José MARÍA
RoSA

Los Últimos Años Españoles

HISTORIA
ARGENTINA

Crisis española
de 1808


Tendencias
políticas en
Buenos Aires


Virreinato de
Liniers


Situación de
España en
1809-1810


El carlotismo


Sublevaciones
del Alto Perú


 Resistencia a Cisneros


Apertura del
puerto de
Buenos Aires


Los últimos
días


La Revolución


Historia


 

APERTURA DEL PUERTO DE BUENOS AIRES

Las finanzas en 1809.

La situación económica del Virreinato en 1809 no era mala; el país era una estructura con los elementos necesarios para su desarrollo. El litoral exportaba cuero a Europa, empezaba a llevarse tasajo a Cuba, y las necesidades de la guerra habían hecho que Inglaterra comprase sebo, o directamente a través de España o indirectamente por el contrabando. Cuyo, La Rioja y Catamarca producían vino y alcoholes suficientes para el consumo interno, tabaco había en Paraguay y Salta, y harinas en Mendoza que cubrían parte de las necesidades locales, importándose el remanente de Chile, Río Grande y Filipinas; el algodón de Tucumán abastecía los talleres artesanales del interior y las fábricas de Cochabamba; la yerba mate de Corrientes, Misiones y Paraguay, cubría el gran consumo de la población local y se exportaba al exterior; las telas bastas de Córdoba, Catamarca y Corrientes llenaban las necesidades internas; en Buenos Aires la fabricación de zapatos era importante. Pese a la competencia ruinosa de las producciones inglesas traídas de contrabando (un poncho de Liverpool valía $3 en Buenos Aires, y $ 16 uno catamarqueño), la industria nativa se mantenía. El transporte se hacía en embarcaciones fluviales construidas en Santa Fe, Corrientes y Asunción con las maderas regionales; el terrestre con las carretas de Tucumán o Mendoza, o las recuas de mulas criadas en Entre Ríos y Santa Fe e invernadas en Salta. Las importaciones eran artículos de lujo consumidos principalmente en Buenos Aires: además de harinas de Brasil, tabaco de Filipinas, había vinos de Chile y España, y aceite de esta última. La producción minera de Potosí, especialmente de plata exportada a España, aunque no tenía las proporciones del siglo XVII, era todavía elevada.

A esa buena situación económica no correspondía una idéntica prosperidad financiera. Los principales tributos del virreinato eran: la alcabala del 5% a los contratos; el almojarifazgo o impuesto de aduana, de 2,5 % a las exportaciones y 5 % a las importaciones, duplicándose si las mercaderías no eran españolas; el diezmo, que iba del 1 al 10% del valor de la producción, antiguo gravamen eclesiástico que ahora percibía la Corona; la anata, consistente en el primer sueldo anual de un empleo o ascenso (generalmente se percibía el 50% o "media anata"); el papel sellado para los trámites oficiales; y el quinto real en el producido de las minas. También había los estancos, o venta directa por el Estado, de tabacos, pólvora, naipes, sal, etc., y los gravámenes y arbitrios municipales de licencias, multas, tasas de inspección, etc.

Los gastos militares de las invasiones inglesas, pago de indemnizaciones y proveedurías, mantenimiento de fuertes milicias con una soldada diaria de $ 14, compra de armas y pólvora, confección de uniformes, etc., habían exigido un esfuerzo considerable cuyo resultado había sido el desbarajuste financiero, atraso de los sueldos y falta de pago a proveedores. A lo que debe agregarse el desorden administrativo de Liniers con el auge del contrabando y su consecuencia que era la disminución del impuesto de aduana y la entrada de géneros perjudiciales a la industria vernácula. Al dejar Liniers el mando se debían cinco meses de sueldos y se amontonaban en Tesorería las cuentas sin pagar. Se buscó una solución o paliativo con un proyecto de vales patrióticos que circularían como dinero, pero que el cabildo rechazó; y también con contribuciones patrióticas obligatorias resistidas por los comerciantes y propietarios. Apurado por la situación, Liniers había recurrido a la venta de vasos y ornamentos sagrados de las Misiones, que se guardaban desde la expulsión de los jesuitas, y a los secuestros a los comerciantes partidarios de Álzaga (de la casa del ex procurador del cabildo, Villanueva, se sacaron $ 250.000 en oro y plata).

Belgrano aconseja a Liniers la apertura del puerto.

