José MARÍA
RoSA

Los Últimos Años Españoles

HISTORIA
ARGENTINA

Crisis española
de 1808


Tendencias políticas en
Buenos Aires


Virreinato de
Liniers


Situación de España en
1809-1810


El carlotismo


Sublevaciones
del Alto Perú


 Resistencia a Cisneros


Apertura del
puerto de
Buenos Aires


Los últimos
días


Índice


Historia


 

SUBLEVACIONES DEL ALTO PERÚ

La ciudad de los pleitos.

Charcas, Chuquisaca o La Plata, la ciudad de los tres nombres y la triple corona de su audiencia real, catedral metropolitana y universidad Mayor (ya hemos dicho que, rigurosamente, "Charcas" era la provincia, "Chuquisaca" la ciudad y "La Plata" la arquidiócesis), era para Concolorcorvo la "más hermosa y bien plantada de todo el virreinato". Pero su existencia transcurría a la vez grave y revuelta como toda población de funcionarios, canónigos, abogados y estudiantes. Desde la "cámara" de la Real Carolina Academia donde esperaban los doctores opinantes la réplica de los doctores patrocinantes en las graves materias del utrosque jure, al coro de canónigos de la catedral resentidos con el arzobispo por prebendas y preeminencias, pasando por los claustros de la Universidad de San Francisco Javier donde los estudiantes se adiestraban en la vida tribunalicia o eclesiástica con disputas sobre las Partidas del Rey Sabio o la Suma Teología del Doctor Angélico, las antesalas de la Residencia donde llegaban todos los chismes del Alto Perú y morían los ecos de la corte matritense, o el palacio de la Audiencia en cuyos corredores los litigantes acumulaban despechos y en sus estrados los oidores cultivaban en su aburrimiento magistral un rencor perdurable a colegas, tribunal y ciudad entera; sin contar el Gran Poder del Santo Oficio, resumidero y semillero de las intrigas pequeñas y grandes que eran el único entretenimiento de la ciudad fundada en 1538 por el capitán Pedro Anzulez para cabecera de los reinos del Perú, todo era allí enemistades, celos, rencillas y disputas. Es que Charcas era una frustración: creada para capital se quedaría siempre en segundona: debió ceder a Lima el inmenso reino del Perú, y dejar paso a Buenos Aires en el virreinato del Río de la Plata (la fatalidad seguiría al anteponérsele La Paz en la República de Bolivia).

De todos los rencores de la ciudad suplantada, dos trascendían en 1808. La oposición de los oidores al presidente —Don Ramón García de León Pizarro Madrigal y Ruiz de Torres, marqués de Casa Pizarro y vizconde de Nueva Orán, caballero del hábito de Calatrava y Gran Cruz de Isabel la Católica—, que lleno de años y méritos (cuando intendente de Salta en 1794 fundó la ciudad de Orán) no conseguía que sus subalternos le disimularan los caprichos de su edad avanzada. Y la enemiga que los valetudinarios canónigos de la catedral e indisciplinados estudiantes de San Francisco Javier, acostumbrados a la bondadosa tolerancia del fallecido arzobispo San Alberto, tenían por su culto y joven sucesor el benedictino catalán Benito María de Moxó y Francolí que se proponía poner algo de orden donde siempre cada uno hizo lo que le dio en gana. Las parcialidades de la Residencia y la catedral habían trascendido a toda la vida chuquisaqueña, y producido alianzas y repulsas. Con el presidente estaba el arzobispo y el cabildo secular; contra ellos, en una oposición sorda y amenazadora, los canónigos, oidores y estudiantes.

El silogismo de Chuquisaca (setiembre de 1808).

