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APERTURA DEL PUERTO DE BUENOS AIRES
Las finanzas en 1809.
La situación económica del
Virreinato en 1809 no era mala; el país era una estructura con los
elementos necesarios para su desarrollo. El litoral exportaba cuero a
Europa, empezaba a llevarse tasajo a Cuba, y las necesidades de la guerra
habían hecho que Inglaterra comprase sebo, o directamente a través de
España o indirectamente por el contrabando. Cuyo, La Rioja y Catamarca
producían vino y alcoholes suficientes para el consumo interno, tabaco
había en Paraguay y Salta, y harinas en Mendoza que cubrían parte de las
necesidades locales, importándose el remanente de Chile, Río Grande y
Filipinas; el algodón de Tucumán abastecía los talleres artesanales del
interior y las fábricas de Cochabamba; la yerba mate de Corrientes,
Misiones y Paraguay, cubría el gran consumo de la población local y se
exportaba al exterior; las telas bastas de Córdoba, Catamarca y Corrientes
llenaban las necesidades internas; en Buenos Aires la fabricación de
zapatos era importante. Pese a la competencia ruinosa de las producciones
inglesas traídas de contrabando (un poncho de Liverpool valía $3 en Buenos
Aires, y $ 16 uno catamarqueño), la industria nativa se mantenía. El
transporte se hacía en embarcaciones fluviales construidas en Santa Fe,
Corrientes y Asunción con las maderas regionales; el terrestre con las
carretas de Tucumán o Mendoza, o las recuas de mulas criadas en Entre Ríos
y Santa Fe e invernadas en Salta. Las importaciones eran artículos de lujo
consumidos principalmente en Buenos Aires: además de harinas de Brasil,
tabaco de Filipinas, había vinos de Chile y España, y aceite de esta
última. La producción minera de Potosí, especialmente de plata exportada a
España, aunque no tenía las proporciones del siglo XVII, era todavía
elevada.
A esa buena situación
económica no correspondía una idéntica prosperidad financiera. Los
principales tributos del virreinato eran: la alcabala del 5% a los
contratos; el almojarifazgo o impuesto de aduana, de 2,5 % a las
exportaciones y 5 % a las importaciones, duplicándose si las mercaderías
no eran españolas; el diezmo, que iba del 1 al 10% del valor de la
producción, antiguo gravamen eclesiástico que ahora percibía la Corona; la
anata, consistente en el primer sueldo anual de un empleo o ascenso
(generalmente se percibía el 50% o "media anata"); el papel sellado
para los trámites oficiales; y el quinto real en el producido de
las minas. También había los estancos, o venta directa por el
Estado, de tabacos, pólvora, naipes, sal, etc., y los gravámenes y
arbitrios municipales de licencias, multas, tasas de inspección, etc.
Los gastos militares de las
invasiones inglesas, pago de indemnizaciones y proveedurías, mantenimiento
de fuertes milicias con una soldada diaria de $ 14, compra de armas y
pólvora, confección de uniformes, etc., habían exigido un esfuerzo
considerable cuyo resultado había sido el desbarajuste financiero, atraso
de los sueldos y falta de pago a proveedores. A lo que debe agregarse el
desorden administrativo de Liniers con el auge del contrabando y su
consecuencia que era la disminución del impuesto de aduana y la entrada de
géneros perjudiciales a la industria vernácula. Al dejar Liniers el mando
se debían cinco meses de sueldos y se amontonaban en Tesorería las cuentas
sin pagar. Se buscó una solución o paliativo con un proyecto de vales
patrióticos que circularían como dinero, pero que el cabildo rechazó; y
también con contribuciones patrióticas obligatorias resistidas por los
comerciantes y propietarios. Apurado por la situación, Liniers había
recurrido a la venta de vasos y ornamentos sagrados de las Misiones, que
se guardaban desde la expulsión de los jesuitas, y a los secuestros a los
comerciantes partidarios de Álzaga (de la casa del ex procurador del
cabildo, Villanueva, se sacaron $ 250.000 en oro y plata).
Belgrano aconseja a Liniers la apertura del puerto.
El problema financiero se
debía más al desorden administrativo que a los grandes gastos militares.
Era, relativamente, de fácil solución: con modificar el cobro de los
tributos, especialmente el de aduana, para conseguir una recaudación más
fácil, el Virreinato hubiese tenido unas florecientes finanzas sin
necesidad de disminuir los gastos militares, que por otra parte no tenían
en 1809 la urgencia de dos años atrás. Liniers no estuvo en condiciones de
hacerlo ni podía rebajar las soldadas. Aquello porque sus administradores
se beneficiaban de ese desorden, y esto porque las milicias populares eran
su principal apoyo y no hubiese sido político rebajarles su soldada y
menos disminuirlas.