El problema financiero se debía más al desorden administrativo que a los grandes gastos militares. Era, relativamente, de fácil solución: con modificar el cobro de los tributos, especialmente el de aduana, para conseguir una recaudación más fácil, el Virreinato hubiese tenido unas florecientes finanzas sin necesidad de disminuir los gastos militares, que por otra parte no tenían en 1809 la urgencia de dos años atrás. Liniers no estuvo en condiciones de hacerlo ni podía rebajar las soldadas. Aquello porque sus administradores se beneficiaban de ese desorden, y esto porque las milicias populares eran su principal apoyo y no hubiese sido político rebajarles su soldada y menos disminuirlas.

El problema financiero fue trabajado por los partidarios del libre comercio para sacar, a pretexto de una mejora de la recaudación aduanera, la apertura del puerto. Belgrano en primera línea: había evolucionado de su mercantilismo inicial a un liberalismo económico, al darse cuenta del fracaso de España como productora de industrias. Su idea de una América pastoril y agrícola era, la misma de 1794; antes en beneficio de una España industrializada, ahora la productora industrial sería Inglaterra.

Una política económica de tanta trascendencia como la libertad de comercio para conseguir el beneficio de una mayor recaudación aduanera, había sido puesta en práctica en Montevideo cuando la Junta de Elío. Como no recibían ayuda de Buenos Aires, los montevideanos recurrieron a la introducción de géneros ingleses al doble de los derechos de introducción de los productos españoles, pero consignados a mercaderes montevideanos integrantes de la Junta en su mayoría. Desde el punto de vista fiscal, la medida fue excelente, y la Junta de Elío, al revés del gobierno de Buenos Aires, pagó sus deudas al día; desde un punto de vista político, esta libertad volcó a Elío las simpatías de lord Strangford.

Belgrano dice en sus Memorias que habló con Liniers "... de franquear el comercio a los ingleses en la costa del río de la Plata" imitando lo que hacía Elío en la otra banda. Liniers compartió su opinión "para debilitar a Montevideo, como para proporcionar fondos para el sostén de las tropas". Conferenciaron entre junio y julio do 1809; pero, dice Belgrano: "desgraciadamente cuando llegaba a sus manos (de Liniers) una Memoria que yo le remitía para tan importante objeto con que yo veía se iba a dar el primer golpe a la Autoridad española, arribó un ayudante del virrey nombrado, Cisneros, que había desembarcado en Montevideo, y todo aquel plan varió".

Tratado Apodaca-Canning

El levantamiento popular del 2 de mayo motivó que la Junta Central de Sevilla decidiera solicitar ayuda a Inglaterra en su resistencia a Francia. Por tal motivo el 14 de enero de 1809 suscribe con el primer país el Tratado Apodaca-Canning, el que le otorga a Inglaterra facilidades para el comercio en los dominios hispánicos, a cambio de pertrechos bélicos y el apoyo de sus ejércitos a las tropas y guerrillas españolas.

George Canning

Juan José Ruiz de Apodaca y Eliza Gastón de Iriarte López de Letona y Lasquetti (Cádiz, 3 de febrero de 1754 - Madrid, 11 de enero de 1835) fue un noble, político, marino y militar español, I Conde del Venadito, 61º y antepenúltimo virrey de la Nueva España (20 de septiembre de 1816 - 1820, 3er. Jefe Político Superior de Nueva España 1820 - 5 de julio de 1821) y 16º capitán general de la Real Armada Española.

El tratado Apodaca-Canning y Cisneros (marzo de 1809).

Para ese tiempo la diplomacia inglesa había obtenido de la Junta Central, en el adicional del 21 de marzo del tratado Apodaca-Canning, que se dieran "facilidades al comercio inglés en forma de reglamentaciones, etc.", mientras se dictaba un convenio comercial amplio. Las necesidades de la guerra ya habían obligado a los españoles a permitir la entrada de mercaderías británicas: la Junta de Galicia había rebajado la introducción de las bayetas inglesas del 32% al 16%, que llegaba en los paños burdos al 12% ad valorem; el 18 de diciembre de 1808 el embajador Frere conseguía que se rebajasen las introducciones inglesas en Cádiz.

Cisneros fue nombrado virrey de Buenos Aires el 11 de febrero de 1809, y se embarcó en Cádiz el 2 de mayo. Entre su nombramiento y embarque estuvo en constante comunicación con la Junta de Sevilla; por lo tanto, está fuera de duda que conoció el adicional del 21 de marzo. No necesitaba mayor perspicacia política para comprender que el comercio libre era el objetivo fundamental de la política inglesa. Tanto se tuvo en América por seguro que de un momento a otro se abrirían los puertos a las producciones inglesas, que apenas llegado Cisneros se llenó la rada de navíos ingleses cargados de mercaderías: el 16 de agosto, a los quince días de haberse hecho cargo del gobierno, había veinte buques procedentes en su mayoría de Río de Janeiro, donde las condiciones de la plaza, debido al atiborramiento de mercaderías inglesas, no resultaban ya favorables.