A este ambiente propicio, llegaron los pliegos de Juan Manuel Goyeneche, brigadier general de Sevilla y delegado de su Junta “Suprema" para tramitar se la reconociese. Bastó que García Pizarro quisiera hacerlo, para que el "acuerdo" se pronunciase negativamente el 23 de setiembre (de 1808). No solamente no se reconocía a esa Junta "Suprema" sino que la audiencia reservaba para no alarmar al vecindario las graves noticias de la situación española informadas por Goyeneche. Aprovechará el arzobispo la ocasión de molestar a los oidores y anuncia desde el pulpito las tristes verdades de Bayona; sigue un desmentido de la audiencia sosteniendo que en España se vivía en el mejor de los mundos. Replica el arzobispo con rogativas y procesiones por la salvación del reino y la familia real. No puede la audiencia sostener más la ficción, y el debate se traslada a la universidad: "¿Debe seguirse la suerte de España o resistir en América a los extranjeros?" será la proposición discutida en San Francisco Javier, aprobándose por unanimidad lo que desde entonces se llamaría el silogismo de Chuquisaca:

Premisa mayor: "Las Indias son un dominio personal del rey y no de España".

Premisa menor: "El rey está impedido de reinar".

Conclusión: "Luego las Indias deben gobernarse a sí mismas desentendiéndose de España".

Goyeneche en Charcas (noviembre).

El 11 de noviembre llegó Goyeneche a la ciudad, alojándose en la morada del arzobispo; trae la "Justa Reclamación" y los "Manifiestos" de Carlota que le habían entusiasmado en Buenos Aires, y que hace partícipes al prelado y al presidente. García Pizarro cita a sesión solemne y pública al "Real acuerdo" para recibir al delegado, oír de su boca lo ocurrido en España y enterarse de las últimas novedades. Es una sesión grandiosa: García Pizarro luce sus condecoraciones, Goyeneche los entorchados ganados en la antesala del Alcázar de Sevilla, el arzobispo los ornamentos de su jerarquía y los regidores los trajes de seda negra y varas de plata de su cargo. Habla Goyeneche de los sucesos de España, invoca el patriotismo de los oidores y propone se revea el desconocimiento de la Junta. El anciano regente Antonio Boeto le pide las credenciales de su delegación, y Goyeneche —contagiado del ambiente de la ciudad— lo toma por ofensa y contesta en forma destemplada. No se queda corto el regente y lo llama aventurero audaz y general de cartón. El tumulto se hace mayúsculo, y el acto solemne termina a los capazos. Días después Boeto muere afectado por la violencia del incidente.

La gresca en la sala de honor trasciende a toda la ciudad: "¡El delegado quiere entregarnos a los portugueses!" se comenta en todos los corrillos, y el arzobispo aconseja a Goyeneche se tome el portante y siga a Lima, destino final de su viaje. Como el carlotismo de Goyeneche se ha sabido en todo el Alto Perú, el delegado evita ir por Cochabamba o La Paz y endereza al solitario camino de Antofagasta a través de la cordillera.

Vísperas revolucionarias.

En enero llegan oficialmente las reclamaciones y manifiestos de Carlota. El claustro de la Universidad, contra la opinión del arzobispo, se pronuncia por su rechazo con una afirmación de lealtad a Fernando que resulta una deslealtad a Moxó. El documento, avalado por noventa firmas de profesores, estudiantes y egresados, es tan agraviante para la Infanta y sus sostenedores, que Liniers lo devolverá para que se suavicen las expresiones; tarea que García Pizarro hace con tanto celo que convertirá la rotunda negativa en un trivial acuse de recibo. La modificación trasciende, y la ciudad se convierte en un infierno; los canónigos no van al coro y desobedecen con pretextos al arzobispo; los oidores hacen el vacío al presidente; los estudiantes recorren las calles clamando contra García Pizarro, Moxó, Goyeneche y Carlota. El arzobispo informa a Liniers y pide ayuda al vecino intendente de Potosí, Francisco de Paula Sanz, que llega el 30 de abril; como vuelve enseguida a Potosí los chuquisaqueños suponen que traerá tropas. La audiencia forma el 20 de mayo una "Junta de Oidores" para suplantar a Paula Sanz; el arzobispo incita al cabildo secular que declare el 21 su disconformidad con la audiencia, y eso da pie para que García Pizarro detenga a tres oidores (Zudáñez, Usoz y Vásquez Ballesteros) y al fiscal (López Andreu) por la guarnición local, y pida al delegado en Yamparáez —Juan Antonio Álvarez de Arenales— que le reclute gente. Los oidores y el fiscal consiguen escapar, pero Zudáñez queda encerrado en el palacio del arzobispo.