El problema financiero fue
trabajado por los partidarios del libre comercio para sacar, a pretexto de
una mejora de la recaudación aduanera, la apertura del puerto. Belgrano en
primera línea: había evolucionado de su mercantilismo inicial a un
liberalismo económico, al darse cuenta del fracaso de España como
productora de industrias. Su idea de una América pastoril y agrícola era,
la misma de 1794; antes en beneficio de una España industrializada, ahora
la productora industrial sería Inglaterra.
Una política
económica de tanta trascendencia como la libertad de comercio para
conseguir el beneficio de una mayor recaudación aduanera, había sido
puesta en práctica en Montevideo cuando la Junta de Elío. Como no recibían
ayuda de Buenos Aires, los montevideanos recurrieron a la introducción de
géneros ingleses al doble de los derechos de introducción de los productos
españoles, pero consignados a mercaderes montevideanos integrantes de la
Junta en su mayoría. Desde el punto de vista fiscal, la medida fue
excelente, y la Junta de Elío, al revés del gobierno de Buenos Aires, pagó
sus deudas al día; desde un punto de vista político, esta libertad volcó a
Elío las simpatías de lord Strangford.
Belgrano dice en sus
Memorias que habló con Liniers "... de franquear el comercio a los
ingleses en la costa del río de la Plata" imitando lo que hacía Elío en la
otra banda. Liniers compartió su opinión "para debilitar a Montevideo,
como para proporcionar fondos para el sostén de las tropas".
Conferenciaron entre junio y julio do 1809; pero, dice Belgrano:
"desgraciadamente cuando llegaba a sus manos (de Liniers) una Memoria que
yo le remitía para tan importante objeto con que yo veía se iba a dar el
primer golpe a la Autoridad española, arribó un ayudante del virrey
nombrado, Cisneros, que había desembarcado en Montevideo, y todo aquel
plan varió".
Tratado Apodaca-Canning
El levantamiento popular del 2 de mayo motivó que la Junta Central de
Sevilla decidiera solicitar ayuda a Inglaterra en su resistencia a
Francia. Por tal motivo el 14 de enero de 1809 suscribe con el primer país
el Tratado Apodaca-Canning, el que le otorga a Inglaterra facilidades para
el comercio en los dominios hispánicos, a cambio de pertrechos bélicos y
el apoyo de sus ejércitos a las tropas y guerrillas españolas.
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George Canning |

Juan José Ruiz de Apodaca y Eliza Gastón
de Iriarte López de Letona y Lasquetti (Cádiz, 3 de febrero de 1754 -
Madrid, 11 de enero de 1835) fue un noble, político, marino y militar
español, I Conde del Venadito, 61º y antepenúltimo virrey de la Nueva
España (20 de septiembre de 1816 - 1820, 3er. Jefe Político Superior de
Nueva España 1820 - 5 de julio de 1821) y 16º capitán general de la Real
Armada Española.
El tratado Apodaca-Canning y Cisneros (marzo de 1809).
Para ese tiempo la
diplomacia inglesa había obtenido de la Junta Central, en el adicional del
21 de marzo del tratado Apodaca-Canning, que se dieran
"facilidades al comercio inglés en forma de reglamentaciones, etc.",
mientras se dictaba un convenio comercial amplio. Las necesidades de la
guerra ya habían obligado a los españoles a permitir la entrada de
mercaderías británicas: la Junta de Galicia había rebajado la introducción
de las bayetas inglesas del 32% al 16%, que llegaba en los paños burdos al
12% ad valorem; el 18 de diciembre de 1808 el embajador
Frere conseguía que se rebajasen las introducciones inglesas en Cádiz.
Cisneros fue nombrado
virrey de Buenos Aires el 11 de febrero de 1809, y se embarcó en Cádiz el
2 de mayo. Entre su nombramiento y embarque estuvo en constante
comunicación con la Junta de Sevilla; por lo tanto, está fuera de duda que
conoció el adicional del 21 de marzo. No necesitaba mayor perspicacia
política para comprender que el comercio libre era el objetivo fundamental
de la política inglesa. Tanto se tuvo en América por seguro que de un
momento a otro se abrirían los puertos a las producciones inglesas, que
apenas llegado Cisneros se llenó la rada de navíos ingleses cargados de
mercaderías: el 16 de agosto, a los quince días de haberse hecho cargo del
gobierno, había veinte buques procedentes en su mayoría de Río de Janeiro,
donde las condiciones de la plaza, debido al atiborramiento de mercaderías
inglesas, no resultaban ya favorables.
Los comerciantes ingleses en Buenos Aires: la "Sociedad de Mercaderes''.
