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Los antiguos túneles porteños
Enrique M. Mayochi y Néstor E. Poltevin
"Los subterráneos no deben
destruirse, son parte esencial de la historia argentina y de la vida
antigua y secreta de Buenos Aires. Estas galerías son las arterias ocultas
de la Manzana de las Luces que fue el cerebro de la ciudad." Héctor
Greslebin
Quizá sea necesario pedirle permiso a Manuel Mujica Lainez
para valernos de su título literario Misteriosa Buenos Aires a fin de
encabezar una breve información acerca de lo que hasta hoy sabemos, de
unos túneles que corrían por debajo de la antigua ciudad de Garay y que
–varios, si no todos–, pasaban en su recorrido por el subsuelo de la
Manzana de las Luces.
Porque hasta el presente es muy poco en verdad, lo sabido
acerca de estas construcciones, presumiblemente hechas en su totalidad
entre los siglos XVII y XVIII. Como tampoco es mucho más lo sabido acerca
de túneles iguales o parecidos descubiertos en la argentina Córdoba y en
otras ciudades hispanoamericanas.
De alguna manera, al hablar de este tema resulta inevitable
la asociación de los túneles porteños con las catacumbas romanas de las
que casi no hay noticia respecto a su construcción y que, tras ser dejadas
de lado como enterratorios y olvidadas por los latinos de los primeros
tiempos imperiales, fueron utilizadas por los cristianos de la Urbe para
escuchar allí la Buena Nueva y efectuar sus liturgias.
Hallazgos y noticias
La primera información pública de la existencia de túneles
en Buenos Aires la dio la Gaceta Mercantil en su edición del 17 de abril
de 1848, ocasión en que se menciona la posible existencia de una galería
subterránea que llevaba hasta el Hospital de Hombres, por entonces sito en
la calle del Comercio (ahora Humberto I) casi esquina con la de Balcarce.
O sea hasta un edificio frontero a dos construcciones
centenarias hechas allí por los jesuitas: la iglesia dedicada a Nuestra
Señora de Belén (comúnmente llamada de San Telmo) y una casa residencial,
la segunda que ellos erigieron en la ciudad, amén de otras instalaciones.
Apenas corrido un mes, el mencionado periódico vuelve al
tema de los túneles el 16 de mayo. En la edición de este día se pone en
conocimiento de la opinión pública una comunicación hecha por el jefe de
la Policía, Juan Moreno, al juez Eustaquio J. Torres.
Aquél informa a éste del descubrimiento de construcciones
existentes en el subsuelo de la ciudad y en uno de sus párrafos expresa lo
siguiente: "...la primera vía subterránea, de que se ha hablado desde
tiempo inmemorial, se halla debajo de la calle de Potosí (actual Alsina),
es decir, atravesando el templo de San Ignacio hasta una de las casas que
fueron de don José María Coronel, casas que pertenecieron antiguamente a
la extinguida Compañía de Jesús, anterior a su primera expulsión, y en la
cual daban aquellos padres ejercicios espirituales".
Después, por varias décadas, habrá un largo silencio
público.

Plano con los edificios de la Manzana
sobre el que el arquitecto Greslebin superpuso en 1918 los recorridos de
los túneles relevados por el ingeniero L. Topelberg en 1915.
En este siglo
Con los primeros años del siglo XX comienzan a sucederse
descubrimientos y noticias, relatos e investigaciones, opiniones y
rotundas negaciones acerca de los túneles porteños. Don Blas Vidal se
valdrá de las páginas de la famosa revista Caras y Caretas para describir
en 1904 el recorrido hecho por él en lo que presenta como un sistema
subterráneo de comunicación entre los conventos existentes en el siglo
XVIII y algunas casas de religiosos erigidas en la segunda mitad del XIX.
Señalamos esto último porque Vidal afirma que uno de los
túneles llegaba hasta las cercanías de las actuales avenidas Callao y
Corrientes, en cuya inmediatez, un grupo de religiosas irlandesas
estableció un convento y los jesuitas fundaron el Colegio del Salvador,
sucesor en el tiempo del Colegio de San Ignacio, instalado inicialmente a
la vera de la Plaza Mayor y después trasladado a la Manzana de las Luces.
Un año antes del Centenario de Mayo, la opinión pública
porteña lee con mucho de curiosidad y una pizca de desconfianza, la serie
de cuatro artículos que publica el diario La Nación en agosto de 1909 con
el título "Los subterráneos de Buenos Aires".
Tuvieron su origen en las tareas de saneamiento del
subsuelo realizadas por la Asistencia Pública –organismo municipal
responsable de la salud popular– en las manzanas ubicadas en torno de la
iglesia de San Ignacio y los seculares conventos de San Francisco y de
Santo Domingo.
En estos tiempos, los descubrimientos y hallazgos se
producen por una razón fácilmente comprensible: a causa del progreso,
constantemente hay que abrir el subsuelo de la ciudad de Garay para
colocar instalaciones sanitarias, eléctricas o de gas, para levantar
edificios con grandes cimientos, para posibilitar el recorrido del tram–way
subterráneo.
Así van apareciendo tramos de antiguos túneles,
comunicaciones con ellos hechas por medio de aljibes, monedas, diversos
objetos, y también restos de pelo humano que los estudiosos vincularán sin
hesitar al recordado Motín de las Trenzas producido en 1811.