El 25 de mayo de 1809.

Pero Arenales se pronuncia por la "Junta de Oidores", mientras los estudiantes —impulsados por el joven tucumano Bernardo de Monteagudo— levantan al pueblo contra la entrega a los portugueses. A las 7 de la mañana del 25 de mayo la plaza Mayor se llena de gente; los canónigos echan a vuelo las campanas de la catedral a cuyo repique hacen eco todas las iglesias; la multitud exige la libertad de Zudáñez, que García Pizarro, ante el cariz que toman las cosas, se ve obligado a conceder. Alguien dice que también está preso en el palacio del arzobispo el fiscal López Andreu, y la gente enardecida ataca el palacio y se lleva a Moxó: "El populacho embriagado —escribe el asesor de Potosí Vicente Cañete— arrebató al prelado con sacrílega insolencia, llevándole por las calles como una nave fluctuante entre encontradas marejadas, para que entregase al fiscal", quo no podía conceder porque López Andreu se había escondido en otro punto. Se obliga al arzobispo a pedir que se retiren los cañones de la Presidencia, que García Pizarro cumple; Moxó explicará, luego, que debió ceder para que no se pensase quería "avasallar al pueblo y proclamar a la Señora princesa del Brasil". La muchedumbre aboca los cañones al Cuartel de Guardia y exige le entreguen armas; el comandante contesta con una descarga, pero acaba por ceder pues los tumultuosos se apoderan de García Pizarro y lo tienen de rehén junto a Moxó. Al día siguiente la "Junta de Oidores" depone al presidente por traidor a la patria y se hace cargo del gobierno mientras el cabildo eclesiástico toma posesión de la arquidiócesis. A poco los oidores, temerosos de las proporciones que va tomando el conflicto, resignan el gobierno en una Junta formada por Arenales, Ramón Abecia y otros militares. Paula Sanz, desde Potosí, se acerca al frente de sus tropas, pero la audiencia emite una orden sobrecartada (sellada con el sello real, y por lo tanto obligatoria como emanada del mismo rey), ordenándole retroceder. El intendente de Potosí consulta a Buenos Aires, y mientras tanto regresa a su provincia. A su vez, Arenales —comandante general y gobernador de armas de la Junta-organiza la defensa: moviliza e instruye a todos los hombres aptos para las armas y en poco tiempo reúne un ejército de 1.300 milicianos. Salen delegados: Mariano Michel va a La Paz, Bernardo de Monteagudo a Potosí.

La noticia de los tumultos de Charcas llega a Buenos Aires el 19 de junio, precisamente cuando Cisneros arribaba a Montevideo. Si no par-riesen de signos completamente opuestos (revolución nacionalista en el Alto Perú, revolución carlotista en Buenos Aires), hubiese más decisión en los comandantes porteños y menos conformismo en Liniers, se habría resistido a Cisneros y apoyado a Charcas, cuya conmoción se expandía a La Paz y al Alto Perú entero, y la Revolución de la independencia se habría iniciado en 1809.

En La Paz.

La Paz, en el abrupto horizonte del Illimani al norte del Alto Perú y cerca del río Desaguadero, había sido siempre —pese a su nombre— un foco de subversiones. Más poblada que Charcas (y también que Potosí), los indios y mestizos formaban la mayoría de sus habitantes. En 1780 el gran incendio de Cuzco a Jujuy que luego acaudillaría Tupac-Amaru, tuvo su chispa en la sublevación del gremio de viajantes de La Paz.