Los comerciantes ingleses en Buenos Aires: la "Sociedad de Mercaderes''.

En 1809 había en Buenos Aires un núcleo de comerciantes ingleses dedicados al tráfico intérlope facilitado por la escasa o ninguna represión de Liniers. Se los calcula —según los "Informes consulares" de Humphreys— en 124 con un capital entre 750.000 y 1.000.000 de libras esterlinas. El contrabando era activo. Robert Staples —a la vez contrabandista y agente del Foreign Office— informa a Londres que entre noviembre de 1808 a noviembre de 1809, 31 buques ingleses llegaron a Buenos Aires y 10 a Montevideo con mercaderías valuadas entre 1.133.000 y 1.653.000 libras esterlinas. El principal producto era la muselina de lana y algodón, pero también traían zapatos, estribos y muebles de madera; reembarcaban casi exclusivamente metales, salvo en 1808, donde llevaron sebo que Inglaterra no podía traer de Rusia a causa de la guerra. Estos contrabandistas formaban una colonia unida y dirigida, que mas tarde se llamó Sociedad de Mercaderes de Londres; pero en 1809 eran conocidos por los ingleses de los Tres Reyes por el hotel donde se reunían en la calle del Santo Cristo, o de Doña Clara por hacerlo también en la pensión de Mrs. Clair. Su figura más importante era el mencionado Robert Staples, actuando también Alexander Mackinnon (primer presidente de la "Sociedad de Mercaderes de Londres"), James Barpon, Thomas Crockett, Edward Ritchie, John Dillon y John Thwaites.

Petitorio de Dillon y Thwaites.

El 16 de agosto Dillon y Thwaites, a nombre de Juan Dillon y Cía., piden a Cisneros les permitiese bajar y vender las mercaderías que estaban a bordo del buque Speedwell, con pago de los derechos correspondientes. El buque había salido de Cork, Irlanda, con cargamento para Brasil, pero encontró la plaza abarrotada, y su capitán fue informado, al parecer por lord Strangford, que se habían abierto o se abrirían en breve los puertos de Buenos Aires y Montevideo. Por eso había ido al río de la Plata quedando en la rada "esperanzado que de un día al otro iba a darse una providencia general para que todos los navíos anclados en el amarradero pudiesen descargar y vender sus cargazones con una moderada retribución sobre ellas". No siendo así, y "como único recurso a redimir su ruina", pedía como "vasallo de una nación amiga y aliada con la española" se le permitiese "por vía de protección y favor" la descarga y venta de sus productos que "en nada pueden perjudicar los de las fábricas de la nación".

El virrey sabe que concedida la excepción, deberá extenderla a los demás buques de la rada, aunque tuviesen mercaderías que "perjudicasen a las fábricas de la nación". Tanto por el tratado de Apodaca-Canning, como por las angustias del erario que se verían aliviadas con los aranceles de las mercaderías inglesas, deseaba conceder la petición. Pero no quiere hacerlo sin distribuir responsabilidades, y ordena —el 20 de agosto— vistas al consulado y al cabildo con copias del petitorio de Dillon y Cía., haciendo mérito de la urgente necesidad de arbitrar recursos "para cubrir el déficit del erario" y adelantando opinión favorable por tratarse "del comercio con una nación amiga y aliada"."

Opinión del consulado: informe del síndico Yáñiz.

El consulado lo pasa a dictamen de su síndico sustituto, Manuel Gregorio Yáñiz, por encontrarse con licencia el titular Juan Larrea. Su escrito es una inteligente defensa de la industria nativa.

Dictamina el 4 de setiembre. Se hace cargo de "los males que afligen y estimulan a nuestro Virrey... pero no es bueno el remedio que mata al enfermo". Entiende que el libre comercio significa "la total ruina de nuestras fábricas y agricultura... Sería temeridad querer equilibrar la industria americana con la inglesa —dice—; estos sagaces maquinistas nos han traído ya ponchos que es un principal ramo de la industria cordobesa y santiagueña... estribos de palo dados vuelta al uso del país, sus lanas y algodones que a más de ser superiores a nuestros pañetes, zapallangas, bayetones y lienzos de Cochabamba los pueden dar más baratos y por consiguiente arruinarán enteramente nuestras fábricas y reducirán a la indigencia a una multitud innumerable de hombres y mujeres que se mantienen con sus hilados y tejidos...; si se permite el comercio libre no habrá arte alguno, sin exclusión de lomillos, jergas, sobrecinchas, etc., que no venga por tierra". Sale al paso del sofisma de la conveniencia de las mercaderías extranjeras a causa de su baratura: "No lo es cuando la baratura proceda de la ruina del comercio (industria) y la razón es clara; porque cuando fenece el comercio (industria) cesan las obras y en falta de éstas se suspenden los jornales y por lo mismo ¿qué se adelantará con que no cuesta más que dos lo que antes valía cuatro, si no se gana más que uno?... Los ingleses no traerán casas hechas porque no caben en sus buques, pero traerán botas, zapatos, ropa hecha, clavos, cerraduras, alcayatas, rejas, argollas, frenos, espuelas, estribos y hasta mucha parte de carpintería y ¿qué les quedará entonces a nuestros artesanos?".

