones han exasperado al verdadero
americano... ve a la península perdida y entregada a la dominación del
Tirano (Napoleón), ¿y quién, Señor, lo ocasiona? Ningún otro que los
europeos, que olvidados de su ilustre nación se entregan a la perfidia...
no tenemos más objeto que preservar (a América española) de la ajena
dominación, de defenderla de las acechanzas enemigas estableciendo los
medios propios y aparentes, (entre ellos) quitar el mando a los europeos
por la seguridad que las intrigas han sido siempre hechos por ellos... así
se mantendrá la gloria de guardar y conservar América para el Sr. Fernando
VII y presentársela cuando se verifique la restauración de su trono. Para
prueba de esto, por mis sentimientos podría V. E., que es criollo, tomar
el mando y gobierno de la América... recoja las armas de todas las
provincias; las de La Paz yo se las haré entregar, y protesto entregarle
las preparadas en Cocha-bamba, Chuquisaca y Potosí. Como patriota
americano, será el gobierno de V. E. el más suave y apetecido... V. E.
como hijo de la Patria no despreciará medio que sea conducente al consuelo
del infeliz americano, tomará los proporcionados al bien común y a
levantar este suelo patrio abatido, ultrajado, envilecido y menospreciado
de las naciones extranjeras... Si V. E. adopta esta reservada
contésteme para poner empeño y esfuerzo para cumplir con lo que le
prometo".
Desde luego Goyeneche no acepta. Pide autorización a
Cisneros, el nuevo virrey de Buenos Aires, para juzgar a los acusados. Lo
hará sin misericordia: Murillo, "el primer reo de tan atroz delito —dice
el fiscal designado por Goyeneche—, autor singular de la insurrección...
desenvolvió y diseminó la semilla de la perversidad... nada extraño en tan
horroroso monstruo fruto de dañado amor", y debe ser castigado del "modo
más vilipendioso". Junto con los hermanos García Lanza, Jaén, Sagarnaga, y
cinco más, es condenado a la horca. Las cabezas de Murillo y Jaén son
"colocadas en escarpias" en el Alto del Potosí y en el Cuzco. El
presbítero Medina se salva de la muerte por su condición eclesiástica,
pero irá preso por la vida (lo salvará la guerra de la independencia); los
demás jefes deberán presenciar la ejecución, ser pasados debajo de las
horcas "en un burro de albar-da” y quedarán presos perpetuamente. Los
castigos menores son azotes, confinamientos, destierros y confiscaciones.
El 29 de enero de 1810, Murillo y sus compañeros son ejecutados en la
plaza Mayor— de La Paz: al ascender al patíbulo el caudillo dijo con voz
potente a quienes contemplaban su muerte sus palabras proféticas: "La
tea que dejo encendida, nadie la podrá apagar".

Ejecución de Murillo

Escarpia
Clavo con cabeza
acodillada, que sirve para sujetar bien lo que se cuelga.
Si bien las
sentencias las dictó Goyeneche y la represión la ejecutaron tropas
peruanas, Cisneros no queda libre de culpa pues las aprobó. En el cabildo
abierto del 22 de mayo de Buenos Aires, el Dr. Francisco Planes, al votar
la deposición de Cisneros, pidió que "hecha la abdicación se le debe tomar
residencia acerca dé los procedimientos de La Paz".
Capitulación de Charcas.
El fuerte escarmiento de La Paz atemorizó a los
tumultuarios de Charcas. Contra ellos fue el mariscal Vicente Nieto
(designado por Cisneros) con 500 milicianos de Buenos Aires sacados del
Fijo y Patricios; también el intendente Paula Sanz con su fuerza. Aunque
Arenales, Michel y Zudáñez quisieron resistir, la audiencia entregó la
ciudad sin lucha: Arenales y los más comprometidos fueron mandados a las
casamatas del Callao, y los oidores y canónigos confinados en distintos
puntos. Como no hubo declaraciones de "independencia", no habría lesa
majestad, por lo tanto no habrá ejecuciones.
Revolución de Quito
(10 de agosto de 1809). Consecuencia de las revoluciones del Alto Perú fue
el levantamiento popular de Quito dirigido por el caudillo Juan Salinas.
En la noche del 10 de agosto al recibirse noticias de La Paz, es apresado
el presidente de la audiencia Manuel Urriez, conde Ruiz de Castilla, y
quedó establecida una Junta Gubernativa presidida por Juan de Montúfar,
marqués de Selva Alegre. Tanto el virrey de Nueva Granada —Amar—, a cuya
jurisdicción pertenecía Quito, como el de Lima —Abascal—, envían tropas
para reprimirla. En octubre el ejército quiteño es derrotado por el
neogranadino, y quedó restablecido Urriez, previa amnistía de los
revolucionarios. Pero el presidente burló su promesa y condenó a muerte o
a presidio a los principales culpables. Entonces el pueblo asaltó los
cuarteles de las tropas peruanas, que se defendieron tenazmente, matando
en las calles y en la cárcel a más de 50 jefes revolucionarios. Finalmente
el obispo restableció la calma consiguiendo que las tropas de Abascal se
retirasen a Lima en agosto de 1810.
Para entonces —20 de julio de 1810— había
estallado en Bogotá, capital del virreinato de Nueva Granada la revolución
que cristalizaría seis días más tarde con la formación de una Junta
independiente del Consejo de Regencia de Cádiz; había empezado la guerra
de la independencia hispanoamericana. |