A principios de 1805 llegaron a La Paz, desde Buenos Aires, falsas pero proféticas noticias "que en el día no había rey, en Madrid no habían querido coronar al Príncipe y andaba aquello todo revuelto". Se ignora el origen de los rumores, que también corrieron en Cuzco. En la plaza se fijaron pasquines: "La América va a reventar... rey no tenemos, la comisión cesa... Europa no mandará a América sus gobiernos; los pechos se acabarán, la fe persistirá". Se denunció a Tomás Rodríguez Palma, Pedro Domingo Murillo y otros de tramar la revolución para deponer al intendente Burgunyo "porque el que le había dado el gobierno estaba muerto (Carlos IV), y debía suspendérselo del estado hasta la coronación del nuevo Rey que estaba en disputa", diría Palma en su declaración. De la investigación resultó que los complotados, con vinculaciones en el Cuzco, querían establecer una "confederación de repúblicas municipales independientes". Palma, que confesó, fue condenado a destierro perpetuo; Murillo, que negó, debió ser absuelto. Los testigos dijeron que los revolucionarios se proponían "rehabilitar la raza" (los dos jefes eran mestizos).

En 1808, al recibirse las noticias de Bayona, hubo otra tentativa encabezada por el navarro Juan Pedro Indaburu. El jueves santo 30 de marzo de 1809 fracasó un nuevo complot de Indaburu y Manuel Vicente García Lanza que creían contar con el cabildo, y estaban en correspondencia con Álzaga y Elío.


Se lo considera el "Padre de la revolución boliviana"

El 8 de julio llega a La Paz el delegado de la Junta de Gobierno de Charcas, Mariano Michel. Inicia gestiones para que se destituya al intendente interino Tadeo Dávila, y se aprese al obispo Remigio de La Santa Ortega (amigos de García Pizarro y Moxó) "puesto que estaba comprobado que se habían comprometido a entregar las colonias americanas a la princesa del Brasil, Carlota Joaquina". Al día siguiente llega el cura de Sicasica, José Antonio de Medina, tucumano y primo de Monteagudo, que habría de ser el cerebro de la revolución. Se forma una Junta Revolucionaria que prepara el golpe para el 16: los jefes militares serían Murillo e Indaburu.

Si el presbítero Medina será la cabeza de la revolución, Murillo seria su alma. Hijo sacrílego de un sacerdote —Juan Ciríaco Murillo Ménade clara estirpe y gran ilustración, y de una india paceña, fue educado cuidadosamente por su padre. La muerte dé éste, dejándole el legado de una buena biblioteca, le obliga a interrumpir los estudios y trabajar de minero y luego de escribiente. Reinicia su carrera de leyes a los cuarenta años; obtiene el título en Charcas en 1805 —el año anterior estuvo preso por la conspiración de Palma—, y abre en La Paz su bufete especializado en la defensa de indios.

El 16 de julio: las Juntas Gobernadora y Tuitiva.

El motín estalla en la fecha fijada, después de la procesión de la Virgen del Carmen: Dávila y La Santa son apresados y se les exige la renuncia. Se obliga al cabildo, al que se añaden "ocho adjuntos del pueblo", a tomar las funciones ejecutivas con el nombre de Junta Gobernadora (sus principales figuras serían el regidor Juan Bautista Sagarnaga y el adjunto Juan Pedro Indaburu). Se crea un "Congreso Representativo de los Derechos del Pueblo" llamado Junta Tuitiva, encargado del poder legislativo y del asesoramiento general, compuesto de un presidente, once ministros y un secretario (presidente: Murillo; entre los ministros, el presbítero Medina, Manuel Victorio y Gregorio García Lanza, José María Santos Rubio —porteño— y Martín José Ochoteco, que conseguiría escapar a Buenos Aires. Todos criollos).