El escrito de Yáñiz tuvo gran repercusión. Pero se movieron los resortes de la Fortaleza para que el consulado se pronunciase, aunque con retaceos, por la apertura del puerto invocando "la Ley Suprema del Estado que es la salvación de la Patria", ante la cual "deben callar todas las disposiciones que en circunstancias tranquilas se dictaren". Redacta un reglamento de libre comercio: entiende que puede hacerse lugar a la entrada de mercaderías inglesas siempre que la descarga la hicieran consignatarios del país, se prohíba la introducción de ropas hechas, muebles, coches, etc., el retorno sería por dos terceras partes en cueros al pelo y la otra en demás frutos del país, considerando al oro y plata como mercaderías sujetas a arancel; y que el permiso se dé "a título excepcional", exclusivamente a buques ingleses y sólo por dos años hasta que desaparecieran "las penurias del erario".

Opinión del cabildo.

De modo semejante se pronuncia el cabildo el 12 de setiembre. Si la entrada de géneros ingleses debe tolerarse por consideraciones políticas, imposibilidad de perseguir el contrabando y la necesidad de aumentar los recursos, no puede olvidarse que es un mal, y por lo tanto debe sujetarse a un límite de tiempo, que los consignatarios no sean ingleses, no se introdujeran géneros "que perjudiquen a las--manufacturas del país, como ropas hechas, muebles de casa, ponchos, fresadas, jergas, sobrecinchas y otros que con el mayor abuso hemos visto introducirse clandestinamente", que se cobren los derechos de círculo (el impuesto de introducción extranjera a España a más del impuesto de entrada de mercadería de España a América) calculado en 18 a 20%, se retornen por lo menos las dos terceras partes en frutos del país (con derecho de círculo), pagándose por el oro y la plata como si fueran mercaderías sacadas al extranjero y no moneda de pago.

Opinión de Fernández de Agüero, en nombre de los comerciantes de Cádiz.

Las reglamentaciones propuestas por el consulado (mantenidas por el cabildo) no podrían impedir ni la introducción subrepticia de mercaderías en competencia con las del país ni la salida más o menos clandestina de metálico. Para evitarlas solicita vista Miguel Fernández de Agüero, apoderado del Consulado Universidad de Cargadores a Indias de Cádiz, que evacua el 4 de setiembre, antes de dar el cabildo su informe. Debe defender los intereses de los cargadores gaditanos y las ideas del mercantilismo español, pero su alegato resulta una elegía del desarrollo manufacturero del país cuya muerte pronostica. Entiende que si se permitiese el comercio con extranjeros, aun en la forma limitada propuesta por el consulado, "se consumaría la ruina del comercio nacional... y las últimas reliquias de nuestra marina... las artes, la industria y aun la agricultura en estos dominios llegarían al último estado de desprecio y abandono". América dejaría de ser una aparente colonia mercantil española para ser una real colonia económica británica "pasando a manos del extranjero nuestras riquezas". Se perjudicarían las fábricas catalanas de mercaderías finas: "¿sus excelentes pintados podrán acaso venderse a la par de las zarazas y pañuelos que nos introducen los ingleses?". Pero sobre todo se arrumarían los talleres criollos de géneros baratos:

"No puede oírse, Señor Excmo., que con el conocimiento del estado actual de nuestras ciudades en América se haya opinado por la libertad de comercio extranjero... ¿qué sería del infeliz artesano... no se verían en la necesidad de cerrar sus tiendas y abandonar sus talleres el zapatero, el herrero, el carpintero?... Es voz corriente que entre los buques que tenemos a la vista uno solo tiene a su bordo 19.000 pares de botas; ¿qué golpe, Señor, para el gremio de zapateros y curtidores?... El herrero cesará en su labor pues no puede competir con el bajo precio de la ferretería de toda especie que nos traen los ingleses... Lo mismo el lomillero, pues los ingleses nos traen lomillos idénticos a los de uso en la tierra". Contra el remedio propuesto por el consulado de introducir solamente mercaderías inglesas que no perjudiquen la industria nativa contesta: "¡Débil barrera, Señor, para atajar la irrupción de tantos males! La indicada precaución es buena para estamparla en el papel, pero su ejecución en la práctica es totalmente imposible... Si estándole prohibida a los ingleses la entrada de sus efectos, nos han apestado con toda clase de ferretería, botas, zapatos, sillas y otros muebles, lomillos, ponchos y hasta los despreciables estribos de palo quo se usan en nuestra campaña, por sólo los conocimientos que adquirieron en el corto tiempo que ocuparon sus armas esta plaza y la de Montevideo... ¿qué será cuando les sea libre la entrada y se les faciliten mejores y más exactos conocimientos de nuestros usos y costumbres particulares? Si ahora no se puedo impedir la clandestina introducción de ropa hecha, ponchos, etc., ¿cómo piensa el Consulado se podrá impedir que a la sombra de efectos de lícita introducción, entren también los efectos que trata de excluir?". Entiende que entornar la puerta de la prohibición vale tanto como abrirla del todo, y en consecuencia "las artes, industrias y aun la agricultura en estos dominios llegarán al último estado de desprecio y abandono". Prevé luchas civiles entre las provincias resentidas con el puerto: "resultando de aquí desunión y rivalidad... ¿qué será de Cochabamba, cuya principal y acaso única riqueza consiste en sus hilados y tejidos con les cuales abastece este reino y el de Chile?... La misma suerte espera a Córdoba, Santiago del Estero y Salta: sus ponchos, fresadas, bayetas ordinarias de que hay tanto consumo en estas provincias no habrá quien los compre, pues siempre serán preferidas las manufacturas de lana ordinaria de los ingleses, más cómodas en el precio... los ingleses no dejarán da hacer contratos de picote, pañetes, etc., semejantes y acaso mejores que las trabajadas en esas provincias por la cuarta parte del precio que en ellas tienen". Es el dumping, recurso conocido de la guerra económica: "Con esto —sigue— lograrán para su comercio la grande ventaja de arruinar nuestras groseras fábricas y dar más extensión al consumo de sus manufacturas, que nos darán después al precio que quieran cuando no tengamos dónde vestimos".

Destruye la falacia que el libre comercio hará subir el precio de los productos pecuarios. Su experiencia le enseña que los precios no se rigen siempre por la ley de la oferta y la demanda. "No tenemos más que observar lo que actualmente sucede en Río de Janeiro, donde a pesar de la extraordinaria concurrencia de buques ingleses, se conservan los cueros al despreciable precio de siete a ocho reales líquidos... Al fin los ingleses nos han de poner la ley aun en el precio de nuestros productos. Así ha sucedido no ha muchos días con respecto al sebo, que habiendo subido con la saca que ellos mismos hacían de contrabando, se unieren todos juntándose en la Posada de los Tres Reyes e imponiéndose una multa considerable que debía pagar el que comprase a mayor precio del que ellos acordaron, haciendo con sólo esto que bajase de golpe y recibiesen nuestros productores la ley que quisieron ellos imponerles". Una economía débil como la argentina no estaba en condiciones de luchar contra una fuerte como la inglesa: el cártel de compradores monopolistas del sebo, con sólida unión y recursos financieros suficientes, había impuesto el precio a los productores criollos desunidos y obligados a vender al día. "Si esto sucedió con el sebo que les es artículo apreciable por estar en guerra con la Rusia, ¿qué ocurrirá con el cuero y otros frutos que no le son de tanta necesidad y sobre los cuales cargan en su isla derechos exorbitantes como perjudiciales a Escocia e Irlanda? ¿Les será acaso más difícil imponerse la misma ley que se impusieron ellos mismos con el sebo cuando más lo necesitaban y fijar a su arbitrio el precio? Todo el que tiene idea del carácter de los ingleses comprenderá la eficacia de esta reflexión...". Respecto al arbitrio del Consulado de llevar en retomo frutos del país y no permitir la salida de metálico sino como "efectos" pagándose los derechos correspondientes, Agüero entiende que la evasión de la moneda se hará "a pesar de las más escrupulosas medidas que puedan tomarse para impedirlo, y antes de mucho tiempo veremos agotado todo nuestro numerario". Recuerda que a causa de la guerra la mayor necesidad inglesa era el metálico que tenía gran premio en Londres (el Banco de Inglaterra por primera vez en su historia había establecido el curso forzoso): "como ha sucedido en la Corte del Brasil, seremos obligados a adoptar el triste y desesperado recurso de sellar moneda a menor precio y ley... ¿Un pueblo donde no corre el numerario puede Vivir?...".