En 1809 había en Buenos
Aires un núcleo de comerciantes ingleses dedicados al tráfico intérlope
facilitado por la escasa o ninguna represión de Liniers. Se los calcula
—según los "Informes consulares" de Humphreys— en 124 con un capital entre
750.000 y 1.000.000 de libras esterlinas. El contrabando era activo.
Robert Staples —a la vez contrabandista y agente del Foreign
Office— informa a Londres que entre noviembre de 1808 a noviembre de
1809, 31 buques ingleses llegaron a Buenos Aires y 10 a Montevideo con
mercaderías valuadas entre 1.133.000 y 1.653.000 libras esterlinas. El
principal producto era la muselina de lana y algodón, pero también traían
zapatos, estribos y muebles de madera; reembarcaban casi exclusivamente
metales, salvo en 1808, donde llevaron sebo que Inglaterra no podía traer
de Rusia a causa de la guerra. Estos contrabandistas formaban una colonia
unida y dirigida, que mas tarde se llamó Sociedad de Mercaderes de
Londres; pero en 1809 eran conocidos por los ingleses de los Tres Reyes
por el hotel donde se reunían en la calle del Santo Cristo, o de Doña
Clara por hacerlo también en la pensión de Mrs. Clair. Su figura más
importante era el mencionado Robert Staples, actuando también Alexander
Mackinnon (primer presidente de la "Sociedad de Mercaderes de Londres"),
James Barpon, Thomas Crockett, Edward Ritchie, John Dillon y John
Thwaites.
Petitorio de Dillon y Thwaites.
El 16 de agosto Dillon y
Thwaites, a nombre de Juan Dillon y Cía., piden a Cisneros les permitiese
bajar y vender las mercaderías que estaban a bordo del buque Speedwell,
con pago de los derechos correspondientes. El buque había salido de Cork,
Irlanda, con cargamento para Brasil, pero encontró la plaza abarrotada, y
su capitán fue informado, al parecer por lord Strangford, que se habían
abierto o se abrirían en breve los puertos de Buenos Aires y Montevideo.
Por eso había ido al río de la Plata quedando en la rada "esperanzado que
de un día al otro iba a darse una providencia general para que todos los
navíos anclados en el amarradero pudiesen descargar y vender sus
cargazones con una moderada retribución sobre ellas". No siendo así, y
"como único recurso a redimir su ruina", pedía como "vasallo de una nación
amiga y aliada con la española" se le permitiese "por vía de protección y
favor" la descarga y venta de sus productos que "en nada pueden perjudicar
los de las fábricas de la nación".
El virrey sabe que
concedida la excepción, deberá extenderla a los demás buques de la rada,
aunque tuviesen mercaderías que "perjudicasen a las fábricas de la
nación". Tanto por el tratado de Apodaca-Canning, como por las angustias
del erario que se verían aliviadas con los aranceles de las mercaderías
inglesas, deseaba conceder la petición. Pero no quiere hacerlo sin
distribuir responsabilidades, y ordena —el 20 de agosto— vistas al
consulado y al cabildo con copias del petitorio de Dillon y Cía., haciendo
mérito de la urgente necesidad de arbitrar recursos "para cubrir el
déficit del erario" y adelantando opinión favorable por tratarse "del
comercio con una nación amiga y aliada"."
Opinión del consulado: informe del síndico Yáñiz.
El consulado lo pasa a
dictamen de su síndico sustituto, Manuel Gregorio Yáñiz, por encontrarse
con licencia el titular Juan Larrea. Su escrito es una inteligente defensa
de la industria nativa.
Dictamina el 4 de
setiembre. Se hace cargo de "los males que afligen y estimulan a nuestro
Virrey... pero no es bueno el remedio que mata al enfermo". Entiende que
el libre comercio significa "la total ruina de nuestras fábricas y
agricultura... Sería temeridad querer equilibrar la industria americana
con la inglesa —dice—; estos sagaces maquinistas nos han traído ya ponchos
que es un principal ramo de la industria cordobesa y santiagueña...
estribos de palo dados vuelta al uso del país, sus lanas y algodones que a
más de ser superiores a nuestros pañetes, zapallangas, bayetones y lienzos
de Cochabamba los pueden dar más baratos y por consiguiente arruinarán
enteramente nuestras fábricas y reducirán a la indigencia a una multitud
innumerable de hombres y mujeres que se mantienen con
sus hilados y tejidos...; si se
permite el comercio libre no habrá arte alguno, sin exclusión de lomillos,
jergas, sobrecinchas, etc., que no venga por tierra". Sale al paso del
sofisma de la conveniencia de las mercaderías extranjeras a causa de su
baratura: "No lo es cuando la baratura proceda de la ruina del comercio
(industria) y la razón es clara; porque cuando fenece el comercio
(industria) cesan las obras y en falta de éstas se suspenden los jornales
y por lo mismo ¿qué se adelantará con que no cuesta más que dos lo que
antes valía cuatro, si no se gana más que uno?... Los ingleses no traerán
casas hechas porque no caben en sus buques, pero traerán botas, zapatos,
ropa hecha, clavos, cerraduras, alcayatas, rejas, argollas, frenos,
espuelas, estribos y hasta mucha parte de carpintería y ¿qué les quedará
entonces a nuestros artesanos?".
