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SITUACIÓN DE ESPAÑA EN 1809-1810
La guerra de la Independencia
después de Bailen (julio a diciembre de 1808).
La victoria de tropas deficientemente armadas y
guerrilleros que cargaban trabucos en Bailen el 29 de julio de 1808, debió
ser un llamado de alerta a Napoleón para acabar con la aventura ibérica.
"Yo tengo por enemigos una nación de doce millones de habitantes bravos y
exasperados al extremo —le había escrito su hermano José el 24 de julio—.
Estáis en un error... vuestra gloria se hundirá en España". Pero Napoleón
se siente en el pináculo de sus triunfos y no quiere abandonar la presa.
Lanza contra España sus mejores divisiones y sus mariscales más capaces:
Lefebvre, Ney, Moncey, Víctor, Soult, Saint-Cyr, con 200.000 hombres
escogidos. Él mismo vendrá a ponerse al frente.
Contra esa formidable y veterana masa, la Junta de Aranjuez
apenas cuenta con 80.000 soldados mandados por Blake, Castaños y Palafox.
Pero tiene algo más y valiosísimo: los guerrilleros que combaten en todas
partes, y darán un carácter popular y entusiasta a la guerra de la
independencia española: Juan Martín el Empecinado y Palarea en
Castilla la Nueva, Porlier en Asturias, el cura Merino en Castilla la
Vieja, Julián Sánchez en Salamanca, Espoiz y Mina en Navarra, Villacampa
en Aragón, los miqueletes en Cataluña. Por todas partes los
españoles se baten como fieras contra los intrusos.
Pero el formidable empuje napoleónico es irresistible: el
31 de octubre Lefebvre derrota a Blake en Durango, poco después
Soult entra a Burgos, que pone a saco deliberada y conscientemente;
Moncey vuelve a sitiar a Zaragoza, que tomará a sangre y fuego
después de su sitio homérico, el 20 de febrero de 1809. Había despecho en
los mariscales napoleónicos por esta resistencia aniquiladora donde, a
pesar de los triunfos, se hundía la gloria imperial. Napoleón llega hasta
Chamartin, cerca de Madrid, en diciembre, en la que han entrado sus
tropas y reinstalado al rey José mientras la Junta Central escapa a
Sevilla.
Alianza anglo-española: el
tratado del 14 de enero de 1809.
El tremendo error de Napoleón había puesto a España a
merced de los ingleses. Para la guerra no bastaban la voluntad y el
coraje; eran necesarios fusiles, cañones, balas y pólvora, dinero en fin.
La única que podía proveerlo era Inglaterra. Así el Reino Unido que en
1805 había enrollado con Pitt el mapa de Europa, veía abierto en 1808 un
escenario donde combatir con dinero propio y sangre ajena a su gran
enemigo.
Antes de Bailén, la Junta de Asturias había mandado
delegados a Londres a pedir ayuda; después irían de Galicia y Aranjuez.
Jorge Canning, el ministro de Relaciones Exteriores, les dará algo más que
buenas palabras: dinero, armas, buques, y les promete el ejército que se
estaba preparando —contra la opinión de Castlereagh— para tentar una
tercera aventura en Buenos Aires al mando de Arturo Wellesley, futuro
lord Wellington. No los dará gratuitamente: exige y obtiene de Juan
Ruiz de Apodaca, embajador con "plenos poderes" de la Suprema en Londres,
un tratado de alianza por donde, a cambio de la independencia política, se
entregaría su dependencia económica. Así se hizo en un "adicional"
incluido el 21 de marzo.
No permitiendo las
circunstancias actuales —dice el convenio Apodaca-Canning— ocuparse de un
tratado de comercio entre los dos países con aquel cuidado y reflexión que
merece un asunto de tanta importancia: las altas partes contratantes
convienen... prestarse facilidades al comercio por medio de reglamentos
provisionales y temporales".
Acababa el "mercantilismo" español, arrastrado como tantas
cosas que se llevó la guerra de la independencia. Se abría al imperio
español el porvenir de otro Portugal con un análogo tratado de Methwen: no
lo sería la metrópoli, tal vez, pero América española pasaría a colonia
económica de los ingleses. No había necesidad de mandar más generales a
conquistar el Río de la Plata, y Canning ordenó al ejército de Wellesley
que cambiara de rumbo y desembarcase en Lisboa. Lo hizo el 22 de abril de
1809.
Ese día el futuro
Wellington alentará a su tropa con una proclama muy breve y muy inglesa:
"¡Soldados! Estáis bien vestidos, bien pagados, bien alimentados: el que
falte a su deber será ahorcado".
Entró en España con buen pie: en Talavera de la Reina
(27 y 28 de junio) da con Soult una batalla de resultados indecisos, que
es saludada en Londres como victoria porque por lo menos los franceses no
habían ganado. Se otorga a Wellesley el título de vizconde Wellington, y
como lord Wellington se lo conocerá en adelante; más tarde será duque de
Wellington, el "duque de hierro". Pero su carrera triunfal en España no
será larga. Salvado providencialmente por Craufurt (veterano de la
invasión a Buenos Aires) en el puente del Arzobispo el 4 de agosto,
cercado por Masséna y Augeneau venidos expresamente de Francia a
combatirlo, el lord acabará por encerrarse en el campo atrincherado de
Torres Vedras, en Portugal, donde quedará diecisiete meses, de octubre
de 1809 a marzo de 1811, ahorrando sangre y fuerzas para resurgir cuando
se inicie el colapso napoleónico.