Los "hacendados y labradores".

El formidable alegato de Agüero que apuntalaba al dictamen de Yáñiz, y los pronunciamientos retaceados del consulado y cabildo, parecieron hundir el propósito del virrey. Los importadores ingleses comprendieron que se hacía necesario "hacer ambiente" para que aun en la forma limitada y retaceada se iniciase la política liberal.

Fue entonces que pidió vista del expediente un señor José de la Rosa en nombre de un grupo de "hacendados y labradores". Era un procurador de Belgrano, a quien éste, vinculado en la Banda Oriental, había transferido algunos poderes gestionados a los cabildos locales orientales con la promesa de "incrementar la extracción de los frutos del país, especialmente los cueros, perjudicados por las pocas personas de los mercaderes o comerciantes de giro pasivo de que se componen el consulado y el cabildo de Buenos Aires". Belgrano es el "principal interesado en el asunto" dice De la Rosa al reiterar el poder del cabildo de Soriano, pero no podía aparecer en el expediente —y menos oponiéndose al consulado— por su condición de secretario de él.

La redacción de la Representación de los Hacendados fue obra de Mariano Moreno, "el abogado más hábil y aparente que se podía apetecer", informa de la Rosa al cabildo de Soriano. Cabe el interrogante: ¿fue Moreno el autor del estudio económico, o solamente le dio la forma polémica del escrito? Las ideas —fisiocracia, Adam Smith, Filangieri— son las de Belgrano, que sabemos había presentado una Memoria a Liniers apoyando el libre comercio. No podía figurar, ni indirectamente, en el expediente: no sólo por su cargo oficial, sino porque su reciente oposición a Cisneros podía perjudicar la suerte del pleito. Habría buscado a Moreno por sus relevantes condiciones profesionales (Belgrano no tenía bufete abierto) y tal vez porque su pluma batalladora e incisiva convenía mejor que la suya para un escrito destinado precisamente al consumo público. O tal vez los comerciantes de los Tres Reyes, los verdaderos interesados en la apertura del puerto, que no los desconocidos "hacendados" de la Banda Oriental cuyo poder invocaba de la Rosa, impusieron al abogado de su confianza.

La "Representación de los hacendados, etc.".

El 6 de octubre de la Rosa presenta su escrito, que firma sin patrocinante. Tiene dos partes: una política y otra económica. En la primera se detiene en la necesidad de allanarse a las pretensiones inglesas: "V.E. —dice al virrey— ha reconocido la necesidad de un libre comercio con la Nación inglesa para salir de apuros que no presentan otro medio... la situación política de un Estado no está fácilmente a la altura del pueblo... la vecindad de una Potencia soberana que ha descubierto sus ardientes deseos de ensanchar los estrechos límites en que está comprimida". La segunda trata de ridiculizar los escritos de Yáñiz y Agüero, con apreciaciones que llegan a la ofensa: "Los que creen la abundancia de efectos extranjeros como un mal para el país, ignoran seguramente los primeros principios de la economía de los Estados ... No fuese tan penosa la tarea que me he propuesto si combatiese hombres ilustrados (y no) rivales que desconocen hasta las reglas más sencillas de la ciencia económica... hombres que no poseen ni los principios científicos de la materia ... Don Miguel de Agüero, apoderado del Consulado de Cádiz, ha presentado un difuso papel de más de treinta fojas, compilación de cuantas especies vulgares han lastimado nuestros oídos en estos días... Una discusión de tanta importancia excitará sin duda la curiosidad de las naciones que se interesan en el resultado... lectores inteligentes serán los jueces de esta gran causa, y persuadidos que no habrán intervenido en ella sujetos desnudos de los precisos conocimientos que exige la materia, lamentarán el estado de nuestras luces cuando vean los miserables papeles que forman el expediente... creerán que se consultaron personas inteligentes y se formarán de la literatura del país el concepto más triste ... los sublimes principios de la Ciencia Económica no se aprenden en el mostrador de una tienda".

".. .las artes, industrias y aun la agricultura en estos dominios llegarán al último grado de despecho y abandono —decía el informe de Fernández de Agüero en 1809— ... los ponchos, fresadas, y bayetas de Córdoba y Santiago del Estero no habrá quien los compre".