Se inician ambas Juntas con un curioso juramento a los chapetones (españoles) de mantener "perpetua alianza con los americanos de esta ciudad, no intentar cosa alguna contra ellos y defender la religión y la patria". Se adopta la divisa Por Dios y por la Patria; se integra la Junta Tuitiva con delegados de los corregimientos indígenas y se nombran subdelegados de la Junta en ellos. Se invita a una Junta General de Corporaciones a representantes de todos los cabildos de América española en una circular redactada por el presbítero Medina.

".. .Anunciando los acontecimientos del día 16 por la noche, haciéndoles ver hasta la evidencia los objetos justos y leales que ha tenido este pueblo para realizar este nuevo gobierno, y animando asimismo a las precitadas superioridades para que se reúnan bajo estos mismos principios, y tratar de defender y sostener los derechos de América contra las injustas pretensiones de la Princesa del Brasil y las seducciones con que las potencias extranjeras pueden conmover los ánimos de sus habitantes ... con el fin de que divididas las numerosas provincias que forman el cuerpo respetable de la América, se ataque la integridad y seguridad de estos dominios... de los que indudablemente se seguiría la confusión y el desorden y últimamente su ruina fatal".

La de Charcas era una conmoción interna que no fue más allá de la deposición del presidente y el arzobispo. En La Paz se hizo algo muy ambicioso: independizar América española y unirla en una vasta confederación de repúblicas municipales. En la proclama, también de Medina, del 27 de julio se habla de "organizar un nuevo gobierno fundado en los intereses de nuestra Patria altamente deprimida por la bastarda política de Madrid"; en otra se dice que "la revolución tiene por objeto formar un gobierno independiente para defender los derechos de América contra las potencias extranjeras''.

Algunos han querido ver una conexión entre la revolución de La Paz y las ideas de Miranda. No hay tal; no hubo correspondencia entre los paceños y el llamado Precursor (precursor del verdadero coloniaje), y sus propósitos son absolutamente opuestos. Murillo, Medina y el pueblo de La Paz querían una revolución auténtica que no se agotase en la "independencia formal", y entendían defender los derechos de América contra las potencias extranjeras.

Rebelión de los negros en Santa Cruz de la Sierra (agosto).

Todos los municipios altoperuanos entraron en conmoción a las noticias llegadas de Charcas primero y La Paz enseguida. Si estas conmociones no culminaron en deponer las autoridades y formar Juntas, fue por las medidas adoptadas por los gobernantes, y a la estrategia defensiva y no ofensiva de los revolucionarios. Por eso las conspiraciones en Cochabamba, Oruro y Potosí no consiguieron prosperar.

Una curiosa consecuencia de la chispa revolucionaria resultó el intento de los esclavos negros en Santa Cruz de la Sierra. Debido a su proximidad con Brasil, en Santa Cruz había muchos negros esclavos y otros que habían fugado de las posesiones portuguesas y vagaban en libertad. Un mulato esclavo llamado Franco organizó la conspiración; hizo correr la voz de haber llegado una Real Orden de libertar a los esclavos, que las autoridades por influencia de los--patrones, ocultaban. Se preparó el levantamiento para el amanecer del 20 de agosto; los esclavos acumularon flechas y cuchillos en las cabañas de los negros "cimarrones", a fin de pasar "a degüello a toda persona de cara blanca", como reveló el sumario, apoderarse de las armas de la guarnición y "defender su libertad hasta el último tranco" (informa Gregorio García Lanza al cura Medina). Un muchacho descubrió el complot y la reacción fue tremenda: el cabildo informa el 27 de setiembre que "por el crecido número de negros que han emigrado del Portugal y otros esclavos prófugos, todos de carácter díscolo, se ha procedido a una limpieza general', es decir al exterminio liso y llano de todos los de cara negra. Muchos huyeron al altiplano, donde serían incorporados a las compañías españolas llamadas del Terror formadas por soldados africanos.

