José MARÍA
RoSA

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Gobernadores del Tucumán
(posteriores a Fernando de Zarate)

Su capital fue Santiago del Estero, y después Córdoba (desde principios del siglo XVIII). Pero los gobernadores residieron casi siempre en Salta.

Pedro de Mercado y Peñaloza (1595-1600). Debió luchar contra los calchaquíes y diaguitas.

Francisco Martínez de Leyba (1601-1602), caballero del hábito de Santiago, se limitó a conducir un fuerte ejército desde Buenos Aires a Chile como defensa contra los araucanos. Murió en Santiago del Estero en ejercicio de su cargo.

Francisco de Barraza y Cárdenas (1603-1605), interino, nombrado por el virrey del Perú.

Alonso de Ribera (1606-1611), antiguo gobernador de Chile depuesto por haberse casado sin licencia, fue nombrado por Felipe III en Tucumán como compensación. Fundó San Juan de la Ribera de Londres, y refundió en una ciudad llamada Talavera de Madrid las antiguas Madrid de las Juntas y Talavera del Esteco; ninguna prevaleció. Tuvo conflictos con el obispo Trejo y Sanabria, que lo excomulgaría.

Luis de Quiñones Osorio (1612-1619), caballero de la Orden de Alcántara. Fundó el colegio de los jesuitas en Santiago del Estero.

Juan Alonso de Vera y Zárate (1619-1627), del hábito de Santiago e hijo del adelantado Juan Torres de Vera y Aragón y Juana Ortiz de Zarate. Nombrado por Felipe III en Valladolid en 1615, llegó al Tucumán en 1619. Durante su gobierno el obispo Trejo creó las Aulas Mayores, germen de la Universidad de Córdoba, en 1622. Envió socorros militares a Buenos Aires para rechazar una invasión holandesa. Reconstruyó Córdoba, semidestruida por una inundación en 1623. Por no ser una excepción tuvo también conflictos con el obispo.

Felipe de Albornoz (1627-1637), del hábito de Santiago. Su desconsideración con los caciques provocó la guerra calchaquí que reprimió con energía y crueldad. Fue nombrado por Felipe IV.

Francisco de Avendaño y Valdivia (1637-1642), maestre de campo y caballero de Santiago, nacido en Chile, nombrado por Felipe IV en premio a su actuación allí. Por encargo del virrey del Perú gobernó interinamente, al mismo tiempo, a Buenos Aires en ausencia de don Mendo de la Cueva. Murió en Córdoba en 1642.

Baltasar Pardo de Figueroa (1642-1644), nombrado interinamente por el virrey del Perú marqués de la Mancera. Acudió con refuerzos a Buenos A iros amenazado de una invasión portuguesa.

Gutierre de Acosta y Padilla (1644-1650). Nombrado por Felipe IV. Durante su gobierno se iniciaron las misiones jesuíticas en el Tucumán. Después de su gobierno, quedó en la provincia y murió en la pobreza.

Francisco Gil de Negrete (1650-1651). Maestre de campo, nombrado por Felipe IV. Se mantuvo en paz con los calchaquíes. Murió en el cargo.

Roque Nestares Aguado (1651-1655). Nombrado por el virrey del Perú, conde de Salvatierra. Se le acusó de vender los empleos a personas sin condiciones y de monopolizar en su provecho la yerba traída del Paraguay.

Alonso de Mercado y Villacorta (1655-1660), del hábito de Santiago. Se querelló con el obispo Maldonado de Saavedra y con los jesuitas. Durante su gobierno empezó la segunda guerra calchaquí a causa del impostor Bohorquez. Pasó luego al gobierno de Buenos Aires; más tarde volverá a Tucumán.

Gerónimo Luis de Cabrera (1660-1662), nativo de Córdoba, sobrino de Hernandarias y nieto del fundador de su ciudad natal. Nombrado por el virrey del Perú conde de Alba de Aliste. Había sido gobernador de Buenos Aires (1641-1646) y luego comandante general de armas del Tucumán. Envió una expedición a Buenos Aires ante el peligro de una invasión holandesa. Murió en el cargo.

Pedro de Montoya (1663-1664), caballero de Santiago, nombrado por Felipe IV en 1660, sólo podrá hacerse cargo tres años después. En 1664 fue transferido a la gobernación de Valdivia en Chile.

Alonso de Mercado y Villacorta (1664-1670), nombrado por segunda vez por Felipe IV en atención a sus gobiernos anteriores en el Tucumán y Buenos Aires. Acabó por reducir a los calchaquíes y fortificó el territorio. Por sus buenos servicios pasó a la Presidencia de la Audiencia de Panamá y obtuvo el título de marqués de Villacorta.

Ángelo de Peredo (1670-1674), de la Orden de Santiago y ex presidente de la Audiencia de Chile, nombrado por Carlos III. Inició las expediciones al Chaco; castigó excesos de los encomenderos y redujo la servidumbre de los calchaquíes impuesta por su antecesor.