El escrito de Yáñiz tuvo
gran repercusión. Pero se movieron los resortes de la Fortaleza para que
el consulado se pronunciase, aunque con retaceos, por la apertura del
puerto invocando "la Ley Suprema del Estado que es la salvación de la
Patria", ante la cual "deben callar todas las disposiciones que en
circunstancias tranquilas se dictaren". Redacta un reglamento de libre
comercio: entiende que puede hacerse lugar a la entrada de mercaderías
inglesas siempre que la descarga la hicieran consignatarios del país,
se prohíba la introducción de ropas hechas, muebles, coches, etc., el
retorno sería por dos terceras partes en cueros al pelo y la otra en demás
frutos del país, considerando al oro y plata como mercaderías sujetas a
arancel; y que el permiso se dé "a título excepcional", exclusivamente a
buques ingleses y sólo por dos años hasta que desaparecieran "las penurias
del erario".
Opinión del cabildo.
De modo semejante se
pronuncia el cabildo el 12 de setiembre. Si la entrada de géneros ingleses
debe tolerarse por consideraciones políticas, imposibilidad de perseguir
el contrabando y la necesidad de aumentar los recursos, no puede
olvidarse que es un mal, y por lo tanto debe sujetarse a un límite de
tiempo, que los consignatarios no sean ingleses, no se introdujeran
géneros "que perjudiquen a las--manufacturas del país, como ropas hechas,
muebles de casa, ponchos, fresadas, jergas, sobrecinchas y otros que con
el mayor abuso hemos visto introducirse clandestinamente", que se cobren
los derechos de círculo (el impuesto de introducción extranjera a España a
más del impuesto de entrada de mercadería de España a América) calculado
en 18 a 20%, se retornen por lo menos las dos terceras partes en frutos
del país (con derecho de círculo), pagándose por el oro y la plata
como si fueran mercaderías sacadas al extranjero y no moneda de pago.
Opinión de Fernández de Agüero, en nombre de los
comerciantes de Cádiz.
Las reglamentaciones
propuestas por el consulado (mantenidas por el cabildo) no podrían impedir
ni la introducción subrepticia de mercaderías en competencia con las del
país ni la salida más o menos clandestina de metálico. Para evitarlas
solicita vista Miguel Fernández de Agüero, apoderado del Consulado
Universidad de Cargadores a Indias de Cádiz, que evacua el 4 de setiembre,
antes de dar el cabildo su informe. Debe defender los intereses de los
cargadores gaditanos y las ideas del mercantilismo español, pero su
alegato resulta una elegía del desarrollo manufacturero del país cuya
muerte pronostica. Entiende que si se permitiese el comercio con
extranjeros, aun en la forma limitada propuesta por el consulado, "se
consumaría la ruina del comercio nacional... y las últimas reliquias de
nuestra marina... las artes, la industria y aun la agricultura en estos
dominios llegarían al último estado de desprecio y abandono". América
dejaría de ser una aparente colonia mercantil española para ser una real
colonia económica británica "pasando a manos del extranjero nuestras
riquezas". Se perjudicarían las fábricas catalanas de mercaderías finas:
"¿sus excelentes pintados podrán acaso venderse a la par de las zarazas y
pañuelos que nos introducen los ingleses?". Pero sobre todo se arrumarían
los talleres criollos de géneros baratos:
"No puede oírse,
Señor Excmo., que con el conocimiento del estado actual de nuestras
ciudades en América se haya opinado por la libertad de comercio
extranjero... ¿qué sería del infeliz artesano... no se verían en la
necesidad de cerrar sus tiendas y abandonar sus talleres el zapatero, el
herrero, el carpintero?... Es voz corriente que entre los buques que
tenemos a la vista uno solo tiene a su bordo 19.000 pares de botas; ¿qué
golpe, Señor, para el gremio de zapateros y curtidores?... El herrero
cesará en su labor pues no puede competir con el bajo precio de la
ferretería de toda especie que nos traen los ingleses... Lo mismo el
lomillero, pues los ingleses nos traen lomillos idénticos a los de uso en
la tierra". Contra el remedio propuesto por el consulado de introducir
solamente mercaderías inglesas que no perjudiquen la industria nativa
contesta: "¡Débil barrera, Señor, para atajar la irrupción de tantos
males! La indicada precaución es buena para estamparla en el papel, pero
su ejecución en la práctica es totalmente imposible... Si estándole
prohibida a los ingleses la entrada de sus efectos, nos han apestado con
toda clase de ferretería, botas, zapatos, sillas y otros muebles,
lomillos, ponchos y hasta los despreciables estribos de palo quo se usan
en nuestra campaña, por sólo los conocimientos que adquirieron en el corto
tiempo que ocuparon sus armas esta plaza y la de Montevideo... ¿qué será
cuando les sea libre la entrada y se les faciliten mejores y más exactos
conocimientos de nuestros usos y costumbres particulares? Si ahora no se
puedo impedir la clandestina introducción de ropa hecha, ponchos, etc.,
¿cómo piensa el Consulado se podrá impedir que a la sombra de efectos de
lícita introducción, entren también los efectos que trata de excluir?".