Torres Vedras era una
formidable defensa de tres recintos fortificados apoyados en el océano y
la desembocadura del Tajo. Protegido por la escuadra inglesa, la posición
resultaba inexpugnable. Fuera de la salida a Bussaco el 27 de
setiembre de 1810, donde Masséna le demostró que todavía no era tiempo de
abandonar el retiro, Wellington quedó inmovilizado mientras se desenvolvía
el capítulo más glorioso de la guerra de la independencia española.
La Junta "Central" en Sevilla
(diciembre de 1808).
Madrid debe ser abandonada a Napoleón, y la Junta Suprema
deja Aranjuez y se instala en Sevilla el 14 de diciembre (1808). Se la
conoce con el nombre de Central para distinguirla de las varias "Supremas"
habidas antes (una en la misma ciudad, que nombró a Goyeneche y fue
reconocida erróneamente por Liniers). La situación es difícil.
Heroicamente resiste Gerona en Cataluña, y subsisten núcleos de
guerrilleros en el norte, pero la Junta controla solamente Andalucía.
Envalentonados por la resistencia española, el emperador de Austria, el
rey de Prusia y algunos príncipes alemanes habían intentado otra coalición
contra Francia, que Napoleón, regresado con premura de España, aplastará
literalmente en Wagram el 5 y 6 de julio de 1809. Fue una gran
victoria que le permitió disponer de 400.000 hombres para arrojar sobre
España.
América no es colonia de España
(22 de enero de 1809).
La Central pide ayuda a América, como lo habían hecho antes
las "Supremas" de Sevilla y Galicia. Pero previamente renuncia en nombre
de España al carácter de metrópoli; España e Indias serán otra vez una
unidad imperial como en los tiempos de los Austria. La declaración
formulada en Real Orden del 22 de enero de 1809 tiene una importancia
magna en los acontecimientos que sobrevendrán: "Esta Junta considera —dice
la mencionada Real Orden— que los vastos y preciosos dominios que España
posee en Indias no son propiamente colonias o factorías como las de otras
naciones, sino una parte esencial e integrante de la Monarquía Española".
Era el fin del mercantilismo colonialista del mismo Jovellanos y anunciaba
el establecimiento de gobiernos autónomos en América. Por pronta
providencia la Real Orden disponía la integración de cada virreinato y
capitanía general de Indias a la Junta Central por medio de un diputado
"natural o arraigado en cada reino", elegido por sorteo entro una lista
propuesta por los municipios que lo formaban. Si los virreinatos de
América eran "parte integrante" de la monarquía española, tendrían derecho
a gobernarse a sí mismos si se producía el colapso de la península.
No serían "colonias" de España, pero sí de Inglaterra como
se establecería en el orden económico el 22 de marzo de 1809 por el
adicional al tratado Apodaca-Canning.
El marqués de Wellesley y su
ayuda a España.
Los españoles luchaban por su independencia contra Napoleón
pagando el precio de abandonarse a la dependencia británica. El poder
detrás del trono en Sevilla es el embajador inglés, marqués de
Wellesley, hermano mayor de Wellington, y nada podía hacerse sin su apoyo
o consentimiento. Cuando la Central, ante la amenaza de llegar Ion
regimientos franceses que habían luchado en Wagram, pide al marqués de
Wellesley una ayuda más efectiva que el campo atrincherado de Torres
Vedras, éste insinúa en respuesta —el 8 de setiembre que previamente
debieran darse las prometidas facilidades al comercio inglés, y hacer
expeditivo el gobierno delegándose los poderes en un Consejo de
Regencia de cinco miembros hasta reunirse las Cortes que dictasen una
constitución liberal a la inglesa.
Convocatoria a Cortes
Constituyentes (22 de mayo).
Era un viejo deseo de los liberales españoles —Jovellanos,
Campomanes— convocar a Cortes Constituyentes. Lo había expresado la Junta
de Valencia en 1808, y renovado en Aranjuez algunos diputados de la
"Suprema". El 22 de mayo (de 1809) la Central de Sevilla llamó a Cortes
"deseando que la España aparezca a los ojos del mundo con la dignidad
debida a sus heroicos esfuerzos". Una constitución ennoblecería la campaña
del Empecinado. Se llamaba a la institución medieval de tres brazos
o estamentos: grandeza, clero y procuradores de las ciudades. Pero los
tiempos habían cambiado, y el 28 de octubre se reducen a dos los
estamentos: "popular" y de "dignidades". El "popular" (único que
integraría las Cortes de Cádiz do 1810) se compondría de un representante
cada 50.000 habitantes en la metrópoli; a América se le darían veintiséis
diputados elegidos por un complicado sistema de tres grados.