José de Garro (1674-1678), del hábito santiaguino y maestre de campo, nombrado por Carlos II. Hizo tres expediciones al Chaco para escarmentar a los guaycurúes que habían iniciado sus interminables y devastadores malones sobre el Tucumán. Pasó luego a la gobernación de Buenos Aires.

Juan Diez de Andino (1678-1681), ex gobernador de Paraguay nombrado interino por el virrey del Perú Baltasar de la Cueva. Hizo otra entrada a los indios del Chaco.

Fernando de Mendoza Mate de Luna (1681-1686). Nombrado por Carlos II. Fundó la ciudad de Catamarca y trasladó San Miguel del Tucumán a su actual emplazamiento. Reprimió las invasiones chaqueñas. Debió abandonar, a causa de los guaycurúes, la ciudad de Esteco.

Tomás Félix de Argandoña (1686-1691). Nombrado por Carlos II; concluyó la catedral de Santiago del Estero con su dinero propio. En 1690 debió imponerse a los guaycurúes que llegaron hasta San Miguel.

Martín de Jáuregui (1691-1696). Durante su gobierno quedó destruida por un terremoto la ciudad de Talavera, ya bastante despoblada por las guerras calchaquíes y las invasiones de los indios chaqueños.

Juan de Zamudio (1696-1701). En su período se trasladó la silla episcopal a Córdoba, que también fue asiento de los gobernadores, aunque prefirieron residir en Salta.

Gaspar de Barahona (1701-1707), designado en "pliego de mortaja" por el titular José de la Torre Vela que había comprado el cargo en España y murió antes de embarcarse. Al mismo tiempo el gobierno de Madrid —eran los tiempos de la guerra de Sucesión— designó otro titular, Esteban de Urízar y Arespacochega, a quien Barahona no quiso dar posesión. Se siguió un largo pleito, demorado en la metrópoli por la guerra y solamente resuelto en 1707. Se acusó a Barahona de aprovechar el gobierno para negociados.

Esteban de Urízar y Arespacochega (1707-1724), nombrado por Felipe V en 1701; solamente pudo hacerse cargo seis años más tarde, pero en cambio lo desempeñó hasta su muerte, diecisiete años después. Combatió a los indios del Chaco, construyó fortines en la frontera y restauró los antiguos. En 1711 se le había nombrado sucesor a José de Arregui, que había comprado el cargo; pero Felipe V, a pedido de los cabildos de la gobernación, anuló el nombramiento y dejó "hasta nueva orden" a Urízar, que se mantuvo hasta su muerte. Se facultó que Arregui, con derecho a nombrar sucesor, lo ocuparía después de Urízar. Fue éste un gobernador laborioso, que construyó obras públicas a sus expensas, pues tenía gran fortuna personal: entre ellas el templo de La Merced en Jujuy y el Colegio de los jesuitas en Salta. Residió en Salta, desde entonces asiento virtual del gobierno —el nominal era Córdoba—. Murió en mayo de 1724. Su muerte abriría un período de inestabilidades y revueltas por la incomprensión de los gobernantes: había empezado la época de "las colonias de América".

Isidro Ortiz, marqués de Haro (1724-1726), nombrado interino por la Audiencia de Charcas. Se lo acusó de indolencia por dejar abandonadas las fronteras del Chaco —tan custodiadas por Urízar— y de disponer a su arbitrio de las rentas reales. Fue depuesto por una rebelión de las milicias de Salta y Jujuy, apoyadas por La Rioja. El virrey del Perú, marqués de Castelfuerte, confirmó la deposición. Fue la primera rebelión de los municipios tucumanos contra el gobierno central, a la que seguirían muchas.

Alonso de Alfaro (1726-1727), maestre de campo, designado interino por la Audiencia de Charcas mientras llegaba el titular de Madrid. Murió en el desempeño del cargo.

Baltasar de Abarca y Velazco (1727-1730), comendador de Santiago y teniente general de los reales ejércitos, nombrado por Felipe V. Disgustado por no dársele suficiente tropa para proteger la frontera contra las incursiones de matacos y guaycurúes, pues las milicias comunales se enemistaron con él por su carácter arrogante y poco político, acabaría por renunciar.

Manuel Félix de Areche (1730-1732) había sido teniente de gobernador de Urízar, y contaba con el apoyo de los cabildos (y por lo tanto de las milicias). El virrey de Perú, marqués del Castelfuerte, le encargó el gobierno a la renuncia de Abarca. Areche con el apoyo de las milicias consiguió rechazar a los indios chaqueños. Murió en el desempeño del puesto. Fue un funcionario "de quien todos estaban muy prendados", al decir del padre Lozano.