Después de afirmar su superioridad en esos párrafos, el autor de la Representación se encastilla en la "Ciencia de la Economía de los Estados que tiene ciertos principios". A las razones prácticas de Yáñiz y Agüero contesta con una andanada de libros: Quesnay, la fisiocracia, Filangieri, Jovellanos, Adam Smith; a hombres que basaban sus argumentos en la revolución industrial, el gran capital que producía más cantidad a menor costo, en los recursos —el dumping, el cártel— de una economía fuerte para imponerse a una débil, contesta que "todo eso es risible", que Filangieri nada ha dicho de eso, que "es ignorar la Ciencia", que el precio se regula como lo dice Adam Smith exclusivamente por la oferta y la demanda, que los fisiócratas "han demostrado que cuando es rico el agricultor, lo es también el artesano que lo viste, el que fabrica sus casas, construye sus muebles, el abogado que atiende sus pleitos, el médico que lo cura, etc.". Y llevado del manejo fácil de palabras difíciles, dice: "esa misma extracción del numerario que los mercaderes lamentan, es un verdadero bien para el país... lamentar que los extranjeros nos lleven la plata es lo mismo que lamentar nos lleven los cueros, sebos, lana, crin y demás producciones de esta provincia: la plata es un fruto igual a los demás, está sujeto a las mismas variaciones y a la alteración de su valor proporcionalmente a su escasez o abundancia. ¿Será un mal para el país que los frutos de su privativa producción se exporten con una celeridad propia de la circulación más rápida?".

Al leer esta clase de argumentos queda la duda si el escrito fue redactado de buena fe o se trató de un panfleto para satisfacer a los contrabandistas ingleses. Ni Belgrano ni Moreno podían haber extremado el antihedonismo de la escuela mercantilista al extremo de creer conveniente la exportación del metálico como un "fruto igual a los demás", y porque "estancada en número excesivo bajará su valor, refluyendo en las demás cosas vendibles... el dinero necesario para la circulación de un país nunca se consume... un peso nunca será más que ocho reales".

El autor de la Representación contesta con citas de Filangieri y los fisiócratas a los perjuicios a la industria que Yáñiz y Agüero han mostrado en la competencia de la producción maquinofacturada inglesa: "Fomentada la tierra, enriquecida la agricultura, deben igualmente enriquecerse los artesanos". Se alarma con aristocrático desdén por haberse invocado las conveniencias de los artesanos: "¡Qué concepto tan desfavorable formaran los demás pueblos de nuestros comerciantes, cuando sepan que puestos en el empeño de influir sobre un proyecto económico relativo al comercio no encontraron nada mejor que asociarse a los herreros y zapateros!...

¡Qué mengua para nuestra reputación si llegase a suceder que en los establecimientos económicos de que depende el bien general y en que deben apurarse los conocimientos de los mayores hombres, se introdujesen a discurrir los zapateros!". Llega a decir que la introducción de mercaderías inglesas, lejos de ser un mal para la industria nativa, será un gran bien al permitir que los criollos imitaran las mercaderías inglesas: "¡Artesanos de Buenos Aires!... cuando os digan (Yáñiz o Agüero) que los ingleses traerán tejidos y muebles hechos, decid que lo deseáis para que os sirvan de regla y adquirir por su imitación la perfección en el arte que de otro modo no podéis esperar".

No es posible que el autor creyese que con los tejidos y zapatos ingleses entrarían también la máquina, carbón, concentración de capitales, proletariado a bajo salario, en fin las condiciones materiales que permitían producir barato. Hay un desconocimiento de todo aquello que no esté en los libros de medio siglo atrás de Adam Smith y Filangieri, una ignorancia —real o fingida— de cómo es y trabajaba la economía capitalista en tiempos de la máquina. Tanto que llega a decir más adelante que "las telas de nuestras provincias no decaerán porque el inglés nunca las proveerá tan baratas ni tan sólidas como ellas".

Sigue la Representación con un proyecto de reglamento a la entrada de productos ingleses. Admite que se los limite a dos años "reservando su continuación al juicio soberano de la Suprema Junta" (que había aprobado el tratado Apodaca-Canning); que los consignatarios sean españoles, pero sin obligación de ser comerciantes "sino cualquier persona por el solo hecho de ser natural del reino" elegida por los vendedores o compradores ingleses; se paguen los aranceles "en la misma forma y cantidad que para los permisos particulares" (con exclusión de los derechos de círculo); se exporte en retorno ,"la mitad en frutos del país" considerándose el metálico como una mercadería. No era, como se ve, un alegato para los productores criollos sino para los exportadores e importadores ingleses. Termina con un cálido elogio a Inglaterra, "nación sabia y comerciante que detesta las conquistas y no gira las empresas militares sino sobre los intereses de su comercio... Nada es tan provechoso para la España como afirmar por todos los vínculos posibles la estrecha unión y alianza con la Inglaterra. Esta nación generosa que, conteniendo de un golpe el furor de la guerra, franqueó a nuestra metrópoli auxilios y socorros de que en la amistad de las naciones no se encuentran ejemplos... acreedora por los títulos más fuertes a que no se separe de nuestras especulaciones en bien de sus vasallos... ¡con qué ternura se recibieron los generosos auxilios con que el genio inglés puso en movimiento (al invadir Napoleón a España) esa gran máquina que parecía inerte y derrumbada! ¡Con cuánto júbilo se celebró su alianza y se anunció la gran fuerza que se nos agregaba con la amistad de Nación tan poderosa! Es una vileza vergonzosa que... se los mire (a los ingleses) por nuestros mercaderes con una execración injuriosa a comerciantes tan respetables... una Nación generosa y opulenta cuyos socorros son absolutamente necesarios para la independencia de España... una Nación a quien debemos tanto.