Reacción contra los revolucionarios.

Las perturbaciones de Buenos Aires a causa del reemplazo de Liniers por Cisneros, y la distancia, no permitieron que las autoridades de la capital tomaran medidas inmediatas contra los tumultuarios de Charcas y revolucionarios de La Paz. Paula Sanz quedó en Potosí debido a la orden sobrecartada, y mientras venía la ratificación de Buenos Aires se limitó a cuidar su intendencia.

El obispo La Santa consiguió escapar de su confinamiento, y armando unas milicias derrotó en Irupana a Manuel Victorio García Lanza.

El obispo se valía de la excomunión para la lucha. Sostenía que los revolucionarios habían incurrido en excomunión al "ponerle las manos encima". Se dice que llevado de su fe partidista excomulgó a la Virgen del Carmen, imagen venerada por los revolucionarios.


Virrey Abascal

El sometimiento será ordenado en Lima por el virrey Abascal, que veía contagiarse a su jurisdicción el espíritu revolucionario del virreinato vecino. La encomienda a Goyeneche, el autor inconsciente de la revolución, que es nombrado intendente del Cuzco. Mientras tanto los revolucionarios paceños se han dividido: Juan Pedro Indaburu, que se siente desplazado por Murillo, le hace cargos de traidor y enemigo de la patria; Murillo disuelve las Juntas, anula el flamante Estatuto y se proclama dictador. El 19 de octubre debe defenderse contra una tentativa de asesinato. En esos momentos llega Goyeneche al alto de Chacaltaya, donde el 25 se da una batalla que Murillo ha perdido de antemano. Como la ciudad, a pesar de todo, se mantiene revolucionaria, Goyeneche transige con el cabildo, restablecido a su condición comunal, el sometimiento de La Paz sin--persecuciones. Entran las tropas leales. Pero días después, con el pretexto o realidad de mantenerse focos revolucionarios, se apresa a los jefes del 16 de julio. Goyeneche manda al teniente coronel Pío Tristán, su pariente, a perseguir a Manuel Victorio, refugiado en los bosques de Yungas con un puñado de guerrilleros. El revolucionario trata de ganar a Goyeneche ofreciéndole ser "jefe de América".

"Reservada: Cualquiera puede juzgar que las acciones de esa noble y valerosa ciudad podrán reputarse con los asquerosos epítetos que emplea V. E., pero una penetración sabia y prudente como la de V. E. conocerá que no le son debidos... Las intrigas, felonías y traiciones han exasperado al verdadero americano... ve a la península perdida y entregada a la dominación del Tirano (Napoleón), ¿y quién, Señor, lo ocasiona? Ningún otro que los europeos, que olvidados de su ilustre nación se entregan a la perfidia... no tenemos más objeto que preservar (a América española) de la ajena dominación, de defenderla de las acechanzas enemigas estableciendo los medios propios y aparentes, (entre ellos) quitar el mando a los europeos por la seguridad que las intrigas han sido siempre hechos por ellos... así se mantendrá la gloria de guardar y conservar América para el Sr. Fernando VII y presentársela cuando se verifique la restauración de su trono. Para prueba de esto, por mis sentimientos podría V. E., que es criollo, tomar el mando y gobierno de la América... recoja las armas de todas las provincias; las de La Paz yo se las haré entregar, y protesto entregarle las preparadas en Cocha-bamba, Chuquisaca y Potosí. Como patriota americano, será el gobierno de V. E. el más suave y apetecido... V. E. como hijo de la Patria no despreciará medio que sea conducente al consuelo del infeliz americano, tomará los proporcionados al bien común y a levantar este suelo patrio abatido, ultrajado, envilecido y menospreciado de las naciones extranjeras... Si V. E. adopta esta reservada contésteme para poner empeño y esfuerzo para cumplir con lo que le prometo".