Entiende que entornar la puerta de la prohibición vale tanto como abrirla
del todo, y en consecuencia "las artes, industrias y aun la agricultura en
estos dominios llegarán al último estado de desprecio y abandono". Prevé
luchas civiles entre las provincias resentidas con el puerto: "resultando
de aquí desunión y rivalidad... ¿qué será de Cochabamba, cuya principal y
acaso única riqueza consiste en sus hilados y tejidos con les cuales
abastece este reino y el de Chile?... La misma suerte espera a Córdoba,
Santiago del Estero y Salta: sus ponchos, fresadas, bayetas ordinarias de
que hay tanto consumo en estas provincias no habrá quien los compre, pues
siempre serán preferidas las manufacturas de lana ordinaria de los
ingleses, más cómodas en el precio... los ingleses no dejarán da hacer
contratos de picote, pañetes, etc., semejantes y acaso mejores que las
trabajadas en esas
provincias por la cuarta parte del precio
que en ellas tienen". Es el dumping, recurso conocido de la guerra
económica: "Con esto —sigue— lograrán para su comercio la grande ventaja
de arruinar nuestras groseras fábricas y dar más extensión al consumo de
sus manufacturas, que nos darán después al precio que quieran cuando no
tengamos dónde vestimos".
Destruye la falacia
que el libre comercio hará subir el precio de los productos pecuarios. Su
experiencia le enseña que los precios no se
rigen siempre por la ley de la
oferta y la demanda. "No tenemos más que observar lo que actualmente
sucede en Río de Janeiro, donde a pesar de la extraordinaria concurrencia
de buques ingleses, se conservan los cueros al despreciable precio de
siete a ocho reales líquidos... Al fin los ingleses nos han de poner la
ley aun en el precio de nuestros productos. Así ha sucedido no ha
muchos días con respecto al sebo, que habiendo subido con la saca que
ellos mismos hacían de contrabando, se unieren todos juntándose en la
Posada de los Tres Reyes e imponiéndose una multa considerable que debía
pagar el que comprase a mayor precio del que ellos acordaron, haciendo con
sólo esto que bajase de golpe y recibiesen nuestros productores la ley que
quisieron ellos imponerles". Una economía débil como la argentina no
estaba en condiciones de luchar contra una fuerte como la inglesa: el
cártel de compradores monopolistas del sebo, con sólida unión y
recursos financieros suficientes, había impuesto el precio a los
productores criollos desunidos y obligados a vender al día. "Si esto
sucedió con el sebo que les es artículo apreciable por estar en guerra con
la Rusia, ¿qué ocurrirá con el cuero y otros frutos que no le son de tanta
necesidad y sobre los cuales cargan en su isla derechos exorbitantes como
perjudiciales a Escocia e Irlanda? ¿Les será acaso más difícil imponerse
la misma ley que se impusieron ellos mismos con el sebo cuando más lo
necesitaban y fijar a su arbitrio el precio? Todo el que tiene idea del
carácter de los ingleses comprenderá la eficacia de esta reflexión...".
Respecto al arbitrio del Consulado de llevar en retomo frutos del país y
no permitir la salida de metálico sino como "efectos" pagándose los
derechos correspondientes, Agüero entiende que la evasión de la moneda se
hará "a pesar de las más escrupulosas medidas que puedan tomarse para
impedirlo, y antes de mucho tiempo veremos agotado todo nuestro
numerario". Recuerda que a causa de la guerra la mayor necesidad inglesa
era el metálico que tenía gran premio en Londres (el Banco de Inglaterra
por primera vez en su historia había establecido el curso forzoso): "como
ha sucedido en la Corte del Brasil, seremos obligados a adoptar el triste
y desesperado recurso de sellar moneda a menor precio y ley... ¿Un pueblo
donde no corre el numerario puede Vivir?...".
Los "hacendados y labradores".