Otros pareceres.

Otros dieron su opinión. El 14 de octubre, a nombre de la audiencia lo hace el fiscal Villota: opta por el término intermedio de permitir la introducción de géneros ingleses en buques españoles. El 31 el Dr. Julián de Leiva da un dictamen en favor de la apertura basado en la imposibilidad de vigilar el contrabando.

La Junta Consultiva.

El 2 de noviembre se reúne una Junta Consultiva citada por el virrey para dar forma al Reglamento a dictarse: la integran el regente de la audiencia y su fiscal en lo civil, los contadores de la Real Hacienda, comandantes de cuerpos militares, prior, cónsul y síndico del consulado (asiste el titular Juan Larrea), y diversos funcionarios de la administración. En representación de los hacendados va Castelli y de los comerciantes Bernardo de Gregorio y Las Heras y Tomás Antonio Romero. Se delibera, y encarga el 6 a Castelli que redactase el pronunciamiento que firmarían el virrey y la Junta.

Reglamento de libre comercio de 6 de noviembre.

Se aceptaría la introducción de mercaderías extranjeras (no dice expresamente inglesas) bajo las siguientes condiciones: los consignatarios serían comerciantes y españoles; no habría prohibiciones en manufacturas, pero tendrían un recargo del 12% "los artefactos y efectos groseros que perjudiquen a la industria del país"; se prohibían 'los aceites, vinos, vinagres y aguardientes extranjeros" (para beneficiar la producción andaluza); se cobrarían derechos de círculo; se prohibía la extracción de oro y plata amonedados o en pasta.

Sin embargo, los exportadores se ingeniaron para sacar el metálico. Sixto Funes escribe el 10-1-1810 al deán Funes: "Estos picaros ingleses no quieren absolutamente otra cosa por sus géneros que la plata".

Expulsión de los ingleses (diciembre).

Cisneros aceptó el comercio inglés como un mal inevitable. Le diría al informar al ministro de la Central, Francisco de Saavedra, el 24-11-1809: "Las estrechas circunstancias en que me hallo sin tener fondos, ni recursos para ocurrir a los gastos, me han obligado a admitir el comercio de efectos extranjeros con las limitaciones y restricciones oportunas... pero luego que varíen las circunstancias tendré especial cuidado que se observen (las leyes de Indias) exactamente". Cuando fue visible que los comerciantes ingleses burlaban el reglamento extrayendo metálico en pago de sus géneros, ordenó en diciembre la expulsión, en el plazo de ocho días, de los ingleses entrados fuera de la ley. Que eran todos. Los afectados organizaron la Sociedad de Mercaderes de Londres con Alejandro Mackinnon como presidente, y reclamaron el 28 del capitán de la fragata de guerra Lightning, de estación en el Plata, que gestionase del virrey la revocatoria. Así lo hace el capitán al día siguiente —29— invocando los sentimientos de "amistad y armonía" que debían reinar entre españoles e ingleses. Cisneros, presionado por Strangford, acabó por conceder un plazo improrrogable de cuatro meses que vencería el 19 de mayo de 1810.

Ese día empezó la semana de Mayo. Días después caía el virrey, y la Junta, integrada precisamente por los partidarios del libre comercio en mayoría, no sólo no mantuvo la expulsión, sino que benefició a los ingleses.

Los derechos percibidos a la introducción fueron cuantiosos: de $ 72.477,6% en 1809 por el almojarifazgo de entrada, pasaron a 510.191,3% en 1810; en cambio, el almojarifazgo de salida acusó una merma (de $ 24.937,7 en 1809, a 17.713,5 1/4 en 1810). Es decir que el retorno, pese a las prohibiciones, se hizo en metálico, y no salieron para ultramar los cueros ni sebos de los "hacendados o labradores".


 

02/12/2011

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18/02/2012