Juan de Armasa y Arregui (1732-1735). Su designación tiene una larga historia: aquel José de Arregui que había comprado en Madrid en 1711 el cargo de gobernador de Tucumán —y no pudo ocuparlo porque Felipe V mantuvo "vitalicio" a Urízar— lo había dejado por "pliego de mortaja" a su yerno Fernando de Armasa, que lo renunció en su hijo Juan de Armasa y Arregui. Éste era natural de Buenos Aires, aunque residía en Madrid. Protestó ante el rey porque en 1727 se había designado a Abarca contra sus derechos, y obtuvo por real cédula que se lo tendría por gobernador finalizado el período de éste. En 1730 el marqués de Castelfuerte, virrey del Perú, no quiso ponerlo en posesión "por falta de experiencia, ser criollo y sospechoso y haber comprado el empleo": lo de sospechoso porque era sobrino de los obispos de Buenos Aires, Gabriel y Juan de Arregui, a quienes se vinculaba con el partido de los comuneros paraguayos. Pero nada más lejos del ánimo de Armasa que apoyar al partido criollo. La información de Castelfuerte y la resistencia del cabildo de Salta demoraron su asunción: fue reconocido por el cabildo de Córdoba, mientras el de Salta quería mantener a Areche. La muerte de éste facilitó la toma de posesión de Armasa. No supo manejarse con tino y tuvo la resistencia de los cabildos que se negaron a facilitarle milicias para la defensa de las fronteras, como habían hecho con Abarca. Los matacos aprovecharon la crisis para hacer en 1734 la invasión más penosa habida hasta entonces, arrasando estancias de Salta y Jujuy en donde murieron o fueron cautivadas más de quinientas personas. Hubo una sublevación de las milicias salteñas que lo acusaron de incapacidad militar. Finalmente el virrey Castelfuerte con acuerdo de la Audiencia de Lima lo destituyó.

Matías de Anglés Gortari y Lizarazu (1735-1738). Era teniente gobernador de Córdoba, cuando la Audiencia de Charcas, con acuerdo del virrey Castelfuerte y la Audiencia de Lima, lo puso al frente de la gobernación por la destitución de Armasa y el peligro de la invasión de los matacos. Anglés encontró el apoyo de las milicias, y al frente de ellas expulsó a los indios e hizo tres entradas en el Chaco como represalias. Preparaba una cuarta, que a su entender habría de ser definitiva, cuando fue reemplazada por un gobernador de nombramiento real.

Juan de Santiso y Moscoso (1738-1743), sargento mayor, designado por Felipe V en sustitución de Armasa. Convocó una Junta General o Congreso Provincial de representantes de todos los municipios de la gobernación, que tuvo lugar en Salta en 1739 (con ausencia deliberada de los representantes de Córdoba), a fin de arbitrar recursos y hombres para la "entrada" al Chaco proyectada por Anglés. Este Congreso creó un impuesto de sisa a la exportación de diversos productos (entre ellos las mulas), resistida por Córdoba, principal centro que las producía. No obstante, la expedición al Chaco se hizo, fueron rescatadas muchas cautivas y hacienda robada, y se tomaron prisioneros. Los matacos aceptaron la paz (que resultó definitiva), fijándose una frontera que no podían ultrapasar indios ni cristianos. Con protesta del obispo porque "no se adelantó un solo metro en la difusión de la religión".

Juan Alonso Espinosa de los Monteros (1743-1749), nombrado por Fernando VI. El teniente gobernador de Córdoba —de nombramiento "real"—, Manuel de Esteban y León, causó por su carácter arrogante muchos disturbios en esta ciudad que se prolongaron hasta 1752. En cambio, Espinosa de los Monteros fue un gobernador querido y activo, aunque no lo apoyaba su estado de salud y edad avanzada. En 1747 se produjo una grave invasión de abipones que asoló la campaña de Santiago del Estero y Córdoba, terminada dos años más tarde por la paz con el cacique Alaikin, "tan notable por su candor como por su intrepidez y valentía", que aceptó reducirse, fundando con los suyos la Reducción de la Purísima Concepción.

Juan Victorino Martínez de Tineo (1749-1754), teniente coronel de infantería, nombrado por Fernando VI. Ante el buen resultado de la reducción de abipones, el nuevo gobernador quiso seguir la obra con los demás pueblos del Chaco: hizo mandar de Salta a las nuevas "reducciones" ovejas, vacunos, maíz, etc., y el resultado fue excelente; hasta los indómitos tobas pidieron "reducirse" si se les mataba el hambre. Surgió así San Ignacio de Ledesma. Pero ocurrió que muchos indios, después de comer bien y "despedirse de los padres misioneros llorando" —como dice el informe de éstos—, abandonaban las reducciones "sin saberse más motivo que el de la estimación que hacen de su miserable libertad". Se los castigaría con nuevas "entradas". Los grandes gastos, primero para las reducciones y después para las "entradas", produjeron un malestar en las ciudades exteriorizado violentamente por la sublevación de la milicia catamarqueña en 1752, apoyada enseguida por la tucumana y riojana. Mientras en Córdoba el permanente conflicto entre el teniente gobernador Esteban y León con el cabildo y los vecinos, había llegado a su punto culminante con la detención y despojo de su cargo del comandante de armas de la milicia. Desengañado, Tineo presentará su renuncia.