El formidable alegato de
Agüero que apuntalaba al dictamen de Yáñiz, y los pronunciamientos
retaceados del consulado y cabildo, parecieron hundir el propósito del
virrey. Los importadores ingleses comprendieron que se hacía necesario
"hacer ambiente" para que aun en la forma limitada y retaceada se iniciase
la política liberal.
Fue entonces que pidió
vista del expediente un señor José de la Rosa en nombre de un grupo de
"hacendados y labradores". Era un procurador de Belgrano, a quien éste,
vinculado en la Banda Oriental, había transferido algunos poderes
gestionados a los cabildos locales orientales con la promesa de
"incrementar la extracción de los frutos del país, especialmente los
cueros, perjudicados por las pocas personas de los mercaderes o
comerciantes de giro pasivo de que se componen el consulado y el cabildo
de Buenos Aires". Belgrano es el "principal interesado en el asunto" dice
De la Rosa al reiterar el poder del cabildo de Soriano, pero no podía
aparecer en el expediente —y menos oponiéndose al consulado— por su
condición de secretario de él.
La redacción de la
Representación de los Hacendados fue obra de Mariano Moreno, "el
abogado más hábil y aparente que se podía apetecer", informa de la Rosa al
cabildo de Soriano. Cabe el interrogante: ¿fue Moreno el autor del estudio
económico, o solamente le dio la forma polémica del escrito? Las ideas —fisiocracia,
Adam Smith, Filangieri— son las de Belgrano, que sabemos
había presentado una Memoria a Liniers apoyando el libre comercio. No
podía figurar, ni indirectamente, en el expediente: no sólo por su cargo
oficial, sino porque su reciente oposición a Cisneros podía perjudicar la
suerte del pleito. Habría buscado a Moreno por sus relevantes condiciones
profesionales (Belgrano no tenía bufete abierto) y tal vez porque su pluma
batalladora e incisiva convenía mejor que la suya para un escrito
destinado precisamente al consumo público. O tal vez los comerciantes de
los Tres Reyes, los verdaderos interesados en la apertura del puerto, que
no los desconocidos "hacendados" de la Banda Oriental cuyo poder invocaba
de la Rosa, impusieron al abogado de su confianza.
La "Representación de los hacendados, etc.".
El 6 de octubre de la Rosa
presenta su escrito, que firma sin patrocinante. Tiene dos partes: una
política y otra económica. En la primera se detiene en la necesidad de
allanarse a las pretensiones inglesas: "V.E. —dice al virrey— ha
reconocido la necesidad de un libre comercio con la Nación inglesa para
salir de apuros que no presentan otro medio... la situación política de un
Estado no está fácilmente a la altura del pueblo... la vecindad de una
Potencia soberana que ha descubierto sus ardientes deseos de ensanchar los
estrechos límites en que está comprimida". La segunda trata de ridiculizar
los escritos de Yáñiz y Agüero, con apreciaciones que llegan a la ofensa:
"Los que creen la abundancia de efectos extranjeros como un mal para el
país, ignoran seguramente los primeros principios de la economía de los
Estados ... No fuese tan penosa la tarea que me he propuesto si combatiese
hombres ilustrados (y no) rivales que desconocen hasta las reglas más
sencillas de la ciencia económica... hombres que no poseen ni los
principios científicos de la materia ... Don Miguel de Agüero, apoderado
del Consulado de Cádiz, ha presentado un difuso papel de más de treinta
fojas, compilación de cuantas especies vulgares han lastimado nuestros
oídos en estos días... Una discusión de tanta importancia excitará sin
duda la curiosidad de las naciones que se interesan en el resultado...
lectores inteligentes serán los jueces de esta gran causa, y persuadidos
que no habrán intervenido en ella sujetos desnudos de los precisos
conocimientos que exige la materia, lamentarán el estado de nuestras luces
cuando vean los miserables papeles que forman el expediente... creerán que
se consultaron personas inteligentes y se formarán de la literatura del
país el concepto más triste ... los sublimes principios de la Ciencia
Económica no se aprenden en el mostrador de una tienda".

".. .las artes,
industrias y aun la agricultura en estos dominios llegarán al último grado
de despecho y abandono —decía el informe de Fernández de Agüero en 1809—
... los ponchos, fresadas, y bayetas de Córdoba y Santiago del Estero no
habrá quien los compre".