Pocos años atrás, el ingeniero Carlos L. Krieger –un
perseverante estudioso del subsuelo porteño– pudo observar cerca de la
Recoleta una gran construcción formada por cinco galerías de unos 50 m de
largo de 4 a 5 m de ancho y otros tantos de alto. "A una de estas galerías
–dice Krieger– accedía un túnel que, si bien en su extremo se encontraba
cortado –por una pared medianera, su dirección indicaba que en aquellos
lejanos tiempos debía desembocar en el Río de la Plata cortando lo que hoy
es la Avenida del Libertador. En estos momentos se están analizando datos
y nuevos antecedentes que permitirían comprobar que un túnel que partía de
estas galerías se dirigía hacia el centro de la ciudad para unirse muy
probablemente con el ramal oeste..." Con relación a esto recuerda el
ingeniero Krieger lo publicado por Manuel Bilbao el 24 de abril de 1932 en
el diario La Prensa: "...a la derecha, pasando las Aguas Corrientes (donde
ahora están el Museo Nacional de Bellas Artes y la Facultad de Derecho de
la Universidad de Buenos Aires), existió hasta 1898 un rancho de barro y
techo de totora, llamado el Rancho del Pescador, habitado hacia el año
1867 por un inglés, viejo soldado de los que vinieron con Beresford, que
por esa época contaba cerca de ochenta años y cuyos relatos de pasados
tiempos tenían el sabor del actor que, al decir de muchos que los
escucharon, eran verídicos e interesantes. Entre las cosas que contaba,
refería que él había hecho el recorrido por un subterráneo del Socorro a
la Recoleta..."
El aporte del arquitecto Héctor Greslebin
Hasta mediar el presente siglo, varias Facultades de la
Universidad de Buenos Aires funcionaron en la Manzana de las Luces.

Entrada al túnel existente en el subsuelo
del Colegio Nacional de Buenos Aires
En una de ellas, la de Arquitectura allá por 1912, se
produjo un hundimiento mientras se construían los cimientos para una sala
de dibujo.
Como consecuencia, se formó un pozo que permitía ingresar a
un túnel. La noticia de lo ocurrido movió la curiosidad de uno de los
estudiantes, el después arquitecto Héctor Greslebin.
Este, a partir de 1917, inició la exploración científica de
esos túneles sobre la base del croquis de un releva–miento parcial hecho
dos años antes por el ingeniero Topelberg.
El entonces joven estudioso utilizaba para sus
investigaciones dos entradas: una ubicada en el sótano del Colegio
Nacional de Buenos Aires y otra en el Museo de Historia Natural, por
entonces sito en Perú 208.
"Así pude reconocer –dirá Greslebin en 1964– en el
perímetro limitado a mi estudio, comprendido en la llamada Manzana de las
Luces –ubicada entre las calles Bolívar, Moreno, Perú y Alsina– tres
subterráneos principales y varios accesorios. Uno de ellos, que corre de
sur a norte, tiene entrada por el punto que ya he mencionado, en el
Colegio Nacional, a escasamente 15 m de Moreno y se dirige, después de un
primer recorrido sinuoso, en forma curiosamente recta hasta debajo de la
calle Alsina, atravesando el edificio y, en algún punto, debajo de los
cimientos de la cúpula del templo de San Ignacio. En su extremo norte, un
derrumbamiento de tierra cierra el paso.
El otro túnel o subterráneo –prosigue Greslebin– al que
entré precisamente por primera vez el día del hundimiento de la facultad
de Arquitectura, viene desde el sudoeste y se dirige sinuosamente hacia el
norte. Corre en dirección aproximadamente similar a la calle Perú. Avanza
desde la calzada de Perú, a pocos metros de la intersección con Moreno,
hacia la manzana, para concluir con un trazado paralelo a la acera
aproximadamente 5 o 7 m de ésta. Su extremo sur presenta un
desmoronamiento de tierra que cierra el paso y su extremo norte desemboca
en otro túnel. Este –dice finalmente el ilustre arqueólogo– que constituye
el tercer subterráneo, se inicia a la altura de la perpendicular de la
línea de edificación de Perú, aproximadamente a 30 m de Alsina. Avanza
rectamente hacia el Este y atraviesa el primero de los túneles descriptos,
continuando en dirección a Bolívar poco más de 15 m. Desde este mismo
túnel, cerca de 15 m al Este del punto donde se une con el segundo de los
que he descrito, aparece una nueva excavación en dirección a Alsina, y de
ésta, a su vez, surge una nueva derivación en dirección a Perú. Con
excepción del subterráneo que va de Este a Oeste, el resto presenta
frecuentes 'chicotes' o prolongaciones de la excavación hacia los
costados."
De esos "chicotes", uno asumió particular importancia para
Greslebin.
Se trata del que partía hacia Perú desde la galería que
nace en el subterráneo principal de Este a Oeste.
Según él, habría sido apresuradamente construido para minar
en 1806 el emplazamiento de una parte de los invasores británicos –el
Regimiento 71–, asentada en la Ranchería, un conjunto de viviendas
precarias levantadas en el siglo XVIII por los jesuitas en la intersección
de Perú y Alsina.
La deducción del arquitecto Greslebin se fundó en el hecho
de que la dirección de esa perforación, sin derrumbes en su parte
terminal, apuntaba al lugar antes señalado.
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