Las elecciones de
diputados a Cortes se iniciaron en el Río de la Plata, pero la revolución
de 1810 impidió que finalizaran. En su reemplazo las Cortes gaditanas
nombraron "suplentes" a algunos americanos residentes en Cádiz.
Fuga de la "Central" (febrero de
1810).
Mientras Wellington permanece en Torres Vedras, y su
hermano el embajador aconseja el remedio de reducir a cinco los miembros
del gobierno y apurar el llamado a Cortes constituyentes, los sitiados de
Gerona y los guerrilleros son los únicos en mantener la lucha. Pero
en octubre (1809) entran en España los 400.000 veteranos de Wagram:
el 19 aplastan al ejército español en Ocaña cerca de Toledo, en
noviembre empiezan a desbordarse por los pasos de la Sierra Morena, el 11
de diciembre cae Gerona después de un sitio heroico y cesa toda
resistencia en el norte; a mediados de enero los franceses se apoderan de
Córdoba y el 1 de febrero están en Sevilla.
La derrota de Ocaña fue la señal del desbande para la Junta
de Sevilla: algunos vocales han querido capitular, pero el pueblo quiere
seguir la lucha y ocurren tumultos en diciembre y enero. El conde de
Montijo —jefe de la defensa andaluza— consigue a duras penas salvar la
vida de los diputados que huyen. En Jerez son apresados el presidente,
arzobispo de Laodicea, el vicepresidente, conde de Altamira, y el ministro
de guerra, general Cornel. La multitud iba a masacrarlos cuando Montijo
consigue imponerse, y los salva.
La acusación se
fundaba en el hecho cierto de haber querido capitular con los franceses.
El arzobispo de Laodicea vivirá en Madrid bajo el régimen de José I, sin
que nadie lo molestase.
Se forma el "Consejo de
Regencia".
Algunos vocales de la Central llegan a la Villa de la
Real Isla de León, junto a Cádiz, y buscan refugio en los buques
ingleses. No pueden entrar en Cádiz porque una titulada "Junta Suprema" se
ha levantado con el gobierno de la ciudad y los acusa de traidores.

Cádiz está en
una pequeña península separada de la costa por un Largo y estrecho istmo;
era una posición inaccesible para ejércitos que no tuviesen apoyo naval.
La Villa de "Isla de León" estaba situada al comienzo del istmo (hoy se
llama San Fernando).
El embajador Wellesley se ha ido prudentemente a Inglaterra
al acercarse los franceses, y ha quedado al frente de la legación John
Hooklam Frere, que no consigue que los gaditanos se allanen a reconocer
otro gobierno que su "Junta Suprema". Frere hace desembarcar a los pocos
diputados de la "Central" refugiados en los buques ingleses y el 29 de
enero instala seriamente la Junta Central Suprema en la Isla de León a los
solos efectos de formar una regencia de cinco miembros para el gobierno
nominal "de España e Indias". Desde Cádiz, Frere señala a los amedrentados
"centrales" cuatro de los cinco nombres que deben elegir: el obispo de
Orense, que representará a la Iglesia; el general de la Armada Antonio
Escaño (que se había negado en 1809 a ser virrey en Buenos Aires), por la
Marina; Francisco de Saavedra, por los civiles, y el marqués de la Romana,
por América. Los diputados deben obedecer, "por razones ineludibles"
dicen, pero tienen el gesto de rechazar al marqués de la Romana y
sustituirlo por Esteban Fernández de León. Frere va entonces personalmente
a Isla de León el 30 e impone el quinto candidato: el general Castaños,
que representará al Ejército. Poco después Fernández de León será
sustituido, a indicación de Frere, por el mejicano Miguel de Lardizábal y
Orube, por convenir más un americano para representar al Nuevo Mundo. Los
"centrales", una vez cumplido su cometido, vuelven a los buques ingleses
donde están a cubierto de las iras populares. Así queda constituido el 31
de enero el Consejo de Regencia formado y controlado por el inglés
Frere. No gobierna nada porque en Cádiz la Junta Suprema no quiere
someterse y no le permite llegar allí. Pasa un tiempo, hasta que los
forcejeos de Frere consiguen imponer al Consejo que se instalará en Cádiz
como "representación soberana de España e Indias" reconocida oficialmente
por Inglaterra y el regente de Portugal (que está en Río de Janeiro). Será
durante ese forcejeo por la representación soberana entre el "Consejo de
Regencia" de Isla de León y la "Junta Suprema" de Cádiz, que se produce la
ruptura con América: al saberse en Venezuela y el Río de la Plata la caída
de la Junta de Sevilla y no existir un gobierno nacional reconocido, se
formarán en Caracas y Buenos Aires sendas "Juntas soberanas". Cuando
llegue la noticia del reconocimiento del Consejo de Regencia y su
instalación en Cádiz sería tarde para volver atrás.
En España se luchaba por la "independencia" contra
Napoleón con tal fervor, que se aceptaba la "dependencia" hacia Mr. Frere.
En realidad, en febrero de 1810 sólo quedaban las apariencias de España.
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