Después de afirmar su
superioridad en esos párrafos, el autor de la Representación se encastilla
en la "Ciencia de la Economía de los Estados que tiene ciertos
principios". A las razones prácticas de Yáñiz y Agüero contesta con una
andanada de libros: Quesnay, la fisiocracia, Filangieri,
Jovellanos, Adam Smith; a hombres que basaban sus argumentos en la
revolución industrial, el gran capital que producía más cantidad a menor
costo, en los recursos —el dumping, el cártel— de una
economía fuerte para imponerse a una débil, contesta que "todo eso es
risible", que Filangieri nada ha dicho de eso, que "es ignorar la
Ciencia", que el precio se regula como lo dice Adam Smith exclusivamente
por la oferta y la demanda, que los fisiócratas "han demostrado que
cuando es rico el agricultor, lo es también el artesano que lo viste, el
que fabrica sus casas, construye sus muebles, el abogado que atiende sus
pleitos, el médico que lo cura, etc.". Y llevado del manejo fácil de
palabras difíciles, dice: "esa misma extracción del numerario que los
mercaderes lamentan, es un verdadero bien para el país... lamentar que los
extranjeros nos lleven la plata es lo mismo que lamentar nos lleven los
cueros, sebos, lana, crin y demás producciones de esta provincia: la plata
es un fruto igual a los demás, está sujeto a las mismas variaciones y a la
alteración de su valor proporcionalmente a su escasez o abundancia. ¿Será
un mal para el país que los frutos de su privativa producción se exporten
con una celeridad propia de la circulación más rápida?".
Al leer esta clase
de argumentos queda la duda si el escrito fue redactado de buena fe o se
trató de un panfleto para satisfacer a los contrabandistas ingleses. Ni
Belgrano ni Moreno podían haber extremado el antihedonismo de la escuela
mercantilista al extremo de creer conveniente la exportación del metálico
como un "fruto igual a los demás", y porque "estancada en número excesivo
bajará su valor, refluyendo en las demás cosas vendibles... el dinero
necesario para la circulación de un país nunca se consume... un peso nunca
será más que ocho reales".
El autor de la
Representación contesta con citas de Filangieri y los fisiócratas a
los perjuicios a la industria que Yáñiz y Agüero han mostrado en la
competencia de la producción maquinofacturada inglesa: "Fomentada la
tierra, enriquecida la agricultura, deben igualmente enriquecerse los
artesanos". Se alarma con aristocrático desdén por haberse invocado las
conveniencias de los artesanos: "¡Qué concepto tan desfavorable formaran
los demás pueblos de nuestros comerciantes, cuando sepan que puestos en el
empeño de influir sobre un proyecto económico relativo al comercio no
encontraron nada mejor que asociarse a los herreros y zapateros!...
¡Qué mengua para nuestra
reputación si llegase a suceder que en los establecimientos económicos de
que depende el bien general y en que deben apurarse los conocimientos de
los mayores hombres, se introdujesen a discurrir los zapateros!". Llega a
decir que la introducción de mercaderías inglesas, lejos de ser un mal
para la industria nativa, será un gran bien al permitir que los criollos
imitaran las mercaderías inglesas: "¡Artesanos de Buenos Aires!... cuando
os digan (Yáñiz o Agüero) que los ingleses traerán tejidos y muebles
hechos, decid que lo deseáis para que os sirvan de regla y adquirir por su
imitación la perfección en el arte que de otro modo no podéis esperar".
No es posible que el
autor creyese que con los tejidos y zapatos ingleses entrarían también la
máquina, carbón, concentración de capitales, proletariado a bajo salario,
en fin las condiciones materiales que permitían producir barato. Hay un
desconocimiento de todo aquello que no esté en los libros de medio siglo
atrás de Adam Smith y Filangieri, una ignorancia —real o fingida— de cómo
es y trabajaba la economía capitalista en tiempos de la máquina. Tanto que
llega a decir más adelante que "las telas de nuestras provincias no
decaerán porque el inglés nunca las proveerá tan baratas ni tan sólidas
como ellas".
Sigue la Representación con
un proyecto de reglamento a la entrada de productos ingleses. Admite que
se los limite a dos años "reservando su continuación al juicio soberano de
la Suprema Junta" (que había aprobado el tratado Apodaca-Canning); que los
consignatarios sean españoles, pero sin obligación de ser comerciantes
"sino cualquier persona por el solo hecho de ser natural del reino"
elegida por los vendedores o compradores ingleses; se paguen los aranceles
"en la misma forma y cantidad que para los permisos particulares" (con
exclusión de los derechos de círculo); se exporte en retorno ,"la
mitad en frutos del país" considerándose el metálico como una mercadería.
No era, como se ve, un alegato para los productores criollos sino para los
exportadores e importadores ingleses. Termina con un cálido elogio a
Inglaterra, "nación sabia y comerciante que detesta las conquistas y no
gira las empresas militares sino sobre los intereses de su comercio...