Juan Francisco de Pestaña Chamucero (1754-1757), señor de Zedeiros y coronel de infantería, nombrado interinamente por el virrey del Perú conde de Superunda, al tiempo de ascender a coronel a Tineo en desagravio. Puso orden en la provincia apoyándose en las milicias comunales. Para salvar la disciplina "reprendió enérgicamente" a los instigadores de la rebelión catamarqueña, les dijo que "eran merecedores de la horca", pero no tomó medidas porque "era fundada la causa de su resentimiento". Gobernó prudente y pacíficamente, y se hizo estimar por todos. Fue ascendido a presidente de la Audiencia de Charcas.

Joaquín Espinosa y Dávalos (1758-1764), teniente coronel, natural de Lima. Tras el corto interinato de un vecino dejado por Chamucero —José de Cabrera, salteño—, se hizo cargo por nombramiento de Carlos III del año anterior. Debió hacer frente a otra sublevación de la milicia riojana, que siguió el ejemplo de la catamarqueña en los años del gobernador Tineo. Espinosa aceptó sus pretensiones que consistían en no ser llevadas lejos de la ciudad, y que las milicias defendieran exclusivamente la jurisdicción de sus municipios. Espinosa fue, en lo demás, un buen administrador que puso orden en las cajas reales y castigó a los ladrones de dineros públicos.

Juan Manuel Fernández Campero (1764-1769), nombrado por Carlos III. Apenas recibido del gobierno, en Córdoba en febrero de 1764, entró en conflicto con el cabildo de esta ciudad, y a poco con todos los cabildos de la provincia. Era hombre escasamente discreto, muy poseído de ser "el gobernador de S. M." y nada contemporizador con el elemento" comunal. Reunió un Congreso provincial en Salta que votase arbitrios para hacer nuevas "entradas" en el Chaco contra los guaycurúes, pero encontró la resistencia de los municipios. Sus conflictos llevaron a una verdadera guerra civil entre las fuerzas veteranas de Campero y las milicias comunales dirigidas por el alférez del cabildo de Córdoba, Juan Antonio de la Barcena, que —a pesar del apoyo al gobernador del obispo Manuel de Abad e Illana— consiguieron apresar a Campero y remitirlo a la Audiencia de Charcas para adelantarle su "residencia" (1768). Ésta ordenaría su reposición, y Campero consiguió, en medio del caos imaginable, terminar su período custodiado por las fuerzas veteranas, y hasta ser agraciado con el hábito de Santiago "por sus méritos". Que no serían precisamente de tino político. Se quejó de los habitantes del Tucumán, que "no tienen celo por los intereses y honor del Rey y la Nación... sólo porque lo han oído creen que tienen Rey... cada uno quiere vivir con independencia". Durante su gobierno se cumplió la expulsión de la Compañía de Jesús, de la que Campero había sido un defensor; se lo acusó de aprovechar la incautación de sus bienes.

Jerónimo Matorras (1769-1775), comerciante de Buenos Aires, nombrado por el virrey Amat del Perú con oposición del obispo Abad e Illana y la facción goda del ex gobernador Campero, que consiguieron llevar a Matorras en 1770 ante la Audiencia de Lima a levantar los cargos que le dedujeron. Fue absuelto, volvió a Córdoba, consiguió pacificar la provincia y reforzar las fronteras descuidadas por las luchas intestinas. Murió en ejercicio del cargo.

Francisco Gabino Arias (1775-1777), vecino de Salta y comisionado de fronteras de su antecesor; fue nombrado por la Audiencia de Charcas a la muerte de Matorras mientras llegaba Antonio Arriaga, corregidor de Canas, a quienes se había conferido el gobierno. Reunió en 1776 un Congreso Provincial para resolver otra entrada en el Chaco, que no pudo cumplirse por el reemplazo de Arias. Más tarde el virrey de Buenos Aires, Vértiz, le encomendaría una expedición a la vez punitiva y pacificadora al Chaco.

Antonio Arriaga (1777-1778) se hizo cargo por designación de la Audiencia de Charcas. No alcanzó a ejercer un año —intrascendente—, pues fue sustituido por Mestre.

Andrés Mestre (1778), el último gobernador del Tucumán, y primero de la Intendencia de Salta, creada ese mismo año al organizarse el Virreinato de Buenos Aires.


 

02/12/2011

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22/12/2011