Desde luego Goyeneche no acepta. Pide autorización a Cisneros, el nuevo virrey de Buenos Aires, para juzgar a los acusados. Lo hará sin misericordia: Murillo, "el primer reo de tan atroz delito —dice el fiscal designado por Goyeneche—, autor singular de la insurrección... desenvolvió y diseminó la semilla de la perversidad... nada extraño en tan horroroso monstruo fruto de dañado amor", y debe ser castigado del "modo más vilipendioso". Junto con los hermanos García Lanza, Jaén, Sagarnaga, y cinco más, es condenado a la horca. Las cabezas de Murillo y Jaén son "colocadas en escarpias" en el Alto del Potosí y en el Cuzco. El presbítero Medina se salva de la muerte por su condición eclesiástica, pero irá preso por la vida (lo salvará la guerra de la independencia); los demás jefes deberán presenciar la ejecución, ser pasados debajo de las horcas "en un burro de albar-da” y quedarán presos perpetuamente. Los castigos menores son azotes, confinamientos, destierros y confiscaciones. El 29 de enero de 1810, Murillo y sus compañeros son ejecutados en la plaza Mayor— de La Paz: al ascender al patíbulo el caudillo dijo con voz potente a quienes contemplaban su muerte sus palabras proféticas: "La tea que dejo encendida, nadie la podrá apagar".


Ejecución de Murillo

Escarpia
Escarpia

Clavo con cabeza acodillada, que sirve para sujetar bien lo que se cuelga.

Si bien las sentencias las dictó Goyeneche y la represión la ejecutaron tropas peruanas, Cisneros no queda libre de culpa pues las aprobó. En el cabildo abierto del 22 de mayo de Buenos Aires, el Dr. Francisco Planes, al votar la deposición de Cisneros, pidió que "hecha la abdicación se le debe tomar residencia acerca dé los procedimientos de La Paz".

Capitulación de Charcas.

El fuerte escarmiento de La Paz atemorizó a los tumultuarios de Charcas. Contra ellos fue el mariscal Vicente Nieto (designado por Cisneros) con 500 milicianos de Buenos Aires sacados del Fijo y Patricios; también el intendente Paula Sanz con su fuerza. Aunque Arenales, Michel y Zudáñez quisieron resistir, la audiencia entregó la ciudad sin lucha: Arenales y los más comprometidos fueron mandados a las casamatas del Callao, y los oidores y canónigos confinados en distintos puntos. Como no hubo declaraciones de "independencia", no habría lesa majestad, por lo tanto no habrá ejecuciones.

Revolución de Quito (10 de agosto de 1809). Consecuencia de las revoluciones del Alto Perú fue el levantamiento popular de Quito dirigido por el caudillo Juan Salinas. En la noche del 10 de agosto al recibirse noticias de La Paz, es apresado el presidente de la audiencia Manuel Urriez, conde Ruiz de Castilla, y quedó establecida una Junta Gubernativa presidida por Juan de Montúfar, marqués de Selva Alegre. Tanto el virrey de Nueva Granada —Amar—, a cuya jurisdicción pertenecía Quito, como el de Lima —Abascal—, envían tropas para reprimirla. En octubre el ejército quiteño es derrotado por el neogranadino, y quedó restablecido Urriez, previa amnistía de los revolucionarios. Pero el presidente burló su promesa y condenó a muerte o a presidio a los principales culpables. Entonces el pueblo asaltó los cuarteles de las tropas peruanas, que se defendieron tenazmente, matando en las calles y en la cárcel a más de 50 jefes revolucionarios. Finalmente el obispo restableció la calma consiguiendo que las tropas de Abascal se retirasen a Lima en agosto de 1810.

Para entonces —20 de julio de 1810— había estallado en Bogotá, capital del virreinato de Nueva Granada la revolución que cristalizaría seis días más tarde con la formación de una Junta independiente del Consejo de Regencia de Cádiz; había empezado la guerra de la independencia hispanoamericana.


 

02/12/2011

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18/02/2012