Nada es tan provechoso para la España como afirmar por todos los vínculos
posibles la estrecha unión y alianza con la Inglaterra. Esta nación
generosa que, conteniendo de un golpe el furor de la guerra, franqueó a
nuestra metrópoli auxilios y socorros de que en la amistad de las naciones
no se encuentran ejemplos... acreedora por los títulos más fuertes a que
no se separe de nuestras especulaciones en bien de sus vasallos... ¡con
qué ternura se recibieron los generosos auxilios con que el genio inglés
puso en movimiento (al invadir Napoleón a España) esa gran máquina que
parecía inerte y derrumbada! ¡Con cuánto júbilo se celebró su alianza y se
anunció la gran fuerza que se nos agregaba con la amistad de Nación tan
poderosa! Es una vileza vergonzosa que... se los mire (a los ingleses) por
nuestros mercaderes con una execración injuriosa a comerciantes tan
respetables... una Nación generosa y opulenta cuyos socorros son
absolutamente necesarios para la independencia de España... una Nación a
quien debemos tanto.
Otros pareceres.
Otros dieron su opinión. El
14 de octubre, a nombre de la audiencia lo hace el fiscal Villota: opta
por el término intermedio de permitir la introducción de géneros ingleses
en buques españoles. El 31 el Dr. Julián de Leiva da un dictamen en favor
de la apertura basado en la imposibilidad de vigilar el contrabando.
La Junta Consultiva.
El 2 de noviembre se reúne
una Junta Consultiva citada por el virrey para dar forma al
Reglamento a dictarse: la integran el regente de la audiencia y su fiscal
en lo civil, los contadores de la Real Hacienda, comandantes de cuerpos
militares, prior, cónsul y síndico del consulado (asiste el titular
Juan Larrea), y diversos funcionarios de la administración. En
representación de los hacendados va Castelli y de los comerciantes
Bernardo de Gregorio y Las Heras y Tomás Antonio Romero. Se delibera, y
encarga el 6 a Castelli que redactase el pronunciamiento que firmarían el
virrey y la Junta.
Reglamento de libre comercio de 6 de noviembre.
Se aceptaría la
introducción de mercaderías extranjeras (no dice expresamente inglesas)
bajo las siguientes condiciones: los consignatarios serían comerciantes
y españoles; no habría prohibiciones en manufacturas, pero tendrían un
recargo del 12% "los artefactos y efectos groseros que perjudiquen a la
industria del país"; se prohibían 'los aceites, vinos, vinagres y
aguardientes extranjeros" (para beneficiar la producción andaluza); se
cobrarían derechos de círculo; se prohibía la extracción de oro
y plata amonedados o en pasta.
Sin
embargo, los exportadores se ingeniaron para sacar el metálico. Sixto
Funes escribe el 10-1-1810 al deán Funes: "Estos picaros ingleses no
quieren absolutamente otra cosa por sus géneros que la plata".
Expulsión de los ingleses (diciembre).
Cisneros aceptó el comercio
inglés como un mal inevitable. Le diría al informar al ministro de la
Central, Francisco de Saavedra, el 24-11-1809: "Las estrechas
circunstancias en que me hallo sin tener fondos, ni recursos para ocurrir
a los gastos, me han obligado a admitir el comercio de efectos extranjeros
con las limitaciones y restricciones oportunas... pero luego que varíen
las circunstancias tendré especial cuidado que se observen (las leyes de
Indias) exactamente". Cuando fue visible que los comerciantes ingleses
burlaban el reglamento extrayendo metálico en pago de sus géneros, ordenó
en diciembre la expulsión, en el plazo de ocho días, de los ingleses
entrados fuera de la ley. Que eran todos. Los afectados organizaron la
Sociedad de Mercaderes de Londres con Alejandro Mackinnon como
presidente, y reclamaron el 28 del capitán de la fragata de guerra
Lightning, de estación en el Plata, que gestionase del virrey la
revocatoria. Así lo hace el capitán al día siguiente —29— invocando los
sentimientos de "amistad y armonía" que debían reinar entre españoles e
ingleses. Cisneros, presionado por Strangford, acabó por conceder un plazo
improrrogable de cuatro meses que vencería el 19 de mayo de 1810.
Ese día empezó la
semana de Mayo. Días después caía el virrey, y la Junta, integrada
precisamente por los partidarios del libre comercio en mayoría, no sólo no
mantuvo la expulsión, sino que benefició a los ingleses.
Los derechos percibidos a
la introducción fueron cuantiosos: de $ 72.477,6% en 1809 por el
almojarifazgo de entrada, pasaron a 510.191,3% en 1810; en
cambio, el almojarifazgo de salida acusó una merma (de $
24.937,7 en 1809, a 17.713,5 1/4 en 1810). Es decir que el retorno, pese a
las prohibiciones, se hizo en metálico, y no salieron para ultramar los
cueros ni sebos de los "hacendados o labradores". |